Perros de caza
¿Es tan importante el pedigrí?
Última actualización 07/02/2008@14:39:45 GMT+1
El pedigrí es el documento que expone de manera oficial la raza y los orígenes del perro al que hace referencia. A través de él obtenemos una información sobre ese animal que hay que saber interpretar. Pero ni el más codiciado de los pedigrís garantiza a priori la calidad de ese perro en el campo.
Podemos encontrar pedigrís de perros cuyas raíces se pierden en el siglo XVIII, como el del black and terrier “John A. Cowen Asak’s Him”, nacido en 1874 y del que, gracias a este documento oficial, hoy podemos saber que tras él tenía 17 generaciones de antepasados sobresalientes en el trabajo, todas ellas referenciadas en su pedigrí.
Son muchos los cazadores y adiestradores caninos que atribuyen a la genética del perro al menos el cincuenta por ciento de la capacidad que ese ejemplar puede llegar a desarrollar en el campo. La otra mitad se obtendría de la suma de varios factores externos, como el adiestramiento, la experiencia, la manera de tratar a ese perro tanto en el campo como fuera de él... En este sentido, si en nuestro perro falla ese cincuenta por ciento que sus antepasados legan a través de su sangre, de su ADN, ese perro tiene muchas posibilidades de rendir muy poco en el campo. En este sentido, es posible conocer la calidad como competidores y como reproductores de los perros que han contribuido al afijo que nos interesa.
Lo que nos dice el pedigrí. El pedigrí es el documento que certifica la genealogía del ejemplar, es decir, sus antepasados conocidos y su inscripción en un libro de orígenes o en un registro de raza. Pedigrí se traduce literalmente por "árbol genealógico". Ese árbol genealógico especifica el nombre y la raza de los antepasados del perro al que se refiere, pero en un primer momento, en los primeros pedigrís, esas razas no tenían por qué coincidir. Con el paso del tiempo y con el asentamiento de los criterios de cría caninos comenzó a identificarse el pedigrí con la pureza racial.
Sin embargo, nada asegura que un perro, sólo por el hecho de tener pedigrí, sea mejor cazador que otro que no lo tenga. Lo que encontramos en este documento son los datos del animal y los nombres de sus antepasados, su número de inscripción en el registro correspondiente y el nombre del criador o del propietario. El documento en sí mismo no aporta mayor valor. A lo que debe otorgársele una verdadera relevancia es al contenido de ese pedigrí. Los orígenes cazadores, los antepasados que puedan acreditar su valía en el campo, los cruces acertados, los reproductores de los que se haya constatado que trasmiten las mejores cualidades a su descendencia, los índices de éxito en la calidad de las camadas... Pero todo esto lo podemos encontrar en muy pocos pedigrís.
Pureza racial. Llegados a este punto, conviene desmitificar aquello de que un perro con pedigrí tiene más valor que uno que no lo tenga. No me refiero aquí al valor económico, puesto que en el mercado un perro “con papeles” se cotiza mucho más que otro de la misma raza pero sin ascendencia registrada, a pesar de que la tramitación del pedigrí no supone un desembolso que supere los 45 euros. Hablamos del valor como compañero de caza.
Entonces, si el pedigrí no garantiza que un perro cazará bien, ¿existe algo que sí lo haga? La respuesta es más compleja de lo que en principio pueda parecer. Comencemos por analizar un posible sí. Sin salir de ese pedigrí, sabemos que éste asegura que el perro que hemos adquirido es un perro, una raza de caza, que ninguna otra raza canina ajena al mundo de la cinegética –o incluso de caza pero de otro tipo– se ha visto involucrada en el equipaje genético que ese perro porta. Si se trata de un pointer con pedigrí, estaremos seguros de que ese perro no tendrá genes de podenco, de alaskan malamute o de sabueso de Baviera. Por ello, podemos encuadrar al perro en un estándar morfológico y de trabajo concreto.
Sin embargo, otra pregunta entra en escena: ¿un perro de pura raza garantiza su calidad en el campo? Pensemos que dentro de la homogeneidad que presenten todos los perros de una camada, los individuos serán diferentes, tanto en carácter como en calidad, pero todos ellos tendrán el mismo pedigrí.
Un cambio en las costumbres. El interés que el aficionado siente por los perros de raza va en claro aumento, y esto es muy positivo en muchos sentidos, pero también acarrea su parte perjudicial. Ante una demanda creciente, la oferta se adapta de todas las maneras posibles. Es decir, si antes nos conformábamos con un cachorro que nos regalaba un vecino del pueblo cuya perra de caza había sido cubierta por vete tú a saber qué perro, o nos habíamos emocionado ante la posibilidad de adquirir un perro hijo de dos grandes cazadores sin importarnos la mezcolanza racial servida en el cruce. Ahora el cazador se decanta por un perro que le ofrezca la máxima seguridad sobre cómo va a cazar. Las incógnitas sobre si el perro cobrará, mostrará, se alejará mucho o poco, etcétera, se han visto reducidas con la información que existe hoy sobre las diferentes razas.
Cuando adquirimos un perro de caza buscamos su mayor garantía en el campo. A la hora de elegir entre un perro “con papeles” y otro que no sabe de qué color era su abuelo, las opciones se presentan bastante claras. Nos equivocaremos en menor medida si buscamos ejemplares que tengan tras de sí una línea de sangre con una gran tradición de pureza racial dedicada a la caza porque llevarán a sus espaldas muchos años de selección, de descartes de ejemplares que no se incluyen en los planes de cría por defectos en la morfología o porque no llegan al ideal que ese criador busca en la caza. Esto, al menos, sobre el papel y teniendo en mente a criadores responsables que trabajan por el bien de la raza y no por el de su cuenta corriente.
En el lado opuesto, los perros “sin papeles” simplemente se crían, no se efectúan seguimientos de esos perros ni de sus antepasados por la sencilla razón de que en la mayoría de las ocasiones no se conocen, ni siquiera se pueden aventurar. Los rasgos raciales se diluyen y, con ellos, los trazos que caracterizan cada estilo de caza en función de la raza. Aptitudes naturales como la muestra, el cobro, la búsqueda o la pasión pierden el nivel de garantía –mayor o menor– que ofrece un perro de una raza determinada y de líneas cazadoras. Esto no quiere decir que un setter inglés sin pedigrí vaya a cazar peor que uno con pedigrí. Eso nunca podrá ser demostrado, por mucho que un cazador que lleva toda la vida criando buenos setters cazadores lo discuta con el criador de la mejor línea de mostradores ingleses.
El LOE y otros registros de raza. Para tramitar un pedigrí, la Real Sociedad Canina de España exige que cuando se produzca el nacimiento de una camada, para su inscripción se cumplimenten dos impresos: la hoja de notificación de nacimiento de la camada, que es preciso presentarla en un plazo máximo de treinta días desde que se produce dicho nacimiento, y la hoja de solicitud de inscripción de la camada, cuyo plazo de presentación es de seis meses contados igualmente desde el nacimiento.
Cuando se inscribe la camada, se designa un número de registro a cada cachorro y se entrega al criador, que es el propietario de la hembra, un justificante de dicha inscripción y de los números de los cachorros de los que es también el propietario.
Por otra parte, el Libro de Orígenes Español es el único registro que reconoce la Federación Cinológica Internacional. Este libro lleva recogiendo a los perros de pura raza españoles desde 1911. Este registro tiene como finalidad llevar de manera oficial los ejemplares que pueden probar un mínimo de tres generaciones –hasta los bisabuelos– de pura raza.
Pero existe otro proceder por el cual la Real Sociedad Canina Española puede reconocer la pureza racial de un perro que no puede demostrar que sus antepasados cumplen esa premisa: el Registro de Razas Caninas. Este reconocimiento garantiza únicamente la raza del animal, no su genealogía, y además tan sólo tiene carácter nacional, por lo que un perro inscrito en él no será contemplado fuera de España.