Reportajes
El autor relata algunos lances becaderos y extrae de ellos enseñanzas
muy válidas para enfrentarse con éxito a la dama del bosque
Texto y fotos: Andrés Sierra
Última actualización 17/10/2008@17:44:00 GMT+1
A través de varios lances de caza el autor hace una serie de comentarios sobre los puntos más destacados de la biología y el comportamiento de las becadas, así como de otros aspectos que rodean su caza, como el uso de collares electrónicos, la invernada, la búsqueda de becadas revoladas o heridas de ala, cazar por la mañana o por la tarde, becadas “despistadas”, las becadas de la apertura, becadas “especiales”, los olores y rastros para los perros y la suerte en la caza.
La caza de la becada presenta gran cantidad de matices que la hacen muy especial dentro del contexto de la caza menor. La escasa duración de la temporada de becadas, circunscrita a las fechas más frías del año, así como el carácter migratorio y, por tanto, variable de la abundancia de la especie en nuestros cazaderos de un año a otro, tal vez sean las características que, por su constancia, mejor definen la coyuntura en la que se desarrolla de este tipo de caza.
Durante los últimos años se ha podido apreciar un aumento considerable de la presencia en los medios periodísticos especializados de multitud de artículos, tanto acerca de las becadas como de todo lo que las rodea, es decir, perros, escopetas, collares localizadores, cazaderos, etc. Sin duda, todo ello es reflejo del interés creciente que por esta modalidad está produciéndose en nuestro país en los últimos años.
Algunos de los motivos puede ser carácter exclusivamente salvaje de las becadas, pues es de las pocas modalidades en las que la ausencia de animales de granja está asegurada al cien por cien, o del aprecio a una pieza con fama de difícil de cazar y que da cierto prestigio de buen cazador y tirador a quien la consigue.
Una modalidad con muchos tópicos. A partir de aquí, los tópicos que rodean esta actividad tan particular han proyectado una imagen que en muchos casos se aleja de la realidad.
Ni su caza ni el tiro sobre la pieza son más difíciles que en otras modalidades, pero dentro de un contexto en el que las piezas son menos abundantes, lógicamente tanto cazador como perro tardan más en tener la experiencia suficiente como para abordarla con garantías.
Pero, aparte de esto, es una modalidad como otra cualquiera. Hay que buscar buenos sitios, en buenas épocas, para con un poco de pierna y pulmón, desarrollar la caza bajo patrones generales: no hacer ruido, conocer algo el cazadero, tener un perro cuando menos obediente y con afición, y poco más. Otra cosa es ser –o creerse– el mejor cazador de tu pueblo, coto o en algún campeonato, pero ésas son otras cuestiones que generalmente tienen poco que ver con la caza como actividad cinegética.
A través del relato de algunos lances de caza, entramos ahora en el análisis de algunas de las características de la biología y el comportamiento de las becadas, para a través de situaciones reales que caen en el terreno de la anécdota muchas veces, intentar aclarar algunos de los topicazos que rodean a las becadas.
Los collares electrónicos. En una revista sobre caza de finales de los años 50 tuve la oportunidad de leer una historia que relataba un cazador de becadas sobre su perro.
El día de caza transcurría con total normalidad en un cazadero de las montañas de Cantabria cuando a mediodía dos amigos cazadores y compañeros en la salida se sientan a descansar y a comer el bocadillo. Una vez sentados y tomando buena cuenta de las viandas, el perro que llevaban, un setter, desaparece de su vista. El dueño comenta que ese perro tiene mucha sangre cazadora y casi no admite descanso.
Una vez terminada la comida, tras casi cincuenta minutos, los cazadores se temen lo peor, es decir, que el perro se haya ido cazando, que haya encontrado rastros de becadas o incluso se haya puesto de muestra, pues el perro no aparece, algo extraño porque, según su dueño, es muy obediente. El amigo propone llamar a viva voz al can, lo cual hace el propietario durante otro rato más, sin éxito alguno.
Como en el momento que lo perdieron de vista no se fijaron si tiró al norte o a sur, no tiene claro por dónde echar a caminar para intenta verlo o conseguir oír su campana. Y sigue pasando el tiempo.
Por fin, deciden tirar a media ladera hacia el poniente, pues coincide con el camino de regreso al coche. Nada más comenzar a caminar, a escasos veinte metros de donde han tenido la comida, sobremesa y concierto de silbidos y voces, se encuentran al perro echado de barriga en el suelo, probablemente aburrido y cansado de estar en muestra a cuatro patas, esperando por su dueño con una becada delante de las narices. Más de una hora esperando al perro y lo tenían puesto a su lado. Sin duda, con lo zurradas que están hoy las becadas en nuestros montes, sería difícil que se repitiese una situación así.
Por lances parecidos a éstos es por lo que se han desarrollado los collares electrónicos, en ocasiones casi insustituibles en cazaderos espesos y con perros modernos de andadura larga, que entran en muestra a distancias impensables para los cazadores de la época en que ocurrió esta historia.
Una becada revolada. Cuando mi perra era joven la he visto subir por terraplenes con muchísimo desnivel, clavándose a la pared con las uñas de las cuatro patas, tal cual lo haría un gato o cualquier animal escalador, todo con tal de no dar un rodeo para alcanzar el lugar en el que suponía se encontraba una becada.
Esto me ocurrió un par de veces en lances con becadas trasteadas. Pasado el tiempo –el can tiene ahora diez años–, un domingo en un cazadero bastante abrupto, nos ocurrió algo que resultó muy curioso. Tras localizar una becada en un bosque de roble viejo, completamente invadido de brezo, una becada se nos voló sin opción de dispararla. Por la trayectoria, parecía que claramente escapó a la ladera de enfrente. Esta era un pendiente muy fuerte llena de hayas, con mucha maleza en su parte más baja, por la que discurría un arroyo con bastante agua.
Así pues, sin pensarlo más, nos fuimos a por ella. Primero laderón abajo, hasta el río. Mientras yo buscaba por dónde cruzarlo con un mínimo de dignidad