Hemeroteca :: 01/05/2008
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Grandes firmas

Historias de la caza

Última actualización 23/04/2008@13:19:05 GMT+1
“Cuando una masa se pone en marcha, aunque sea de hormigas, no la ignoréis. Puede ser la marabunta”.

Proverbio que me acabo de inventar.
Desde esta sección desde la que tantas anécdotas propias y ajenas llevo contadas, hoy quiero hacer referencia, supongo que como casi todos mis compañeros, a la Manifestación de Madrid. Esta sí que ha sido HISTORIA DE LA CAZA. Y tuve la suerte de estar allí. Hice el viaje en un autobús financiado por las sociedades de cazadores de Ibros, Lupión y Bejijar, tres pequeños municipios de la provincia de Jaén, que unieron esfuerzos para llevar también su queja hasta el Paseo de la Castellana ante el desafuero de una ministra que desde que tomó posesión se ha dedicado sistemáticamente a ignorarnos a los cazadores y a nuestras reivindicaciones, haciendo oídos y dando subvenciones a cualquiera que estuviera dispuesto a gritar contra nosotros con razón o sin ella. La manifestación fue un ejemplo de educación, de buen hacer y de mejor estar. A los que quisieron provocarnos, les contestamos con una sonrisa y seguimos a lo nuestro. La señora Narbona, hasta ahora se ha tomado la palabra “cazador” con desprecio y con indiferencia, pero a partir del día uno de marzo se la tendrá que tomar con bicarbonato cuando no con Valium.

Donde esperaban un grupito de “lilas vestidos de Rambo” se encontraron con una gran concentración de hombres, mujeres y niños de todas las posibles clases y condiciones sociales, que unidos a sus más queridos animales recorrieron los apenas dos kilómetros que separan el Bernabéu de la Plaza de San Juan de la Cruz para dejar claro que no estamos dispuestos a ser el lomo donde descargar los palos generados por la idiocia, el desconocimiento y la más supina ignorancia. Lo que nunca pudieron imaginar es que cuando ya no cabía un alma en la plaza de San Juan, todavía la cola de la manifestación no hubiera salido del Bernabéu.

Pues a esta ministra, o a cualquiera que ocupe su cartera, debe quedarle claro que los que allí estábamos éramos sólo la vanguardia de todo un colectivo capaz de movilizarse y hacer que le tiemble el sillón en el culo a cualquiera que quiera abusar de nuestra educación, de nuestra condescendencia y de nuestra siempre pacífica actitud.

En Madrid, el uno de marzo, quedó claro para la historia que los cazadores somos capaces de unirnos y dejar en ridículo la capacidad de convocatoria de cualquier partido político. En nuestros autobuses no se repartieron bocadillos gratis, no viajamos a cambio de un bocadillo y una lata de refresco a escuchar a “líderes”. Viajamos con autobuses pagados por el dinero de los cazadores y sobre todo, insisto, en La Castellana nos reunimos, como en tantas jornadas de caza, gente de toda clase social, que nos intercambiamos –como siempre– la bota y la viandas, en una magnifica jornada de convivencia.

Sin embargo descubrí con sorpresa como plumas de reconocido estilo como Martínez Simancas, en su artículo de El Mundo daba un trato poco respetuoso a lo que seguramente ni siquiera vio personalmente. Incluso se permite decir despectivamente que el acento de los que se escuchaban hablar “olía a campo”. Pues sí querido, allí los acentos eran de campo, o más bien de campos de toda España. Allí donde tú presumes en tu artículo a gente inculta, había oncólogos que compartían bota y trago de vino con los agricultores que siembran el trigo que hace posible el pan que te comes cada día; había aceituneros altivos de Jaén, que saben lo duro que es recoger la aceituna para que tú saborees el aceite, compartiendo un “cacho de chorizo” con cirujanos cardiovasculares que saben lo que es coser un perro en el monte para salvarlo de la cuchillada de un jabalí, y al día siguiente implantar un corazón en el cuerpo de un recién nacido. Compartía paseo conmigo un físico nuclear, que me decía: “Coño, yo no había estado nunca en una manifestación, pero lo de esta mujer me ha “sacao” a la calle”. Su acento también era de campo, de campo de las sierras de Granada, que dan buenos pollos de perdiz y como se puede ver buenos científicos. Había, ¡mira por donde!, cantautores, que comparten acento con María San Gil, acento de campos del norte de una España que solo es una, aunque nos la quieran romper en mil pedazos. Había políticos, “rara avis” en un lugar donde no se buscaba el protagonismo personal, pero también estaban. Había médicos perreros; ingenieros halconeros; industriales galgueros; físicos perdiceros. Y había también agricultores, gañanes, vaqueros, perreros y jornaleros. Había manos finas, cuidadas por la más cara de las cremas que se estrechaban con manos rudas agrietadas por los fríos amaneceres de los campos de Castilla. Y esto es lo que algunos, que nos contemplaban con mirada torva y baja, como la de los jabalíes que abatimos en el campo, no pudo ver porque su cerebro no es capaz de asimilarlo. Ésos que sólo entienden de ladrillos y que desprecian la opinión de los demás porque es distinta a la suya son los que, con banderas ecologistas paridas en los despachos de ciudad, organizan barbacoas y para un día que se asoman al campo a celebrar su impronta naturista, nos pegan fuego a media sierra de Cazorla. Ésos posiblemente merezcan una crónica más en serio, pero quizás no se la escriba Martínez Simancas. El campo y sus gentes no merecen que se les nombre con desprecio y queriendo hacer gracieta vejando a los que acudimos a decir ¡basta ya! a una manifestación que la ciudad de Madrid recordará por el colorido, por el buen ambiente y porque a nuestro paso sólo dejamos el buen sabor de boca de haber demostrado que para dejar clara una postura no es necesario destrozar media ciudad como suele ocurrir en tantas manifestaciones donde se oyen acentos “con olor a ciudad”.

También se atreve el articulista –¿por qué le sentaría tan mal a este hombre nuestra presencia en Madrid?– a criticar con desprecio la calidad como escritor de Antonio Pérez Henares. ¿Quizá porque el acento de Antonio también es de campo? Pero en fin, que le vamos a hacer. Se conoce que no somos “santos” de su devoción y por eso nos compara con “Los Santos Inocentes”. Parece que Don Miguel Delibes le cae mejor que otros cazadores.

Los cazadores somos así por genética, porque lo heredamos de nuestros antepasados y porque ocupamos el lugar que en la naturaleza nos corresponde. Sin embargo otros actúan por deformación, porque no saben cómo llamar la atención y porque necesitan hacer ruido con algo, para tapar su miseria personal. A ésos que tanto les preocupa la caza del zorro no los veo manifestarse porque dejen de mutilarse a niñas, incluso dentro de nuestro país. Ni los veo exigiendo que se impida la circulación de mujeres con “burka” por nuestras ciudades porque se lo impongan sus “amos”. En Madrid se pudo ver que los cazadores tratamos a nuestros perros mejor que en muchos países tratan a sus niñas. Nuestros perros no son ganado y en La Castellana quedó claro. A los que gastan dinero en hacer manifestaciones contra la caza, mejor les iría si lo invirtieran en tratar de impedir los abusos a niños o las mutilaciones genitales, que sin lugar a dudas son más importantes que los zorros que se matan en Galicia o en cualquier parte del mundo.

En el fondo yo creo que a esos que protestaban –ocho, que luego resultó que hasta les habían pagado por hacer el tonto, más que el zorro– les hubiera gustado estar ahí con nosotros, compartiendo bota y merienda con gentes venidas de todos los rincones de España y de todos los estatus, respetando a todo el mundo y exigiendo el respeto merecido, pero si se hubieran atrevido habrían tenido que dar explicaciones a la gente ante la que inclinan la cabeza. Recuerdo unos versos de quien los recitaba con acento de campo, Don Miguel Hernández, y que nos vienen pintados para la ocasión: “...Los bueyes doblan la frente impotentemente mansa. Delante de los castigos, los leones la levantan. Y al mismo tiempo castigan con su clamorosa zarpa.

Nunca medraron los bueyes en los páramos de España.

No soy de un pueblo de bueyes, que soy de un pueblo que embargan yacimientos de leones, desfiladeros de águilas y cordilleras de toros con el orgullo en el asta...”
Don Miguel, sin saberlo, definió en sus versos a ese pueblo español que el domingo desfiló por la Castellana.
Éramos los que allí estuvimos precisamente eso: pueblo español unido. Por eso creo que en el fondo, lo que sintieron más de uno, fue envidia, y por eso sólo me pueden inspirar un sentimiento: pena.

Tienen el mismo problema que su ministra; para ver no es suficiente con mirar. Han ignorado y despreciado durante demasiado tiempo a un colectivo que les ha dado una gran lección, ¡ojalá no la olviden! Para mí, tengo claro que en Madrid el uno de marzo hicimos: HISTORIA DE LA CAZA.
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