Hemeroteca :: 01/05/2008
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Arte y Cultura

Relato

Texto y fotos: Maribel Aguilar

Última actualización 23/04/2008@11:54:21 GMT+1
Don Inocencio, a sus 82 años, conserva intacta sus ganas de vivir. Quizá le ayuden a ello sus dos perdigueras con las que pasea y convive. Ya no caza, aunque el testigo se lo pasó a su hijo.
Van dando color a los días de las personas. Y de todas las revueltas, las mejores son aquéllas en las que te cruzas con gentes sencillas y nobles, ésas que con las palabras y los silencios justos te enseñan a valorar todo cuanto te rodea.

Yo sé que soy una persona con fortuna porque a pesar de mi juventud he tenido la suerte de encontrarme con las personas buenas suficientes como para morirme cualquier día pudiendo decir que ya he vivido.

El pasado 29 de septiembre conocí en el municipio zaragozano de Castiliscar, en una prueba de la Asociación Española del Perdiguero de Burgos, a don Inocencio –arriba, con sus perros y María, su mujer–, un burgalés afincado en la provincia de Barcelona que a pesar de sus 82 años sigue transmitiendo ilusión y vitalidad. Seguramente esté cansado de ver pasar el tiempo con sus cosas malas, pero prefiere guardarse las preocupaciones y aprovechar sus horas para contar anécdotas e historias que ilustran lo generosa que ha sido y está siendo su existencia.

Hablo en presente porque a don Inocencio le queda mucho vino por beber: “Todos los días un vaso, no un trago”. También hablo en presente porque acaba de ser bisabuelo y eso ha sido algo muy grande para él: “Mi bisnieta tiene 8 meses y es de alegre... Bueno, que yo la llamo nieta, porque eso de bisnieta...”.

La familia es lo más importante en su vida, se ha dedicado a ellos y ahora es consciente de que los papeles se están invirtiendo. Por eso reflexiona en voz alta: “No hay que abandonar a los viejos...”.

Sus compañeras de paseo. 82 años son muchas horas, quizá por eso a don Inocencio le gusta aguantar de pie. Así puede ver mejor cómo se mueven sus inseparables compañeras de paseo, dos perdigueras preciosas que crió con biberón durante el verano de 2003. Luna y Alba son tan especiales para él como lo han sido el resto de perros con los que ha caminado, con caracteres e inteligencias distintas, pero todos nobles. Su hijo dice que “cada uno enseña al perro según es él”.

Don Inocencio ha disfrutado mucho de sus días de caza, aquéllos en los que salía caminando de casa y tras tres horas de ruta llegaba al coto donde siempre había alguna perdiz, liebre o conejo con los que medirse. Sus perdigueros no se quedaban atrás en eso de gozar del campo. Formaban un buen equipo, pero como él me cuenta, ”tuvo que colgar la escopeta”. Los años le fueron pesando y la verdad, se desesperaba cada vez que tenía que regresar de vacío.

Pero no echa de menos cazar y esto es gracias a la compenetración que tiene con su hijo, a quien además del nombre, le ha legado la pasión por salir al campo, por qué no decirlo de nuevo, a cazar. La necesidad de libertad también se hereda.

Supongo que desde niño le habló de aventuras y de experiencias difíciles de superar en la imaginación de un chaval. Si yo hubiera sido varón seguro que también habría seguido los pasos de mi abuelo y de mi padre y ahora continuaría cazando por las tierras donde ellos me cogían bellotas y tesoros en forma de piedras caprichosas.

Y es que cuando se tiene la suerte de tener a alguien como mi abuelo, mi padre o don Inocencio que te enseña a salir al monte con respeto y a regresar con admiración, una se siente dichosa y agradecida.

Yo ya no puedo escuchar a mi padre y mi abuelo hace tiempo que envejeció. Quizá por eso don Inocencio me haya alegrado el corazón con esa manera suya de hablar de Alba y de Luna, de Cid, de Nala, del aquél mastín bondadoso que murió por un mordisco desafortunado de otro perro... ¿Cómo se referirá a los cachorros que están por llegar? “Eso dice mi hijo, que quiere volver a criar. Pero para nosotros es muy costoso y luego no es fácil encontrar los dueños adecuados para los perros. Pero ya le he dicho que mientras su madre y yo podamos...”. Así que para esta primavera habrá alumbramiento, tal vez de madrugada.

Entonces a Luna y a Alba se les unirán otras buenas estrellas que viajarán por el mundo demostrando el talento que ahora ya derrochan sus futuras progenitoras. Don Inocencio lo dice: “Son las mejores, y cariñosas, como ninguna, sobre todo Alba, que tiene la auténtica cabeza de perdiguero. Y Luna ¡cómo caza! Aunque está ciega de un ojo, se mete donde haga falta para buscar la perdiz o el conejo”. Éstas son sólo palabras, pero con palabras se construyen las constituciones y se escriben las declaraciones de amor.

Luna fue la última en salir del vientre de su madre, Nala. Al llegar a las manos de don Inocencio, éste sólo se fijó en las dos manchitas de su lomo y al verla, le dijo a su mujer: “Esta cachorra ya no se moverá de casa”. Tenía esa certeza y así ha sido. Luna envejecerá junto a ellos.

También yo estoy segura de que este hombre, una persona buena, no se borrará de mi recuerdo. Tengo esa certeza y la ilusión de que algún día nos volvamos a encontrar.
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