Hemeroteca :: 01/12/2007
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Opinión

El autor resume sus sesenta años de caza por tierras catalanas contenidos en varios diarios venatorios

Miquel SERRA CORNET

Última actualización 01/12/2007@00:00:00 GMT+1
La caza en España ha cambiado mucho en las últimas dÉcadas. El autor revisa sus diarios de caza, que comenzó hace casi 50 años, y describe muchos de esos cambios que ha sufrido la cinegética hasta nuestros días. Aunque sus vivencias han tenido lugar prácticamente en Cataluña, la evolución ha sido prácticamente la misma en toda España.
Uando en el año 1958, con 15 años, empecé a escribir mi diario de caza no pensé que mi paciencia fuera tal como para seguir rellenándolo durante toda mi vida cazadora. Y, ahora, ya en el otoño de mi vida, cuando releo este diario de casi 50 años de antigüedad, saco unas conclusiones que, sin pretenderlo, son la historia de la evolución de la caza en esta mi zona de acción: el Pre-Pirineo barcelonés, aunque en muchos aspectos es extrapolable al resto de España. Cuando empecé a cazar lo hice con una escopeta Lefaucheux del calibre 16. Seguramente habrá muchos cazadores actuales que no saben de qué arma les hablo. Dicha escopeta tiraba cartuchos cargados con pólvora negra, y la diferencia con las escopetas llamadas entonces “centrales” –las actuales, al menos en el diseño de los cartuchos– era por la disposición del pistón y el sistema de percusión. El pistón estaba dispuesto dentro del cartucho horizontalmente. En él se apoyaba un vástago que sobresalía por el culote de la vaina y la percusión la hacía un martillo accionado por el gatillo. Este tipo de armas eran bastante peligrosas, pues no tenían seguro y cualquier contacto con el martillo te lo hacía saltar produciéndose el disparo. No es que en aquella época todas las escopetas fueran de este tipo. Quizás a principios del siglo XX así fuera. En mi caso particular ocurrió por utilizar la escopeta de mi abuelo, que era de estas características. Aunque había muchas de perrillos –así llamaban a las que, a pesar de ser “centrales”, la percusión la hacía un martillo exterior–, siempre eran paralelas. Más tarde empezaron a aparecer las escopetas superpuestas y las semiautomáticas, las más utilizadas en los tiempos de la abundancia y sin limitación de tiros. Que ahora se hayan reducido a tres ha propiciado que algunos dejen las semiautomáticas y vuelvan a las de dos tiros, ya sean paralelas o superpuestas. Poquísimos rifles. Si hablamos de las armas utilizadas para la caza mayor, generalmente jabalí y rebeco, en aquellos tiempos los cazadores iban con escopeta y normalmente postas, salvo algún cazador adinerado o experimentado en safaris que llevaba su rifle. Otro punto importante y muy distinto de la actualidad es que con la licencia nacional podías cazar por toda España, en el sentido real de lo significa la palabra toda, ya que los cotos aún no se habían inventado y salvo alguna reserva nacional, se podía cazar por todo el suelo patrio. Fueron apareciendo cotos, cotos municipales, vedados, etc., restringiendo el espacio libre donde podíamos movernos los cazadores. Después de la restricción del suelo nacional, con la llegada de las autonomías, además de la obligación de obtener y pagar cada licencia autonómica, en muchas de ellas han desaparecido incluso los terrenos libres. Especies cinegéticas. Muchas especies que se podían cazar en los inicios de mis andanzas cinegéticas, y que fueron la base de las capturas de mis primeras salidas con la escopeta al hombro, actualmente se encuentran protegidas, como es el caso de ardillas o mirlos. Lo malo del tema es que los cazadores no tenemos la culpa del descenso, en este caso, de estas dos especies. Los responsables de esta drástica disminución, en el caso de las ardillas, han sido los productos utilizados para la lucha contra la procesionaria del pino, y en el caso de los mirlos, los insecticidas. A finales de la década de los 50, la estructura agrícola de esta parte de Cataluña se basaba generalmente en las fincas de las masías o casas de payés. Dependiendo de la entidad de éstas podían no llegar a producir lo que necesitaban para su autosuficiencia, ser autosuficientes o tener excedentes de producción. Para la obtención de estos resultados había diferentes factores primordiales como la extensión de las mismas, su situación referente al agua –ser de regadío o de secano– y su gestión. En todas ellas, los habitantes de las mismas tenían una auténtica autonomía, producían casi todo lo que necesitaban de cereales –pan y alimento para los animales–, verduras, legumbres, carne, huevos, leche, aceite, vino, etc. Por ello, todos los campos de cada finca, por malos y de difícil acceso que fueran, estaban cultivados. Este hecho hacía que casi todos los animales de aprovechamiento cinegético tenían, además del refugio frente a los depredadores, sus necesidades alimenticias cubiertas. Los bandos de perdices merodeaban por los alrededores de las masías, igual que los conejos, al amparo de su protección. Con los años, empezó a aparecer cierta precariedad en la agricultura artesanal que se practicaba por la zona, hecho que coincidió con una mayor industrialización del campo. Ello hizo que muchas fincas de payeses, al no ser rentables, se cerraran y sus dueños o colonos se fueran a vivir al pueblo y a trabajar en las fábricas. La ganadería practicada por estos pequeños centros de producción era familiar, con algunas vacas para ordeñar y vender la leche sobrante en los pueblos más cercanos, mientras que sus terneros se vendían para carne. También tenían sus cerdos para el consumo, igual que gallinas, conejos, patos, ocas y pollos. De aquella ganadería se ha pasado a una ganadería industrial: grandes granjas, tanto avícolas como porcinas, inmensas explotaciones intensivas de vacuno de leche, o extensivas de vacuno de carne. Para ello la agricultura ha sufrido unos cambios radicales, pues de alimentar a unas familias que vivían de lo que les producían sus fincas, se ha pasado a utilizar estas fincas para la producción del alimento necesario para la ganadería que se asienta en ellas. La mayoría de los propietarios han intentado rentabilizar las fincas que poseen estableciendo explotaciones de este tipo ya que actualmente, con el precio de la carne y las subvenciones que reciben de la Unión Europea, dan viabilidad a estas propiedades. Consecuencias para la caza. ¿Qué ha supuesto esto para la caza? Pues, para perdices y conejos una auténtica ruina, principalmente para las perdices, al desaparecer de su hábitat natural la mayoría de las fuentes alimenticias que necesitan en determinadas fases de su vida y que encontraban en los cultivos alternativos que se producían antes. Antes, las especies migratorias se movían con la precisión que les daba el clima, pues las temperaturas estaban sincronizadas con la estación pertinente. Actualmente, debido al cambio climático, esa sincronización ha desaparecido. Un ejemplo claro lo tuvimos el pasado otoño-invierno con unas temperaturas elevadas para la época en toda Europa que hizo que muchas migratorias no se movieran de sus países de origen. También antaño, al haber gran cantidad de conejos y perdices, casi nadie se dedicaba a las especies migratorias –torcaces, becadas y tordos–, pero ahora, con la aparición de nuevos cazadores, los resultados han descendido considerablemente con el aumento de la presión de caza. La caza del jabalí. Con la caza mayor ha sucedido totalmente lo contrario. Cuando en el año 1.967 empecé a frecuentar las batidas era raro el día que se conseguía levantar algún jabalí del encame porque no abundaban, y cuando se abatía uno era como una fiesta, paseándose el ejemplar por el pueblo como me imagino antes se había hecho con los lobos por otras razones. Por temporada se podían abatir de doce a veinte animales, quedando la cuadrilla contenta con estos resultados. ¿Qué sucedía? Muy fácil, el jabalí era una especie muy escasa, genéticamente pura y con un hábitat de difícil subsistencia. El genotipo puro del Sus scrofa hacía que el animal se reprodujera solamente una vez al año, siendo el número de crías de un máximo de cuatro. Todo ello dependiendo de cómo hubiese ido el clima: lluvias, sequía, calor, pues todo influía en los alimentos que podían encontrar en la naturaleza, y esto indirectamente en los celos y el número de lechones por parto. Tampoco el hábitat le era idóneo. Los bosques, por las necesidades energéticas de la población, estaban sobreexplotados, con los árboles talados al máximo, pues se aprovechaba cualquier rama para los hornos de las panaderías o para la fabricación de carbón vegetal. El sotobosque era como un jardín, se podía circular por él como si de un paseo se tratara y en estas condiciones el cerdoso no podía guarecerse de los depredadores, sobre todo del único que le quedaba, el hombre. Por todo esto el censo jabalinero era insignificante. Al ser una caza interesante por la entidad de la pieza, y al ir descendiendo paulatinamente las especies de la caza menor, fueron apareciendo cazadores “tránsfugos” y se fueron formando cuadrillas dedicadas exclusivamente a este tipo de caza. Frente a esta demanda de piezas las cuadrillas, en un principio, construyeron pequeños cercados y echaron jabalíes más o menos puros para obtener así anualmente cierta cantidad de jabatos para la suelta. También gobiernos como el francés hicieron políticas de repoblación con la suelta de animales en el Pirineo. En este caso concreto soltaban anualmente un centenar de jabalinas preñadas de dudosa pureza en esta zona pirenaica. Esta hibridación de la especie mejoró tanto la fecundidad –si antes las camadas eran de 3 ó 4 después fueron de 5 ó 6 individuos– como la precocidad: tanto machos como hembras eran aptos para la reproducción más jóvenes, los partos en lugar de producirse anualmente, dependiendo de la climatología y de la alimentación, ahora pasaban a ser semestrales, dos al año. Todos estos factores han hecho crecer la cabaña jabalinera en el Pirineo enormemente, llegando a unas densidades peligrosas para los vehículos y la aparición de epizootias. Este cambio genético también ha venido auspiciado por una mejora de su hábitat. Al abandonarse la utilización de muchos recursos forestales como fuentes energéticas se ha dejado a la naturaleza vegetal desarrollarse libremente, y en los bosques y terrenos baldíos las malezas han crecido a su libre albedrío, formándose unos sotobosques sólo transitables por los jabalíes, donde medran libremente sin peligros de ninguna clase, incluso envalentonándose frente al acoso de los perros debido a la protección que les da la tupida maleza. Estos cambios han hecho que las capturas de estos suidos aumentaran vertiginosamente, y si a finales de los 60 se abatían sobre la docena de jabalíes por temporada y cuadrilla, en la actualidad, y para ser más concreto, la pasada temporada mi cuadrilla Besora-Vidrà consiguió un nuevo récord: 154 animales. En otras zonas, por la parte más oriental del Pirineo, debido a una sobrecaza fomentada por la Federación para reducir el número de accidentes de tráfico, el número de capturas ha disminuido notablemente, pasando de más de 200 hace tiempo a los 100 animales por cuadrilla. Corzos y rebecos. Las otras dos especies de mayor –corzos y rebecos– han tenido un resurgir paralelo al de los jabalíes. El rebeco en las cumbres pirenaicas, de pocas unidades en los 60, pasa de los miles en la actualidad, siendo esta sobrepoblación un gran problema y causa de la aparición del pestivirus, que ha dejado a muchas reservas nacionales bajo mínimos, quedando actualmente sólo abierta para su caza la de Freser-Setcases. El corzo, que no se conocía en Cataluña en mis inicios como cazador, debido a las acertadas repoblaciones efectuadas es, a día de hoy, una pieza de caza mayor codiciada, en alza y de la cual ya se están dando permisos para su aprovechamiento cinegético debido a la densidad que empieza a existir en innumerables comarcas. De ello dan fe los cazadores de jabalí, pues sus perros no se escapan de las persecuciones diarias de tan esquivo y juguetón animal. A grandes pinceladas, éstas son las conclusiones de la evolución de la caza que puedo extraer de mis memorias.
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