Hemeroteca :: 01/01/2008
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Relatos

Crónica de una simpática jornada conejera que pudo ser trágica

Francisco Rodrïguez Dávila

Última actualización 17/10/2008@17:38:44 GMT+1
Crónica de una jornada conejera a orillas del Tajo en la que los perros tuvieron que ser rescatados a brazo tendido, instantes que fueron grabados en video y del que reproducimos algunos fotogramas.
Sacaron los perros un conejo que no rompía para fuera del fuscal, y venga a capear para arriba y para abajo: jai, jai, jai... Nada. López, que estaba delante, cortando, me dice a voces: ¡anima a los perros, coño! No faltó más, al conejo lo acosaron y se tiraría al agua o se dejó caer a un barranco de unos dos o tres metros. Allá se tiró la “Fina” y detrás dos cachorras, una blanquita, “la Gordi”, y la “Arcabucera”, de Moriche. Al rato me dice: – Paco, la perra no viene, algo pasa... Efectivamente, nos asomamos con no poco trabajo a la orilla y allí estaban en la barranca, la maestra con el conejo en la boca, las cachorras al lado tiritando y llenas de barro. El asunto era grave pues el río presentaba una gran crecida y era necesario bajar a socorrer a nuestros perros. Acordamos que se agarrara Moriche a mis pies, yo tumbado en el suelo, y a la vez a mí me sujetaba José. Así lo hicimos, se dejó caer a la orilla, cedió la tierra, y por poco no va al agua, pero enganchó a su perra y la sacó. Las mías, como no le conocían mucho, en vez de venir a él, huían. ¡Qué hacemos! Y yo decía: – ¡Anselmo, por tus mulas, graba esto! Decidimos coger a mi hijo José Vicente, dejándolo caer por el barranco, cogido cada uno de un pie, y así sacar para arriba al niño y a los perros. Al niño le pareció fenomenal, y allá que fue, cogió a la “Gordi” y para arriba; después a la “Fina” por el collar y a mitad del camino, por la presión, soltó el conejo. Todo esto lo grabó Anselmo y esperó que algún día lo podamos ver en la televisión y disfrutar de esta anécdota que nos ocurrió. Luego se pinchó una rueda del remolque, y entre unas cosas y otras llegamos de la Aceca a la Meca a la una de la madrugada. Desde las cuatro de la mañana del día anterior en que comenzó este día de caza, nos estuvo mal la peonada. A orillas del Tajo. Este lance, tan emocionante como peligroso, tuvo lugar el pasado otoño cuando José Cuesta, de Cacerías Cuesta-Toledano, me invitó a la finca de su familia en el término de Villaseca de la Sagra (Toledo). En ésta se encuentra un castillo medieval, Castillo de la Aceca, residencia que fue de Doña Berenguela. Desde la Meca de Quintana, en Badajoz, partía yo con mi hijo José Vicente. En Don Benito, término también de Badajoz, cambiamos el remolque al coche de J.A. López Montero, y en Trujillo, ya provincia de Cáceres, recogimos al señor Moriche y sus podencos los metimos en el remolque. Y camino de la Aceca, en Talavera de la Reina (Toledo), nos esperaba Anselmo, que con su cámara hace grabaciones para el Canal Caza y Pesca y que nos acompañaría para compartir el día y grabar a los perros. La finca está enclavada en la ribera del Tajo, excelente de conejos y labor. Por la niebla empezamos a cazar cerca a las once de la mañana en un arroyo de tamujos y zarzas. Los podencos echaban bastantes conejos, pero se encerraban enseguida, pues era todo un puro vivar. Me causaron una fuerte y grata impresión los barrancos y acantilados que los siglos han erosionado en esa parte de la finca, y en algunos momentos me pareció estar cazando en el Gran Cañón de Colorado. Siguiendo el arroyo llegamos a unos juncales y carrizos, los más espesos y grandes que he visto en mi vida. Allí hubo varias ladras, muy largas, con pérdidas y rehalles. Yo fallé un conejo en el que me estorbó “El Piloto”. De todas formas le mandé un par de soplillazos que no dieron resultado. Moriche mató varios y López le sacudió tres pipazos a un bando de palomos zuritos que si los coge más cerca no podemos con ellos. En un cerro próximo me salieron varios, y en una asomá se arrancaron dos que los tiré a tierra uno con cada caño y que me arrimaron la “Clarita” y la “Fina”. Un lance muy bonito que no pudo grabarse pues Anselmo estaba por otro lado, y yo llamándolo para que al menos tomase a las perras que venían tras de mí con los palomos en la boca. Pasado bastante tiempo les tomé las piezas. Un poco más adelante, en presencia de José Cuesta y mi hijo, maté un par de conejos en un ribazo, uno de ellos al “Alibabá”, que le hizo una faena excelente, pues era un macho viejo que lo perdió y la rehalló varias veces. ¡Si no llegan a estar encerrados allí cargo un burro yo solo! Conejos miles, un serio problema para la agricultura de esta parte de la finca que es todo una boca o agujero, y había tacos de cartuchos para cargar un camión. En un metro cuadrado podría haber veinte o treinta tacos. ¡Las escabechinas que no se harán en el cerrito! Y a pesar de ello, más conejos que moscas. De allí partimos a la preciosa y cuidada casa-cortijo en la misma orilla del río, que desde la terraza donde estuvimos comiendo se pueden tirar los tiros que quieras al paso de aves. Nos acompañó el padre de José, un señor mayor muy simpático y cariñoso que no quiso probar el chorizo de oveja que llevé de mi tierra, aunque sí le gustaron mucho las aceitunas aliñadas por Moriche, el licor de moras de zarzas que fabrica, aunque también hace uno de higos chumbos que se la levantan a un tieso.
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