Hemeroteca :: 01/01/2008
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Opinión

Ignacio SuÁrez-Zuloaga Gáldiz Dibujos: Barca

Última actualización 17/10/2008@17:42:54 GMT+1
Sé que muchas de las críticas acerca de nuestra insensibilidad, vanidad y desprecio por otros seres vivos son ciertas; y los que actúan así se las merecen, porque yo también pienso que son unos bárbaros...
No concibo la caza como un sistema de experimentar emociones fuertes a base de muertes ni como un concurso de vanidades.
Frecuentemente pueden leerse –en ésta y en otras publicaciones especializadas– textos en defensa de la caza, denunciando la creciente animadversión social y mediática en su contra. Pero más raros resultan los artículos de autocrítica, en los que se profundice sobre las posibles causas de un desprestigio que crece, tanto en España como en el extranjero. Lo cierto es que, cada vez con mayor frecuencia, vengo escuchando también a otros cazadores comentarios y anécdotas referidos a la degradación que viene padeciendo el espíritu y el estilo de nuestra afición, especialmente las monterías. Además, observo cómo algunos de los monteros a quienes más aprecio restringen el ámbito de sus correrías cinegéticas o “cuelgan el rifle” antes del momento en que la edad y el estado físico lo aconsejan. A continuación voy a abordar algunas de las cuestiones que, como cazador apasionado, me generan más vergüenza ajena, e incluso cierta preocupación, por lo que para mí es algo más que una afición: un modo de vida que he heredado de mis antepasados y estoy intentando transmitir a mis hijos. Es posible que yo haya tenido especial mala suerte o que, por el contrario, usted –cazador que lee y se preocupa también por estas cuestiones– comparta alguna de mis experiencias y juicios. Buena será, en todo caso, la polémica si todos nos enriquecemos con la experiencia. Coleccionistas de cráneos. En primer lugar me sorprende la proliferación extraordinaria de los que yo denomino “coleccionistas de cráneos”. Personajes que se caracterizan por una desaforada ansia de rellenar en unos meses las paredes de sus nuevas –y muy grandes, por lo que cuentan– casas. Unos tiradores mucho más preocupados por las dimensiones de los cuernos que por las circunstancias del lance que el trofeo debería de contribuir a rememorar. Así, cuando a menudo a alguno de aquéllos les he preguntado acerca de los detalles del trofeo, me he encontrado con que no hay respuesta o que ésta es sospechosamente escueta o inconcreta. Posiblemente porque el interés de dichos lances no iba más allá del que pudiera albergar el dedo índice del guarda que le estaba señalando hacia dónde debía disparar. Ironía aparte, mayor es mi preocupación por la pasividad –cuando no abierta complicidad– de algunos organizadores de monterías ante los incumplimientos graves de la normativa cinegética. Muy especialmente, aquellos que se refieren a temas de seguridad. Tengo muy vivos en la memoria los comportamientos irresponsables de varios capitanes de montería ante los temerarios actos de algunos de sus clientes “importantes”: frenar la interposición de denuncias, evitar la discusión abierta de incidentes gravísimos, mantener en las sociedades y cuadrillas a personas que no deberían disparar armas de fuego, e incluso tratar de amedrentar a quien protesta. Además de no darse por enterados o disculpar hechos que podrían haber causado la herida o muerte de alguna persona, reaccionan con descalificaciones como “chivato” o “conflictivo”. Mucho mercantilismo. Otra fuente de desprestigio viene originada por el excesivo comercialismo de la caza actual, en la que hay una abundante “sobreventa” de las expectativas de las cacerías (estimaciones de reses que multiplican lo razonable). Dada la reiteración y extensión de esa costumbre, cada vez es más habitual encontrarse con “cazadores” frustrados que optan por disparar a todo aquello que se mueve. Una forma un tanto absurda de justificar el día invertido y el dinero pagado. Pero bueno… ellos argumentan: “yo pago, yo disparo”. Un planteamiento que implica la degradación de este deporte y la banalización de la vida de una pieza que no está previsto que sea abatida porque ha nacido hace pocos meses. Así, son muchos los que actúan como émulos de los tiradores de barraca de feria, para los que acertar en el disparo –con el fin de presumir ante los amigos o la novia– es el objetivo principal: “no vaya a quedar mal…”, deben de pensar. Los “faroleros”. Finalmente, y para no extenderme en exceso, quiero señalar otra percepción que me parece muy sintomática del estilo imperante en nuestra caza. Se trata de la admiración –más o menos explícita– que bastantes tienen hacia quienes son considerados como los más reputados “faroleros”, la peor ralea dentro del furtivismo. Se suelen contar y repetir las hazañas nocturnas de esa gente como si de grandes aventuras se trataran, aunque siempre con la coletilla de: “pero ya hace muchos años que lo dejó… ha cambiado…”. Pues yo no me lo creo. Porque hay rasgos de la personalidad que no cambian, sino que se acentúan con el tiempo; lo que aumenta es la habilidad para ocultar y negar. Quien es insensible, tramposo y mentiroso con veinte años lo es toda la vida. Y quien se acostumbra a masacrar corzos de noche, por decenas y desde el coche, acaba por interiorizar tan escasa valoración hacia sus piezas que resulta imposible que vuelva a ser un cazador normal. Para muchos cazadores, la ausencia de esa sensación de orgullo que se genera por el esfuerzo y el ingenio a la hora de ganarle la partida a la res, se suple con dos tipos de reacciones. En algunos casos, el sustituir la belleza de un lance por el hecho de acertar en un disparo –como en el tiro–. En otros, valorar las emociones –tan fulminantes en el acto como duraderas en la memoria cuando son auténticas– en términos cuantitativos: número de trofeos y/o tamaño de los mismos. En mi opinión, la caza y el juego, dos divertimentos cargados de emoción y sorpresa, ponen de relieve el auténtico “yo” de cada individuo. Porque se consigue disimular durante poco tiempo cuando se es insolidario, maleducado o tramposo. El que es problemático en el monte lo suele ser también en el mus y en el póker; especialmente con una copa de más.
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