La emoción de los 15 cazadores que, venidos de distintas comunidades autónomas, iban a participar en el ojeo de perdices que nuestra revista sorteó entre sus lectores. En verdad se sortearon ocho puestos, pero todos los agraciados se trajeron a su mejor amigo para compartirlo. No se podía doblar, pero como se daban cinco ojeos, se fueron turnando.
Los cazadores agraciados en el sorteo fueron: Carlos Lobato, de Madrid; Alberto Barrera, de Castellón; Jorge Alfonso Izaguirre, de Bilbao; Francisco Galián, de Murcia; Manuel Guirao, de Barcelona; Ricardo Martínez, de Cuenca; José Mª de Castro, de Zamora, y Gabriel López, de Valencia. La mayoría de los asistentes eran cazadores de menor, y casi ninguno había asistido a un ojeo de perdices de envergadura, con cargador y secretario, y para colmo organizada por una de las empresas más prestigiosas y especializadas del país: Diana Campo. Después del sorteo de puestos, Carlos Rua, su gerente, dio algunos consejos a los cazadores sobre cómo había que colocarse en los puestos, cómo comportarse ante las barras de perdices, normas de seguridad, etc. Tras un suculento desayuno, todos nos desplazamos hacia una zona de La Encinilla, esta preciosa finca del término de Valdelaguna, a 41 kilómetros de Madrid dirección Valencia, en la que Diana Campo lleva muchos años organizando ojeos y cacerías en mano. Cada pareja de cazadores tenía asignada un cargador y un secretario, encargados de llevar escopetas, cartuchos y pantallas, de cargar las escopetas y de cobrar las perdices. Y comenzó el primer ojeo. No hubo una entrada apabullante de perdices, pero suficiente para que todos los cazadores se quedaran asombrados. Pero la cacería no había hecho más que comenzar y ese asombro fue en aumento a medida que se celebraban los ojeos y las barras de perdices dejaban el suelo de los puestos sembrados de cartuchos vacíos. Casi todos los participantes se sinceraban diciendo que no se imaginaban que iban a tirar, y sobre todo a ver, tantas perdices. No era un ojeo de perdices salvajes, pero la mayoría de las aves llevaban muchas semanas en el campo –la mayor parte se echa en agosto y septiembre–, habían tenido que volar bastantes veces, se habían fortalecido y tenían comida en abundancia. Todo esto, unido a la quebrada orografía de la finca, hacía que las perdices se descolgaran a velocidades de vértigo y esquivaran mayoritariamente las cargas que perdigones que les mandaban desde los puestos. Algunos cazadores se desquiciaban ante tal cantidad de perdices sobrevolando su puesto y terminaban bloqueados y disparando al bulto, sin apuntar, a pesar de los consejos que había dado Carlos Rua al inicio de la cacería. Pero una cosa es aconsejar en frío y otra ver que cincuenta perdices pasar juntas por tu puesto... Tras los dos primeros ojeos todos volvimos a las magníficas instalaciones de la finca para tomar un taco, reporner fuerzas, y volver “al trabajo”. Quedaban tres ojeos por delante, siendo los dos siguientes los más espectaculares del día. Los puestos se colocaron en una amplia cañada arropada a un lado y otro por dos altísimas laderas. Y empezó la fiesta. Las escopetas al rojo vivo; los cargadores no daban a basto a descargar y volver a meter nuevos cartuchos. Largas y rítmicas tracas salían de los puestos en honor de las perdices. Más de un puesto terminó con más de cuatro cajas de cartuchos y las perchas, sin embargo, debido a la altura y velocidad de las perdices, se quedaban por debajo de lo esperado. Al término de cada ojeo llegaba el momento de cobrar las perdices. Primero por los secretarios y cargadores y luego por el mangífico equipo canino, todos labradores, de Diana Campo Retrievers, la otra especialidad de la casa. Diana Campo Retriever está especializada en la cría y selección de labradores, tanto línea de belleza como de trabajo. De esta faceta se ocupa fundamentalmente Miguel Ángel Refoyo, un fanático de la raza que no para de buscar los mejores reproductores, sobre todo fuera de España, acudiendo también a certámenes nacionales e internacionales y teniendo ya en su haber un gran número de premios. Tras el cuarto ojeo el número de perdices se acercaba peligrosamente a las 700, pero aún quedaba una quinta oportunidad que terminó por rematar una espléndida jornada de caza en la que el ambiente fue inmejorable. Al final, más de 700 perdices, hombros doloridos y plena satisfacción entre los agraciados. Gracias a todos, a nuestros lectores y a Diana Campo por su profesionalidad y buen hacer.
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