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Hemeroteca :: 01/12/2007
Reportajes
Caza internacional
Esperas en Turquía desde una silla de ruedas
Última actualización 01/12/2007@00:00:00 GMT+1
Nuestro protagonista, tras un accidente de tráfico, quedó para siempre en silla de ruedas. Si antes del accidente había cazado poco, ahora ni se le pasaba por la cabeza volver a hacerlo. Pero el destino, que es impredecible, le demostró lo contrario y tras abatir un corzo y un jabalí, con la moral más recuperada, aterrizó en Turquía buscando las navajas de sus grandísimos jabalíes. Esta aventura, además de emocionante, es un canto a la vida cargado de optimismo y esperanza.
Después de nueve años sin salir al monte he vuelto a cazar, eso sí, ahora desde mi silla de ruedas. Apenas seis segundos tardé en pasar de ejecutivo con una prometedora carrera profesional en una gran empresa española a pensionista acreedor de la categoría de “gran inválido –“persona de movilidad reducida”, según el último eufemismo políticamente correcto–. El cuello roto en un absurdo accidente de tráfico fue la causa. Tetra light me llama un buen amigo.
Antes del 10 de julio de 1999 había hecho poca cosa: ir a alguna montería con poco éxito, compartir unas miles de hectáreas de monte con otros quince socios, tirar codornices o perdices si se terciaba, en definitiva, pasear la escopeta.
Hace ya un par de años firmé el contrato de distribución de Dedal para España y la cosa, poco a poco, ha ido cambiando. Mis clientes son armerías, cazadores y propietarios de fincas, entre otros.
Más de uno ha terminado siendo un amigo, especialmente Juan. Un día, sin motivo aparente, me invitó a cazar un corzo en Soria. Yo no sabía si reírme o tomármelo en serio y le puse todas las pegas que se me ocurrieron. Que si la silla, que si no tengo arma, que si hace siglos que ni lo intento, nada sirvió para desalentarle.
La primera ocasión. Casi sin darme cuenta, el viernes 18 de mayo salíamos, a primera hora de la tarde y en mi coche, carretera de Burgos adelante. Doscientos y pico kilómetros. Después me subían, entre Juan y el guarda, en un todoterreno. Allí me pusieron en las manos un .243 con una mira 3-12 x 56, me juraron que estaba perfectamente a tiro y se terminaron los preámbulos. La idea era muy simple: recorrer los caminos desde los que habían visto corzos de buen tamaño en los últimos días y, si nos encontrábamos con alguno, colocar el coche para que yo pudiera tirar apoyando el rifle sobre el espejo retrovisor.
Dicho así parecía muy sencillo pero la posturita se las trae. No recuerdo si era un Mitsubishi o un Toyota, me da igual, ambos tienen unos magníficos espejos… ¡de una cuarta de altura! El que no sepa de lo que hablo que se suba en uno, que coloque el arma y que trate de encarársela. Para un tiro horizontal la mira ya pega en el techo y para poner el ojo alineado hay que subir todavía más. No se cabe, es imposible.
La verdad es que hacía una tarde preciosa y reencontrarme, después de tantos años, con los olores del campo me hizo sentir una gran nostalgia. Vimos media docena de corzos pequeños y a distancias considerables. El primero digno de merecer nuestra atención se dio cuenta de ello y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Otro ejemplar magnífico llegamos a tenerlo a tiro pero un tractorista decidió que le tocaba a él pasar primero.
El tercero nos encontró a nosotros. No tuvimos necesidad de buscarlo, a la vuelta de una curva y según empezábamos a subir la cuesta, el guarda, sin decir palabra, paró el coche en seco. Con un gesto nos señaló la dirección en la que a cien metros escasos se recortaba la silueta de la cabeza de un animal precioso.
El cuerpo costaba verlo entre la vegetación, estaba casi de lado pero mirándonos fijamente. Debía habernos oído llegar pero nos vio ya parados.
Coloqué el rifle como pude, subí la cabeza hasta hacerme daño contra el techo, acerté a ver la cruz sobre el animal y el tiro fue… yo qué sé donde fue, no tengo ni idea. Un desastre.
Afortunadamente el corzo parecía estar más desentrenado que yo, no se había movido. Seguía mirándonos, no sé si despistado, incrédulo o desafiante. El caso es que, visto que él se lo tomaba con calma, yo hice lo mismo. Ya sabía lo que había hecho mal, las prisas nunca ayudan.
De nuevo el rifle sobre el espejo, de nuevo la postura imposible pero esta vez menos aumentos en la mira, más campo para ver bien, dioptrías ajustadas para mi vista, el ojo mucho más cerca y centrado y la cruz en la base del cuello pero también y más importante, en el centro de la mira, sin el enorme error de paralaje de la primera vez. Respiración contenida y suave presión sobre el gatillo.
Juan y el guarda salieron corriendo, los tres sabíamos que le había dado y que el tiro había sido bueno. Lo buscaban en el rastrojo de detrás de la mancha pero yo sabía que no estaba allí. Había caído a plomo, sin dar un paso. Tardaron un rato el encontrarlo entre la vegetación.
La inyección de adrenalina fue espectacular. Después de nueve largos años había abatido el primer animal y no era cualquier cosa, cuando lo vimos de cerca nos pareció un buen ejemplar pero sólo la medición posterior nos confirmó que me había estrenado con un medalla de oro muy bonito.
Otra oportunidad. El sábado 25 de agosto, casi sin previo aviso, se presenta Juan en mi casa y me dice que un amigo suyo quiere que le enseñe los aparatos de visión nocturna pero que tiene que ser en su finca. A cambio me deja tirar un jabalí.
No rechazo la oferta, cargo en el coche lo que creo que necesita y salimos para Toledo. Allí nos esperaba la finca con más animales por hectárea que he visto en mi vida. Después de las presentaciones y de comentar las andanzas respectivas –yo tenía poco que contar salvo mi corzo– llaman al guarda y de nuevo me suben, sin contemplaciones, a una pick-up.
Pregunto, ingenuo de mí, que desde donde voy a tirar. No hay respuesta, tampoco carcajadas pero sí risitas. Aquello olía a chamusquina. Llegamos a nuestro destino, un cercón enorme con el cebadero más grande que he visto en mi vida a cincuenta o sesenta metros de la caseta. De nuevo el ingenuo pregunta que desde donde va a tirar, que si desde el coche. En este momento las risitas dejan paso a una carcajada generalizada mientras el guarda me señala hacia arriba, a unos seis metros por encima de nuestras cabezas.
– ¡No! Me niego, no me vais a subir ahí.
De nada sirvieron mis protestas, entre el guarda y el hijo del dueño de la finca cogieron la silla, uno de delante y otro de detrás y sin darme opción a resistirme más me subieron la veintena de peldaños de madera.
Dentro de la caseta se estaba bien y después de un rato de bromas empezaron a entrar los jabalíes, alrededor de treinta, así que se me olvidó el susto.
De nuevo arma desconocida, esta vez un .300 Win. Magnum. Aquí también me juran que está perfectamente a tiro. Yo me lo tengo que creer porque no va a haber ocasión de comprobarlo.
Todos atentos a lo que va entrando en el cebadero, muchas hembras, muchos rayones, algún machete. Juan el guarda, pues de los cuatro presentes tres nos llamábamos así, me pregunta que si veo bien el segundo de abajo por la derecha, un macho algo mayor que los demás. Le digo que sí y él me dice que cuando quiera.
Los jabalíes están tranquilos, acostumbrados, así que se mueven poco, lo justo para ir limpiando de maíz el camino que recorren.
Vuelvo a confiar en que el rifle está bien y me encaro el arma. ¡Esta vez sí que veo toda la cruz! La distancia es poca y hay luz suficiente. Aprieto el gatillo y el animal cae en el sitio. Se levanta. El guarda me dice que no hace falta que vuelva a tirar. Efectivamente, consigue andar unos metros y se desploma.
De repente me acuerdo: ¡todo lo que sube baja! Y tenemos por delante, más bien por detrás, los mismos escalones que me recibieron. De nuevo las risas y de nuevo a tragar saliva y confiar en que a nadie se le ocurra escurrirse.
Una vez abajo de vuelta al coche. Llegan refuerzos en otro vehículo y cargan el jabalí. Sigo sin haber podido verlo, no sé a qué le he dado. Ya en la casa las fotos de rigor. Parece hermoso, un animal grandecito. La posterior medición confirmaría la medalla de bronce.
Y ahora, a Turquía. Entre los clientes extranjeros que van y vienen hay uno que conocí en Venatoria este año y que me compró un par de aparatos. Se trata de Kaan, dueño de “Shikar Safaris”.
En una de sus visitas me deja, para un cliente, las tarifas de sus cacerías. Las miro por curiosidad más que por otra cosa y las dejo olvidada entre un montón de papeles.
Pasado el tiempo vuelvo a encontrármelas pero con el agravante de que el corzo y el jabalí me han despertado las ganas de probar nuevas cosas.
Mi amigo Juan, el que me metió en este lío, también conoce mucho a Kaan, y entre los dos me convencen –yo no me resistí demasiado– de que los enormes jabalíes de Turquía también se pueden cazar desde una silla de ruedas. Kaan se compromete, personalmente, a poner a mi disposición a su mejor guía.
El mayor obstáculo era el psicológico. Desde que tuve el accidente no había salido de España hasta agosto de este año que pasé quince días en Inglaterra. Turquía se me antojaba el fin del mundo.
La verdad es que casi lo fue. Conseguir los billetes para el día siete de septiembre lo hizo Juan pero yo, una semana antes, no tenía pasaporte. Jamás llegué a imaginarme que un documento al que tenemos derecho todos los españoles fuera tan difícil. Cuatro comisarías, interminables colas, madrugones, de todo y al final siempre la misma respuesta: no quedan números para hoy. Una vergüenza.
El jueves por la mañana, abusando de mi condición de inválido, me colé en una comisaría un rato antes de las nueve, lloré e hice la pelota a todo el que se me puso por medio y, a media mañana, conseguía el preciado documento.
El viaje. Nos habían adjudicado la zona de Camlidere, unos cien kilómetros al noroeste de Ankara, así que el paseo tenía miga. Madrugón de 5:30 de la mañana para estar en Barajas una hora más tarde. Lo de la silla de ruedas tiene algunas ventajas: facturamos por business a pesar de ir en turista. Un caballero viene a acompañarnos, en realidad a empujarme a toda velocidad por los interminables pasillos de la T4 y asegurarse de que no perdemos el avión. Vuelo de Iberia de Madrid a Estambul. Nada que contar. Cuatro horas y poco más.
Una vez más no llevaba arma propia por lo que los trámites de aduana se limitan a pagar las tasas del visado y a pasar, eso sí, de nuevo gracias a la silla, saltándonos todas las colas, por la ventanilla de diplomáticos. Estos turcos sí que saben lo que es tener un detalle.
Dos horas eternas, una mezcla de inglés y gestos de mimo y una comida de ingredientes irreconocibles nos llevaron al avión de enlace a Ankara. Es increíble lo distinto que puede ser un A-320 según la compañía y los años. De todos modos, el trato fue siempre exquisito e incluso tuvimos problemas para desembarazarnos de un operario del aeropuerto que había vivido tres meses en Salamanca y estaba empeñado en demostrarnos lo bien que hablaba y lo mucho que ha prosperado su país.
En Ankara susto con el equipaje. No salía. Ya estábamos solos, la cinta parada y ni un solo bulto. Pánico. Muy amablemente y con una sonrisa de condescendencia, la señorita de la ventanilla de reclamación de equipajes nos acompaña a la zona internacional y nos recuerda que, si hemos facturado en Madrid directo a Ankara, hay que pasar aduana allí. Otro trámite que despachamos por vía de apremio cuando le hacen un gesto al policía curioso indicándole que el único bulto que quería abrir, una caja, era del inválido.
Detrás del cristal de espera un turco se destaca entre los demás por los saltos y expresiones de alegría al haber reconocido a Juan. Es Jelal, el guía que hizo posible el milagro de una nueva modalidad de caza que he venido en llamar “rececho-espera sobre ruedas”.
Nuestro paseo no había terminado, aún teníamos que descubrir las emociones que pueden sentirse en cien kilómetros de conducción por carreteras de todo tipo en Turquía. Los límites de velocidad no pasan de sugerencia, las líneas en el suelo son gasto en pintura, las autovías tienen salidas e incorporaciones en el carril izquierdo. En carreteras secundarias lo importante es no pisar la gravilla, lo de menos es por qué carril haya que circular para evitarla. Interesante y aleccionador. Deberíamos mandar allí unos días a nuestro querido Director General de Tráfico para que aprenda porque, en bastante más de 2.000 Km. que hicimos, no vimos ni un incidente.
El hotel. En previsión de mis necesidades de cuarto de baño, cama espaciosa y demás limitaciones, Kaan había tenido mucho cuidado en elegir el mejor hotel de la zona de caza. Eso nos obligaba a hacer unos 100 km extra cada día pero comer de buffet y con la calidad con la que lo hicimos es algo que no hubiéramos encontrado en un lugar más próximo. De hecho se trataba de un balneario muy reconocido y lleno hasta los topes los fines de semana y en vacaciones.
Por la noche, después de quince horas de viaje, pudimos tomar posesión de nuestras respectivas habitaciones. Una cena frugal y a la cama, el cuerpo no daba para más.
Primera noche. Juan había estado durante el día con Jelal recorriendo los comederos y recebándolos. Eran tres las zonas de caza preparadas en recorridos por caminos, unos seis. Había entre seis y ocho cebaderos en cada uno. En total unos cuarenta jabalíes que, por su tamaño, habían merecido los cuidados de la organización durante varias semanas para esperarnos.
Conmigo tuvieron la deferencia de dejarme descansar y recogerme sobre las seis y media de la tarde. Debido a la diferencia horaria y a la distancia que teníamos que recorrer, cuando dejábamos el asfalto, sobre las siete y media, apenas quedaba luz.
Por el camino Juan me introdujo en el lenguaje con Jelal: big papa es un jabalí macho que vale la pena; family es eso o una hembra, no tirar. Lo demás era curioso: today y tomorrow eran palabras reconocidas; one, two, etc… mejor escribirlas con el dedo sobre el salpicadero o en el aire; eat es que han terminado y se han ido, no wild boar es eso mismo, que no hay animal.
La verdad es que lo de entendernos con Jelal podía terminar de tres maneras: en carcajada, en acuerdo más o menos comprendido o en acuerdo entendido por nosotros y Jelal haciendo lo que le salía de las mismísimas. Al final el que mandaba era él, nos decía que sí a todo pero ni caso.
Llegamos al primer camino. Un par de kilómetros más adelante Juan hace parar el coche y pone a tiro el 30-06. A mí no me dan opción: mi 7mm está perfecto y ya lo comprobaré cuando tire al primer bicho. Amén.
Un kilómetro más y la noche se ha cerrado del todo, la temperatura apenas llega a 7ºC. Jelal para en seco en una bifurcación, se quita el calzado y sólo con los calcetines se hace unos 200 metros hasta el primer cebadero. Veinte minutos largos después vuelve y dice lacónico: Eat, y luego escribe en el salpicadero 27 para indicarnos que calcula que ese jabalí tiene unas luchaderas de esa longitud. A este puesto volveríamos todos los días hasta dos veces. Su obsesión era que yo me llevara ese trofeo.
Después de seis horas, decenas de cebaderos, montones de eat, family o no wild board, eran las dos de la mañana y estábamos cansados, ateridos y un poco desesperados. Yo estaba pensando ya más en la cama que en otra cosa.
Como si de una maniobra desesperada se tratase volvimos a un sitio por el que ya habíamos pasado un par de veces, una especie de pradera en la que por el día había vacas y por la noche se convertía en una enorme explanada, casi sin vegetación y con un arroyo en uno de sus costados.
Jelal había preparado dos cebaderos, cada uno a un lado del camino principal, a unos 300 metros de distancia, apenas 600 metros entre ambos, muy próximos al ruidoso caudal.
En primer lugar eligió dirigirse hacia la izquierda. Por enésima vez repitió la dolorosa ceremonia de quitarse el calzado y recorrerse los doscientos metros de camino pedregoso. La expresión de su cara y la excitación de su voz al comunicarnos su descubrimiento con el escueto big papa no pudieron ser más elocuentes.
Para mí un momento de desconcierto: ¿y ahora qué? Antes de darme cuenta la silla de ruedas estaba montada al lado de la puerta, Jelal me había pasado su forro polar por los hombros para que terminara de ponérmelo y no me enfriara y me ofrecía un cálido abrazo, urgiéndome a pasar mis brazos por encima de los suyos, agarrarme a su cuello y bajarme a pulso. No había tiempo para más ceremonias. Comenzaba así el primer “rececho-espera sobre ruedas”.
Un “big papa” a la vista. Doscientos metros de camino lleno de piedras sueltas para entrar a un jabalí son ya un desafío para un cazador normal y no digamos para un novato como yo. Hacerlo con una silla de ruedas “ultraligera” con unos magníficos y finísimos aros de acero no es un desafío, es una locura.
Es como si cada chinita, cada ramita, cada hoja se pusiera de acuerdo con la de al lado y trataran de saltar hacia las partes metálicas con todo el estruendo posible.
Una piedrecita en un pie se clava y hace daño. En mi caso puede suponer un frenazo que me saque por las orejas o salir disparada y convertirse en un pequeño y sonoro proyectil.
No recuerdo cuánto tardamos. Si sé que Jelal tuvo que parar a recuperar el resuello en cuatro ocasiones y que la pendiente que bajamos me hubiera cortado la respiración de no haber sido porque de noche no sabía por dónde me llevaban. Juan nos seguía cargando con la herramienta, el 7 mm. y un trípode ¡para tirar de pie!
Por fin vimos, más bien adivinamos, una pequeña bolsa de plástico blanca que habían dejado como referencia para tirar y detuvimos la marcha. Jelal se adelantó unos metros para comprobar que el paciente jabalí seguía comiendo y e hizo un gesto afirmativo.
Llegó el momento de la verdad. Adelantamos la silla hasta un punto en el que, por fin, pude ver y oír a un magnífico ejemplar dando cuenta del escaso y muy bien repartido maíz que tanto rato le había retenido.
Me pasaron el trípode. La verdad es que yo no sabía muy bien que hacer con él. Lo abrí, puse una pata por cada lado de la silla, lo agarré con la mano izquierda y apoyé el rifle sobre ella. Un desastre, no podía encarármelo. Vuelta a empezar. Colocar de nuevo el trípode, esta vez más cerca, volver a poner la mano y, esta vez sí, poder ver la cruz. Decepción ¿se ha marchado? ¡No! Jelal me señala más a la izquierda, lo busco en la penumbra y, por fin, lo veo.
Enorme. Yo tengo un 7mm y se me antoja poca bala para tanto animal. Trato de asegurar el tiro y me entretengo. Se mueve, pienso que se va a marchar y disparo. Cae. Sé que le he dado bien pero no estoy seguro de haber terminado el trabajo. Vuelvo a montar el rifle y Jelal me dice: wait, wait (espera, espera). Dudo pero le obedezco. Él es el que sabe. Mal hecho. Un poco después se levanta y le oímos alejarse, despacio pero sin volver a caer. Jelal sentencia: tomorrow, guau, guau, y me felicita con un efusivo abrazo mientras me asegura que ha sido good shot y que wild boar kaput.
No llevaron los perros al día siguiente, era un jabalí muy grande y peligroso en esas condiciones había que dejar que se enfriara. Dos días después y a unos cuatro kilómetros lo encontraron tumbado pero aún vivo y con ganas de arrancarse. Fue necesaria una bala de escopeta para evitar riesgos. Son muy duros los jabalíes turcos. El tiro le había atravesado las dos manos y el pecho y, aún así, había costado mucho cobrarlo. Las estimaciones de Jelal eran 250 kilos y unos trece años. Las mediciones fueron mucho más exactas: 24,6 cm. y medalla de oro con unas amoladeras de impresión.
Después del viaje, las horas de paseo por caminos, el frío, de todo lo pasado, sólo por ese trofeo, por esa experiencia, había merecido la pena.
Jelal me saca de mis reflexiones: wait, Jelal look, y señala hacia el otro puesto distante tan sólo seiscientos metros. Allí nos deja, muertos de frío, esperando. Un cuarto de hora más tarde vuelve de nuevo muy excitado y con su exclamación favorita en la boca: big papa.
El segundo de la noche. Sin darme cuenta me han subido al coche. No es plan recorrer esa distancia empujando. Volvemos al camino principal. De nuevo a la silla. Ya no hace falta ni un gesto, ni una palabra. Es la segunda vez y la coordinación ha sido perfecta.
Otra vez la procesión: Jelal empujando y Juan detrás haciendo de porteador. Esta vez no hay camino, es una pradera de pasto casi lisa, sin apenas piedras y, sólo al final, algunos agujeros. Avanzamos mucho más deprisa, con menos tropezones y casi sin hacer ruido.
A veinte metros del punto señalado para tirar hacemos una parada. Algo no está bien. El guarro se ha ido del cebadero. Jelal lo busca y, para nuestra sorpresa, lo tenemos justo enfrente, ha terminado de comer y se dirige hacia el agua pero se ha entretenido a hozar en un lugar intermedio. No hay tiempo que perder, puede seguir en cualquier momento.
Esta vez coloco el trípode bien a la primera y me encaro el arma con la soltura de un profesional. Ni me lo creo. Lo tengo de perfil, la silueta se recorta perfectamente sobre la claridad del pasto. La ausencia de luz no me permite ver los detalles pero es grande. Pongo la cruz sobre su pata delantera y la voy subiendo hasta que paso un poco por encima de la mitad del cuerpo. No se ha movido. Le oigo. Aumento la presión sobre el gatillo y disparo.
Esta vez no vuelvo a montar el arma, no me la vuelvo a encarar, no espero los comentarios de Jelal. Esta vez soy yo el que dice kaput. Ha sido un tiro limpio. El guarro está en el suelo con una pata partida y herido de muerte. No puede sino patalear ligeramente. Juan se acerca con su .30-06 y vuelve a dispararle al corazón. No muere, son muy duros. Jelal, con mucho cuidado y mucho miedo se acerca por detrás con el machete para terminar el trabajo.
Mientras tanto me han vuelto a subir en el coche, hemos dado un rodeo y estoy junto al animal que todavía respira. Es la primera vez que veo un guarro turco de cerca y es mío. No sé que pensar. He tirado bien en unas condiciones difíciles, pasa de los 200 kilos, Jelal le estima unos 11 años, la medición confirmó la primera impresión: un medalla de plata, casi oro, con más de 22 centímetros.
No me encuentro emocionado, no estoy sorprendido, no siento nada. Estoy bloqueado. Hace seis meses no se me hubiera ocurrido tirar con algo que no fuera aire comprimido. Hace seis meses no había salido de España en diez años. Ahora estoy en Turquía, perdido en el monte y acabo de cobrar un trofeo de los que en España ya no quedan.
De hecho han sido dos lances increíbles con resultados espectaculares en una sola noche.
Son más de las tres de la mañana y ahora sí que nos recogemos. El cansancio me puede. Las emociones hace rato que me superaron. Gracias Jelal, gracias Juan, gracias Kaan por haber creído en mí y haberme ayudado a hacer algo por encima de mis propias expectativas.
Segunda noche. Al llegar al hotel creo que le di las buenas noches al de recepción pero no lo recuerdo. La cama me estaba esperando como si fuera la mejor amante. Me levanté tarde. Jelal y Juan habían vuelto a visitar las zonas de caza y recebar. Ninguna novedad.
Salimos tarde, cerca de las siete. Llegamos de noche cerrada y empezamos a recorrer caminos y repetir la ceremonia de Jelal y sus, en mi opinión, mortificantes excursiones en calcetines.
Yo llevo el 7 mm. en el regazo y Juan va detrás con el .30-06. A las dos de la madrugada sólo se nos han puesto a tiro una hembra del tamaño de un oso y un jabalí mediano, enorme para los parámetros españoles, pero indigno de una tabla turca.
En el mismo sitio en que la víspera había hecho el doblete de mi vida, nos espera un turismo para llevarme al hotel y permitir que Juan estire un poco más la noche. Nos estamos despidiendo cuando Jelal nos ordena silencio con un tajante wait. Vuelve a descalzarse y toma el camino del cebadero en el que había tirado por primera vez.
Entre atónitos, impacientes e incrédulos y más bien con poca fe esperamos los veinte minutos de rigor sin hacer ruido. Big papa, nos sorprende al abrir la puerta. No podemos evitar la risa por la sorpresa, porque repetimos el sitio, porque yo digo que no puede ser, que ese es de granja. Nos regaña. Se pone serio. Con big papa no se bromea.
Nuevo salto a la silla y nueva excursión. Hoy han subido el listón. La prueba es más difícil. Ha llovido. El barro se pega a las ruedas y, por cada vuelta que dan, cinco o seis piedras golpean los aros con rabia. Nos paramos. Así no podemos llegar, hay que solucionarlo.
Le digo a Jelal que siga. He puesto las manos en las ruedas y con el hueco entre el pulgar y el índice voy arrancando el barro. Noto que se me despellejan, que se me clavan las piedras y que la tierra se lleva la piel pero no seré yo el que se rinda. Si ellos creen en mí tenemos que terminar lo empezado. Esta vez los 200 metros se me antojan muchos más. La cuesta no la noto porque la silla va tan clavada que apenas giran las ruedas.
Llegamos a la marca. Esta vez veo el guarro a la primera. Está casi de frente. Tengo muy mal tiro. Si voy al codillo puedo pincharle detrás. Si tiro al pecho con esa munición puede que no abra y se marche pinchado. No puedo tirarle a la cabeza porque la tiene muy baja y apenas distingo las formas.
Mientras dudo nos mira. Ha debido oírnos. Por un instante le brillan los ojos. Es suficiente. No patalea, no se mueve. Una bala de 7mm justo encima del ojo izquierdo le ha hecho caer a plomo. Jelal me abraza, me sonríe y no se molesta en buscarlo, en escuchar. Esta vez es él quien dice kaput con sorna.
En este caso no hay opción a foto de familia. Es el más pequeño de los tres cochinos pero sigue estando por encima de los 200 kilos. Yo peso menos de la mitad, no llega a los 90 kilos con silla, pero el arrollo y un estrecho sendero lleno de obstáculos nos separan y ni mis acompañantes están dispuestos a traerlo ni yo me pienso dejar llevar por los aires. Una lástima. Pena de retrato con el menor de los tres, eso sí, medalla de bronce, casi plata.
Vuelta temeraria al hotel. Ya sé que sesenta kilómetros en coche no constituyen un lance cinegético pero sí tienen mucho que ver con el espíritu de aventura que entraña cazar en un país tan distinto.
Juan quería seguir buscando su suerte y decidió prolongar el paseo. Yo, con esta última sorpresa, daba por cerrada la noche y, casi, la excursión a Turquía. Después de matar este tercer jabalí se acabó el pick-up y nos subieron a un turismo para llevarnos de vuelta.
Ingenuo de mí. Hasta ese momento había estado convencido de que las emociones fuertes me las iba a proporcionar la caza. Nada más lejos de la realidad. El vehículo en cuestión era un vetusto Fiat “Supermirafiori” con no menos de treinta años. El conductor, como mínimo, le doblaba la edad al cacharro y portaba un impresionante mostacho de corte “Sadam Hussein” sobre unas facciones aguileñas extremadamente delgadas.
Por tocado una gorra calada hasta las orejas que más parecía una boina y como colofón un tic que costaba diferenciar de un plácido sueñecito consistente en un sospechoso cabeceo.
En más de una hora de trayecto y tras media docena de intentos por su parte de iniciar una conversación sólo entendimos tres palabras: spanol o algo así a lo que asentimos, cazar en un perfecto castellano y cigarrete con su correspondiente gesto de llevarse los dedos a la boca a lo que tuvimos que decirle que no porque ninguno de los dos fumamos.
Si en Turquía tuvieran un Director General de Tráfico como el nuestro y el carné por puntos estuviera instituido, nuestro chófer estaría en la cárcel e inhabilitado de por vida.
Los stops eran meros elementos decorativos ante los cuales lo mejor era abrirse y trazar limpiamente la curva, las rayas en el suelo un gasto inútil en pintura o, en el mejor de los casos, una magnífica referencia para tener la certeza de que íbamos más tiempo por el carril izquierdo que por el derecho sin importar mucho si alguien venía de frente.
Las cuestas abajo un magnífico momento para ahorrar gasolina poniendo punto muerto. En las cuestas arribas no hacía falta ponerlo, se saltaban las marchas de un destrozado cambio. Del sonido del motor mejor no hablamos. Cuando tenga nietos puede que confunda un lance con otro, el jabalí de Turquía con el de La Mancha, pero ese paseo en coche, ese “lance”, dudo que se me nuble.
Tras el mayor de todos. Era la última y no contábamos con más oportunidades. Juan había vuelto “bolo” de su trasnochada y todos teníamos ganas de ponerle un broche de oro a una excursión que, al menos para mí, había sido espectacular.
Nada y más nada era lo que nos esperaba. Nos hicimos más de 200 kilómetros, visitamos casi todos los puestos imaginables. Eat y no wild boar era lo único que un resignado Jelal repetía cada vez que regresaba al coche después de sus veinte minutos de destrozarse los pies.
Todos sabíamos que quedaba un último recurso pero con muy pocas probabilidades: volver una vez más a buscar el primer guarro, el grande, el de los 27cm.
Ya sin muchas esperanzas nos acercamos hasta allí y Jelal se descalzó por enésima vez. En esta ocasión los veinte minutos se alargaron hasta llegar a la media hora. No se abrió la puerta del conductor. Cuando menos me lo esperaba, una mano muy fuerte me arrancó del asiento y me llevó a la silla de ruedas sin decir big papa. No hacía falta.
Esta vez era más difícil. La distancia era mayor. No había arroyo que, con su sonido, enmascarara nuestros tropiezos. Tampoco cuesta abajo, ni siquiera llano. El camino ascendía de manera pronunciada y los guijarros parecían mucho más afilados y ruidosos que nunca.
Jelal era consciente. Cada cinco o seis metros se detenía y, con una linterna, una por una, quitaba todas las piedras que podía, memorizaba la dirección con menos obstáculos y volvía a empujar. Juan, como siempre, nos seguía con todo lo necesario. Soy incapaz de recordar cuanto tardamos y las paradas que hicimos.
Sólo recuerdo la frustración. A cinco metros de la marca para tirar se asomó Jelal y comprobó que el guarro que le obsesionaba seguía en el cebadero. Allí estaba. Avanzamos otros tres metros. Escuchamos. Nada. No estaba. Esperamos casi media hora sin movernos por si volvía pero los tres éramos conscientes de que las ramas que se oía como se tronchaban un poco más arriba eran las que él pisaba. La versión oficial es que, terminada la comida, se había marchado. Yo sigo pensando que lo espantamos en el último momento.
A la tarde siguiente, después de comer en el hotel, recogimos el equipaje y nos dirigimos a Estambul en lugar de Ankara como era nuestro plan inicial. La verdad es que teníamos tiempo y nos ahorrábamos un madrugón, un salto en avión y varias horas de viaje.
El caos de circulación en esa ciudad de 20-30 millones de habitantes es espectacular, pero vuelvo a decir lo mismo, no vi ni un solo accidente.
Conclusiones personales. Nunca me he identificado con el gremio de los minusválidos y no me siento como tal. Soy una persona con limitaciones de movilidad, que depende de la ayuda y buena voluntad de los demás y puedo asegurar que encuentro más cantidad de ambas cosas que la que en ocasiones recomienda el sentido común.
Tuve un accidente de tráfico y he vuelto a conducir y disfruto haciéndolo. Dejé de cazar y, con el ánimo y la ayuda de unos buenos amigos he vuelto a hacerlo, quizás mejor que nunca.
No sólo la caza, el viaje a Turquía, un viaje anterior a Inglaterra con mi coche, un venado en berrea de hace unos días que ya contaré en otro momento, el día a día, cada vez me convence más de que las limitaciones las tenemos dentro. Los que estamos viviendo la prórroga somos los que más motivo tenemos para apurar las ocasiones, para disfrutarlas. Nadie como nosotros sabe cuánto vale lo que podíamos haber perdido. Todo es posible mientras no me demuestren lo contrario.
Antes de despedirnos Jelal me hizo prometer que volvería en mayo a Gereda, su pueblo. Me asegura que tiene localizado un guarro de 28 centímetros y que me lo merezco. Volveremos a vernos. Hace tiempo que aprendí que las cosas no hay que dejarlas a medias.
Agradecimientos. Ante todo, a Juan. Sin su ayuda y ánimo hubiera seguido pegando perdigonazos a los pichones en casa de mis padres. A Jelal, sin cuya ayuda, ánimo, profesionalidad y constancia no hubiera hecho nada. A Gustavo, la persona que lleva siete años siendo mi mano derecha, la izquierda y mis dos piernas. A Kaan y a Shikar Safaris porque hicieron suyo el reto de conseguir que yo fuera el primero de sus clientes en estas condiciones.
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Últimos comentarios de los lectores (1)
428 | Enrique - 20/03/2008 @ 21:15:34 (GMT+1)
Buenísimo Hace mucho tiempo que no me divierto tanto con un relato de caza, sobretodo cuando narra los detalles de las maniobras para apañárselas con la colocación en la silla, la comunicación (eat, big papa...kaput!!), el tráfico en Turquía, los aviones. Genial. Mi más sincera enhorabuena al autor, por su arrojo, su fuerza y su esperanza. Ah, y por sus tres jabalíes. Saludos
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