Arte y Cultura
Concurso de relatos
Javier Egea Torre
Última actualización 21/04/2008@16:08:22 GMT+1
Cabeza. Un aullido bajaba, como un escalofrío, de los riscos de la frontera umbría a los breñales del sopié. A su lado, los perros, con los hocicos rosados de sangre, miraban insistentemente en esa dirección. El hombre alargó una mano para rascarles el entrecejo. Los lobos andarían en calor, o acaso sintieran mudanza en el tiempo. Cuando hacían de las suyas metían poco ruido. Después se llegó al guarro, sacó la navajilla y, a horcajadas sobre el animal, tiró con pulso firme una línea de la papada al arranque de los jamones. El jabalí tenía las cuatro patas abiertas y al sacarle el vientre pareció deshincharse, al tiempo que el vaho de los intestinos despedía en torno un penetrante hedor.
Según lo aviaba, Cándido, el Ligero, pensó en la piara. Era un cochino viejo, seco, de carnes magras, lo más opuesto a un marranchón o a las tiernas arrobas de una guarra, pero la piara se había soplado y no servía querer y a la Escolástica, en cualquier caso, no iba a faltarle matanza hogaño.
Sobre el labio superior le asomaban las defensas. Un punteado negro, sanguinolento, dos dedos arriba de la paletilla, mostraba el impacto de las postas. Cándido tendió la vista hacia la distante solana de las Quinterías, dorada del último sol. “¡Si lo acierta a enganchar el señorito!”. Desde hace tiempo no le dejaba ni a sol ni a sombra. “Tú, ponme un macho a tiro –decía–, que vas a tener matanza los años que yo viva”.
El hombre evocaba entonces sus tiempos de muchacho, cuando salía a la dehesa con la piara de negros cerdos lampiños, y comía las mismas bellotas que los guarros, buscando las más dulces donde la tierra removida al pie de los carrascos. Recordaba en su casa la ristra de rojos chorizos del humero, que madre guardaba celosamente para cuando padre volvía del campo, y la vez primera que probó lo colorado: cuando partió con Manolo, el Perdigón, la guarra que mataron en el “Valle del Rosal”, la primera de su vida, una noche de Reyes de antes de la guerra. Mas don Fulgencio, el señorito, insistía: “Las matanzas y un puesto para las colmenas, ¿qué te parece?”. Cándido parpadeaba. Una suerte de vaga calentura le ardía en las mejillas. Después levantó su vaso, cerró el trato y salió a la calle hecho unas pascuas. Empero, el aire de la noche le hizo volver en sí. A fin de cuentas, con el guarro había que dar, que no había tantos, y luego de dar asegurarse y aun después ancha era la sierra y muchos los collados y callejones, que se pensaba el señorito que un guarro solitario iba a entrarle a él porque sí, por su bella gracia, como una guarra o un rayón desconcertado. Mas don Fulgencio porfiaba: “Tú, mete al perro, y con el Tacones y un puesto escogido enseguida se escapa”. Y se entretenía liando un cigarrillo y si acaso Cándido, por asegurarse, apuntaba: “Luego hay que acertarle, don Fulgencio”. El señorito le miraba compasivo, y poniéndole una mano en el hombro, con mucho aplomo replicaba: “Ni el trueno va a sentir. Tú, déjamelo”.
Ahora, Cándido, junto a la rama de un pino, según colgaba el guarro para que escurriese, pensaba qué otra como aquella con trabajo se iba a presentar. El animal había entrado a treinta pasos, sin perros detrás: el propio para soltarle un zambombazo y dejarlo frito allí mismo. ¡No eran tunos! Hasta tres veces despistó al mismísimo Tacones. Y luego el señorito que si por lo limpio o si por los sucio… El hombre meneó de un lado a otro la cabeza. Escurrido de atrás, cano, los colmillos reventando al extremo de la poderosa trompa… ¡Con otro iban a dar!
Mañana de niebla. Habían salido una mañana de niebla, por las callejas del pueblo, cinco escopetas, dos perros y una recua de mulas. Abocaban a un mundo fantasmal, los cascos de las caballerías resonando en el último empedrado, junto a los verdinosos muros del convento. Días atrás, él mismo trajo la noticia. Una piara había entrado en la solana del Azuche. Andaba a las últimas bellotillas de una corta montanera y la rondaba un macho regular. Pero era el tiempo de las matanzas y a las urgencias del hombre –”Mire usted don Fulgencio que la caza es la ocasión, y lo que hoy está aquí mañana sepa Dios” –, el señorito, tras una nube de humo, replicaba: “Tiempo habrá, Cándido. Antes son los de casa que los del monte”.
Por entonces un áspero viento solano había barrido las nubes. Los campos amanecían con un envaramiento glacial. Todo el día, en las laderas encaradas al norte, perduraban extensas manchas albas, y las noches eran calladas y alumbraban mucho los luceros. Pisaban un suelo endurecido, de quebradizos charcos. El señorito a lomos de una caballería, los otros a pie, con las bestias del ramal. La niebla creaba un mundo de vagarosos espectros, un teatro insólito al que la evanescencia de las formas y la distorsión de las perspectivas habituales conferían una irrealidad de ensueño. Todavía, cuando una hora después cruzaban el río por el vado de los Chiqueros, las tamujas surgían del aire empañado, opaco, pero en cuanto ganaron altura se encontraron con un día espléndido: la niebla recogiéndose en los barrancos y una luz tan viva, sutil y transparente que se contaban los cantos de las pedrizas.
Al pie del huerto del señorito, en la misma garganta de Valdihuelo, puso Cándido la cencerrilla a los perros. Y dijo: “Tú, Isabelo, y tú, Adelardo: a los collados del Azuche. A ver si les liáramos hoy el trompo a éstos”. Después improvisó una lumbre, silbó a la collera y con los perros precediéndole se perdió por el encinar camino de la majada.
Era un hermoso día. El pasto, humedecido por la niebla, rebrillaba con el sol de invierno y únicamente en torno al tronco de los chaparros aparecían rodales de removida tierra. El hombre examinó un terroncillo por la sobrehaz. Al cabo, tras observar algunas muescas y el agua intacta en la baña del cañaveral, se enderezó lentamente y miró malhumorado en torno. A dos pasos, Reyes, el pastor, lo contemplaba impertérrito. Las pistas eran añejas, pero la fatalidad constituía para el pastor la sustancia misma de la vida, conque permaneció fumando impasible mientras el otro porfiaba que a la hora de soplarse una cosa era una piara y otra un macho con arrobas. Entonces se tomó su tiempo, expelió con deleite el humo del cigarro y dijo sentenciosamente: “En no habiendo bellotas, no sirve querer”.
El Tacones daba de parado. Fuera como fuese, lo cierto es que en la primera hoya de la solana se sintió al Tacones dar de parado. Cándido había enviado al señorito a la “Peña del Espinazo”, en la vecina umbría de Merinero, y a Blas al “Balconcillo”, un risco voladizo donde la sierra se pliega para mirar nuevamente al sur, y les había advertido: “Digo que, ojito con ir cascando, no vaya a estar el guarro encamado arriba y a la sordina, a la sordina, se nos escurra antes de estar puestos”. Pero cuando con los nerviosos perros coronaba por la silleta, aun sentía, hacia el risco, relatar a don Fulgencio: “¡No son galgos, esos …!”
Ya metido en faena, el Ligero buscaba las trochas de las cabras, las veredillas de los corcheros, mas a veces el monte se cerraba y tenía que avanzar abriéndose paso con los brazos y con las delanteras, e incluso salvar algunos trechos gateando entre la espesura. La ladra, sin embargo, no seguía una línea de franco progreso, y tan pronto se fijaba en un punto como se la sentía retroceder, subir o bajar, trazar eses y ángulos, viva o amortiguada según la posición del Ligero o el sentido del viento, el latido del Terrible delante, la voz seca, grave del Tacones reabriendo infalible la marcha tras los paréntesis de desorientación y silencio, que: “¡Reyeees, súbete un poco y coge por lo que dice el monte viejo, no se nos vuelva el guarro para atrás!”. Y enseguida, caliente y apurado desde lo alto de un risco: “¡Hala con él, Taconcillos! ¡¡Hale machooo…!!”. Y la ladra tornaba a crecer, solapándose graves y agudos, trazando quebradas líneas en la foscura del monte, hasta que, al doblar los perros para la umbría, cesó bruscamente la algazara, siquiera pudo escucharse, de allí a un rato y amortiguado por la distancia, el estampido de un disparo.
Para entonces ya llevaban los abantos un tiempo sobrevolando aquellos parajes, y con la detonación Cándido los vio ganar altura, solemnes en el azul. A veces, cuando no había movimiento, acaso se descubrían en lo alto de algún risco, altivos e inmóviles, como acuñados en el aire, o se mostraban, en grave reunión, contemplando el declinar de la tarde desde algún alcornoque a media sierra, pero en las más de las ocasiones aparecían muy altos en el cielo, describiendo lentos círculos o dejándose llevar, majestuosos, por las corrientes de aire. Eran, en cualquier caso, espectadores puntuales de toda zarabanda serrana, sin que pudiera precisarse de dónde salían o a dónde marchaban, surgidos y desaparecidos siempre como por encanto, tan familiares, tan engastados en el paisaje como las sierras o el encinar.
Habían acordado juntarse en el “Risco de Valdihuelo”, el cimero de la umbría, sobre la misma “Peña del Espinazo”, y ya desde lejos sintió Cándido la voz de don Fulgencio: “¡Venía flojo, el macho!”. Al abrigaño del risco porfiaba: “Sí me iba a tumbar, sí. Medio por el pico de lo sucio que ha pasado. ¡No tienen maestría!”. El señorito señaló un punto del monte: “Justo detrás de mí lo sujetaron los perros pero luego apretó para delante y eso es que revocaba el aire y el guarro se ha orientado”.
La lumbre, al pie del grupo, restallaba con la leña verde y menuda, y la llama se levantaba y ondulaba como una cosa viva. De la hoya de la Buena Majada, en la frontera solana, llegaba, intermitente, el tableteo de la ladra. Cándido se impacientó: “Ahora no hay más que cortar por el “Morro del Patatal”, del “Aguaraor” para arriba”, dijo. Pero el grupo se había sentado a merendar. Desde donde estaban, el “Morro del Patatal” tardarían, por lo bajo, dos horas en rodearlo, y para entonces sepa Dios dónde andaría el cochino. Aún porfió el Ligero: “En la “hoya de la Perdiz” hay un aulagar espeso, y estando esos “Aguaraores” de pinos, con trabajo si no se acula ahí el guarro”. Después, sintiendo progresar la ladra, dijo: “Mandadle razón a la Escolástica, que no me espere esta noche”. Y de un salto desapareció en la umbría.
El “Quinto de Merinero”, recién descuajado, presentaba unas llanas afables punteadas por diminutos chaparros, y quedaba cerrado, del lado de saliente, por una suave solanilla, y de la parte de poniente por la umbría de marras. Formaban ambas a modo de una gran V, con vértice en la hoya del Balconcillo, y como la umbría, del otro extremo, se acodaba para dar paso a la solana del Azuche, el conjunto, a vista de águila, remedaba una inmensa Z.
La ladra continuó. La ladra continuó fija en un punto y tras afilarse en un breve aullido, fue estirándose y volcó por el collado. Ya en el sopié de la solana se topó Cándido con las cabras de don Fulgencio, y vio al cabrero sentado al pie del atajo. “Ojo, Ligero –le dijo–, que ese guarro ha pinchado ya un perro y lo que tarde en volver a acularse con pena si no te lo desgracia”.
No había cuidado con el Tacones, curtido en cien lides, pero otra cosa era el Terrible, nuevecillo y sin picardía, y Cándido, sintiendo fijarse la ladra en los adentros del pinar, tembló por su suerte. El viento favorable enmascaraba las distancias, y ya estaba bien atardecido cuando, en un claro entre los pinos, dio con el guarro. Metido de ijares, cano, la ágil jeta pendiente de los perros, no reparaba en su presencia y al recibir el disparo aún aguantó unos instantes con las patas separadas y como atornilladas en el suelo, igual que esos toros estoqueados que se resisten a doblar.
Cándido lo examinó. A su lado, los perros, prendidos de los jamones, gruñían de satisfacción y de rabia. Los apartó, volvió sobre sus pasos y recogió el cartucho del suelo. El acre olor de la pólvora le escocía en la nariz. Entonces miró el cielo atardecido, y un instante le vino a las mientes la imagen, escoba en mano, de la mujer. Pero cuando con los cansados perros volcaba por el collado, ni el coraje que le daba a la Escolástica, ni las cinco arrobas a portear hasta el distante chozo de Reyes, variaban un ápice su filosofía, y según trastabillaba monte abajo, pensaba con satisfacción: “Éstos, aviados y a hombros, es como mejor están”.