Hemeroteca :: 01/12/2007
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Grandes firmas

Mi rincón

Mariano Aguayo

Última actualización 01/12/2007@00:00:00 GMT+1

España no ha gozado jamás de un período de paz en democracia tan largo como el transcurrido desde la transición hasta hoy. Eso, objetivamente, es incontrovertible y ha sucedido en el marco de esta monarquía parlamentaria. Ahora estamos viviendo una escandalera lamentable contra la Corona, formada por unas minorías estadísticamente irrisorias pero de una gran sonoridad. Se queman fotos del Rey, se escarba en los rumores, se le insulta impunemente y, en definitiva, se pisotea la Ley que protege su figura mientras quienes deberían hacerla cumplir miran para otro lado. Los que más gritan pertenecen a partidos separatistas que a saber dónde hubieran ido a parar si aquel 23 de Febrero el Rey, investido de toda su autoridad como capitán general de las fuerzas armadas, no pone en su sitio a los golpistas. Pero los españoles somos unos artistas en eso de destruir. Desde chiquitos, en cuanto nos regalan un juguete, tan pronto pasan los primeros instantes de diversión, nos dedicamos a destriparlo. Después lloramos su pérdida, pero a ver quién recompone todas las ruedecillas dentadas, muelles y tornillitos que hemos esparcido a nuestro alrededor. Y en los tiempos de tribulación en que nos hallamos, nos empeñamos en destruir una de las pocas cosas que merecen ser conservadas en esta especie de gallinero en que se está convirtiendo España. Por estar al abrigo de la Constitución, por sus servicios a la democracia y por su propia personalidad, el Rey no necesita que le defiendan. Sin embargo, bueno es recordar que entre los más obligados a cerrar filas en su afecto estamos los cazadores. S. M. el Rey, siguiendo la larga tradición familiar, siempre ha sido cazador. Y nunca un cazador vergonzante, como tantos notables que se esconden para cazar, sino orgulloso de serlo. En numerosas ocasiones nos ha acompañado en nuestras reuniones, ferias y entregas de distinciones y eso ya constituye un aval a nuestra afición. Tenemos que estar siempre unidos a un rey que sabe vivir el campo intensamente y que, aún en mitad de las pesadas obligaciones institucionales, debe conservar en sus sentidos los hermosos colores y el fino y penetrante perfume del monte.
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