Me confió hace ya años Juan Delibes que había oído decir a su padre, el venerado patriarca, que los escritores andaluces se inventaban palabras. Y no sé yo si en algún caso hay algo de eso pero es lo cierto que, andando con las gentes de nuestras sierras, no hay ninguna necesidad de inventar. Basta con recibir.
Empedernido cazador de palabras del monte, cuando en 1988 decidí que ya no encontraba una más que fichar, publiqué mi Vocabulario Cordobés del Monte y la Montería. Bueno, pues unos meses después, al sacar la segunda edición, tuve que añadir un apéndice con treinta y ocho entradas más ampliando la obra con aportaciones de mis amigos. Muchas de ellas eran conocidas mías pero tan usadas que las daba por asentadas en el diccionario de la RAE. Aquí el que inventa –y con muchísima gracia– las palabras es el pueblo enriqueciendo extraordinariamente el castellano. Estos días ando mucho entre perreros y dueños de perros. Estoy haciendo cuadros con muestras de cada rehala que terminarán reproducidos en mi próximo libro. Y esto tiene para mí dos satisfacciones: la de pintar y la de tratar con gente hecha a andar (o andarear, que se dice por aquí)) la sierra. Hablaba Juan García Liñán, cuyos espléndidos noventa y seis años quería yo aprovechar para identificar personas en viejas fotos sepia, de un perrero que mateaba mucho. Y alababa los perros de Antonio Escote, de Hornachuelos, porque aunque eran muy ligeros, retaquillos los llama él, con ellos se podía echar una mancha y, además, estropeaban poca carne. José María Bretón, tantos años perrero de Júbel, me contaba cómo se había pasado la vida haciendo aquella gran rehala claseando los perros. Las capas de los perros, remendados, corbatos, calzados, verdinos, morachos, averdugados… dan mucho de sí. Incluso con sus divertidas concreciones. Un podenco no es canela sino colorado. Pero los colorados, si no son muy intensos de color serán aceitunos. Y, si el color es muy débil, encerados. Así llama Curro Vega a muchos de sus perros porque Curro, como Antonio Navajas, tiene el capricho desde hace muchos años de tener perros colorados, capa de tanta tradición en el podenco andaluz. Una de las cosas que más pone en evidencia la bisoñez de un montero es la forma de expresión. Más aún que la ropa. Recuerdo a uno que, en una junta le preguntó a un perrero si era suyo un perro marrón. Lo miró el otro de reojo y: – Mire usted, marrones son los zapatos. Ese perro es mío, pero es colorao. Total que, a pesar de lo desarraigados que andan los serranos, conservan y defienden giros y vocablos que habría que declarar habla protegida dado su indudable peligro de extinción.
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