Grandes firmas
Retazos con solera
José Medina
Última actualización 01/12/2007@00:00:00 GMT+1
Tal y como escribió José Medina, nuestro director hace 30 años, “Sin clarines, pero con la renovada esperanza de cada año, ha comenzado otra temporada”, y para celebrarlo les invitamos a que lean este precioso retazo. ¡Feliz temporada, cazadores!
El hombre mira al cielo. El hombre de la tierra mira al cielo en una muda súplica. El cazador, que es hombre de la tierra, enraizado, mira al cielo en la tierna edad de la temporada venatoria. Espera la lluvia; necesita la lluvia. Sabe que la perdiz volará indefensa presionada por el calor, deshauciada por la sequedad del medio, si no ha llovido en el inicio de octubre.Tiene conciencia de esta indefensión y desea protegerla del cazador desaprensivo, del acaparador de carne que antepone una cuantiosa percha a la emoción del lance. El cazador, el cazador que podría escribir su nombre con mayúsculas, no apetece ventajas y aguarda la lluvia que varea el terreno, quita plomo al vuelo de la perdiz y obliga a perfilar el disparo. El cazador en su casa, cuando del escopetero ha sacado las armas para repasarlas con mimo o recuenta el saco de cartuchos, o hace las previsiones necesarias, mira al cielo y consulta al amigo. Aguarda la lluvia que es como el último gallardete de la fiesta mayor que corre hasta febrero: la gran fiesta de la caza.
Sin clarines, pero con la renovada esperanza de cada año, ha comenzado otra temporada. Son tiempos difíciles, comprometidos. Todo parece confabularse contra el cazador. Los precios disparados, la escasez de lo libre, incluso esa mala prensa que tiene ahora la afición cinegética movida por extraños sentimientos –¿resentimientos?– que no soportan el más sencillo análisis. Algunos cazadores acuden poco menos que de tapadillo al coto que arrendaron con el dinero del sudor y otros se borran por el insano temor del qué dirán. Sobre ellos pesa una curiosa y desdichada presión, una actitud incapaz de admitir que la caza crea riqueza, a más de ser el respetable esparcimiento de miles de cazadores modestos que no saben de ojeos millonarios ni puntas de venado a precio de oro. Sobre la caza ha caído el sambenito de una sobreestimación social y pagan por unos pocos pecadores una inmensa mayoría de justos.
Pero la alegría de caza, que es para los cazadores la mismísima alegría de vivir, no puede condicionarse con los pesimistas augurios de unos o los malentendidos de otros. Vital en su primera manifestación, distracción y escape a lo largo de los siglos, la caza es ejercicio primordial para millones de hombres en todo el mundo; subsistencia y deleite; fuente de ingresos para comunidades enteras y trabajo en el inhábil discurrir del invierno. Para quien no lo desee serán inútiles los argumentos por mucho que se pruebe y exponga. A oídos sordos, sordos o ensordecidos por exabruptos demagógicos, sólo cabe responder con humildad y paciencia, y constancia.
Ya estamos, pues, en plena temporada de caza. La perdiz vuela en el barbecho y esquiva la copa de las encinas. La liebre regatea y burla a la calmosa mano que busca un horizonte detrás de otro horizonte. El conejo escucha avizor y enhiesto el paso del solitario que salió de madrugada con más ilusión que esperanza. El poderoso y el sencillo se relamen con el mañana que aguardan o se recrean con al ayer pródigo. Y a su sombra, con esfuerzo, el variopinto mundo de la caza se beneficia en coordinadas de jornales y arriendos, de riqueza en mayor o menor proporción que remedian o parchean una economía doméstica o municipal. Es tiempo de alegría y tiempo de relación e intimidad. Es, en fin, comunicación viva y jovial, valor añadido en una época de egoístas aislamientos. En la caza el hombre es hermano del hombre y, por añadidura, en una síntesis franciscana, es galanteador de la pieza que aspira a derribar: el hermano conejo, la hermana perdiz, el primo zorro. Cada cual entiende la familia como mejor le place.
Por ciencias del espíritu discurre la caza. A la ética se una la estética. La caza es bella porque es bella la criatura oponente al cazador. Las fotografías de estas páginas (*) testimonian lo expresado. Hermoso el faisán de tornasoladas plumas. Divertido y entrañable el conejo. Majestuosa y despampanante la perdiz. Pero también la caza es bella en su ejecución, que es, a la vez, planteamiento, desarrollo y desenlace. La parada del perro es una hermosa estatua viva y paralizada. El vuelo trepidante de la perdiz es un desafío a las propias leyes de la dinámica. Y el bodegón final, a la hora del recuento, como un reto al artista y a la armonía, ruptura de la composición en un marco de plumas caídas y sangre lamida por el perro de la última hora. A pesar de todo, el triunfo de la estética.
Día a día, festivo a festivo, nos adentramos en la temporada de caza. Con toda su carga emocional y todos los avatares de la singladura. No es hora todavía de balances; es hora de presagios. Como el asno flautero sonará casualmente para algunos, será avara con otros, generosa con el de más allá. Este dirá que pudo, pero no quiso; aquel que quiso, pero no pudo. Se contará de ellas como el retorno de la feria. Pero en el primer acto, recitado ya el prologo de octubre, hay que abrir un paréntesis de esperanza y confiar. En el fondo, lo que sea hoy, será espejo de ayer y de mañana. Ésta es la perennidad y grandeza de la caza.