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Antonio Pérez Henares acaba de presentar “El último cazador”, su tercera novela ambientada en la Prehistoria

José Ignacio Ñudi

Última actualización 26/05/2008@12:34:38 GMT+1
Antonio Pérez Henares, cazador, periodista, escritor, amante y conocedor de la Prehistoria, vuelve a las andadas con una nueva novela sobre nuestros antepasados cazadores. Con “El último cazador”, Pérez Henares completa la trilogía que comenzó con “Nublares” y siguió con “El hijo de la Garza”, y vuelve a remarcar, a través de una trama cargada de pasiones humanas y de caza, que los cromañones cazadores del Paleolítico eran exactamente como nosotros.
Pregunta. Con esta trilogía, Nublares, El hijo de la Garza y ahora El último Cazador, ¿qué mensaje ha querido lanzar a la sociedad de nuestro tiempo?
RESPuESTA. Uno fundamental, que el hombre forma parte de la naturaleza, que no es un ser lejano, hostil o negativo para ella. El hombre es parte indisoluble de la naturaleza. El hombre moderno, el cromañón –todos somos cromañones–, vivió en el Paleolítico una comunicación absoluta con la madre tierra. Mi condición de cazador me lleva también al tiempo, el Paleolítico, en el que vivieron los grandes cazadores de la humanidad, los que permitieron de origen el gran desarrollo de la humanidad como la conocemos hoy. Cuando nuestros antepasados lograron pasar el umbral de la supervivencia a través de la caza y la recolección, permitió que algunos de sus compañeros se dedicaran a otra cosa, por ejemplo a pintar Altamira.

P. ¿La trilogía era premeditada o fue surgiendo sobre la marcha?
R. Estaba premeditada. Tenía desde el principio pensado llegar hasta el Neolítico, al mundo de los labradores y los ganaderos, que aparece en El último cazador.

P. Se ve a la legua que el cazador que ha escrito esta novela siente nostalgia por ese momento de la humanidad en el que el hombre, un excelente cazador, vivía en armonía con la naturaleza.

R. Cierto, el paleolítico es la edad de oro de la humanidad, donde el hombre se siente parte de la naturaleza e incluso la deificada. La naturaleza es la madre, la gran diosa madre. Las montañas y los ríos tienen espíritu, y eso lo sabemos quienes estamos en la naturaleza, sobre todo los cazadores.

P. Del mismo modo, alguna vez le he oído decir que es a partir del Neolítico, cuando dejamos de ser cazadores y recolectores para convertirnos en ganaderos y agricultores, cuando empezamos a maltratar a la madre tierra.

R. Efectivamente, empezamos a tratar a la tierra no como a una madre, sino como a una esclava. Queremos poseer a la madre. Los indios Dakota llamaban locos a los hombres blancos porque querían poseer a la tierra cuando es la tierra la que nos posee a todos. En el Neolítico pasamos de cazar animales salvajes a estabularlos para luego matarlos, y en vez de recolectar, a cultivar la tierra. También es el inicio de un tremendo cambio cultural porque para estabular y cultivar se necesita la propiedad de la tierra. Está aquí el origen de la propiedad privada, del Estado y de la dominación de la mujer por el hombre como fórmula para garantizar la transmisión de la propiedad a su descendencia. Del matriarcado pasamos al patriarcado y del culto a la diosa madre se pasa al culto de los dioses masculinos. Curiosamente, si hay un lugar donde prevaleció ese culto a la diosa madre, es precisamente la Península Ibérica. No en vano tenemos el primer yacimiento de prehomínidos de Europa, el de Atapuerca, que si bien no son ni nuestros tatarabuelos, algo tendremos que ver con ellos. También la Península fue el último refugio de los neandertales, una especie ya plenamente humana porque tenía conciencia de su muerte y cuyos últimos refugios se han encontrado en Zamarraya (Málaga) y Gibraltar, respectivamente, que tienen una antigüedad de unos 27.000-28.000 años. Los fuimos empujando hacia occidente y hacia el sur hasta su desaparición.

La Alcarria hace 15 mil años
P. ¿En qué tiempo y en qué espacio aproximado se sitúa la novela El último cazador?
R. Bueno, la verdad es que me he tomado alguna licencia literaria en los tiempos. Si Nublares está situada en el Magdaleniense, hace unos 17.000 años, El último cazador se sitúa al principio de la agricultura, hace unos 7.000 años en la Península Ibérica. En cuanto al escenario, está muy claro: la sierra norte de Guadalajara, donde está la Cueva del Oso de Aldeanueva de Atienza, donde yo he dormido; luego está la laguna de Somolinos de Atienza, el río Henares y sus afluentes, y en cuanto a las expediciones, una va hacia el Duero, llega a Ágreda, sube hacia el Moncayo desde Soria para bajar a Tarazona ya en la provincia de Zaragoza. Juego con el santuario de la diosa, que no es otro que el Santuario de Veruela. Juego con las famosas historias de brujas del Moncayo, que es un claro guiño a Bécquer. En cuanto a las expediciones hacia el sur, la Ciudad de los Cráneos es Toledo y la del Mar, Lisboa. El territorio de los cazadores de caballos estaría alrededor de Santa María la Real de Nieva (Segovia) porque es donde está grabado el famoso caballo de Domingo García y donde realmente se cazaban caballos. Como ve, el escenario es tan real como alegórico.

P. ¿Por qué ese interés de nuestra sociedad por la Prehistoria?
R. El hombre se está preocupando por saber seriamente cómo era en el pasado. Sobre la prehistoria ha habido una ignorancia supina y luego dos imágenes contradictorias y estúpidas, al tiempo que soberbias. Una, que eran tipos semibestiales, brutales, poco humanos, mientras que la otra imagen los define como una especia de hipies. Todo es una gran mentira. La Prehistoria somos nosotros hace un parpadeo. El hombre prehistórico es exactamente igual a nosotros, el tío de Altamira con un móvil. A un niño de Altamira lo trasladas a la sociedad actual y sería como cualquier otro. Toda nuestra capacidad intelectual, cognitiva, nuestras pasiones, nada ha cambiado. Eso es lo que yo también quiero decir en el libro. Y luego ha habido un animal que siempre nos ha acompañado que era el lobo-perro, el perro en definitiva, que a diferencia de otros animales, no criamos para quitarle la carne o la piel sino para que fuese nuestro aliado de caza y de defensa. Pero volviendo al principio de la pregunta, el interés del ser humano por la Prehistoria es un intento desesperado por echar raíces porque en el asfalto no crecen.

La vuelta a la naturaleza
P. Esa pasión por la Prehistoria, ¿no esconde también un intento desesperado por volver a la naturaleza, a esa madre tierra?
R. El hombre tiene una desesperada necesidad de volver a la naturaleza porque está perdiendo todo contacto con ella, y más todavía el hombre urbano, que no es cazador, ni agricultor ni pastor. El hombre sigue echando de menos a su madre tierra. Pero qué ocurre, que vuelve con una ignorancia tremenda y con la soberbia del que yo denomino homo urbanus ecologistae que, como lo sabe todo y está ensoberbecido por su tecnología, llega a la naturaleza y les dice a los que llevan allí milenios cómo hay que cuidarla. De todas formas, este interés del hombre por la naturaleza es bueno, aunque cree monstruos cursis como Walt Disney y todos los que les siguen.

P. Se escuchan muchas teorías sobre el origen del perro. ¿Cuál es la suya?
R. Todas las razas de perros, y lo ha demostrado muy recientemente el ADN, descienden del lobo ártico. Es más, todavía son genéticamente compatibles. Además, este lobo-perro cruza con nosotros a América por el Estrecho de Bering cuando todavía se podía cruzar a pie hace entre 30.000 y 14.000 años.

P. Una constante en su libro es que el hombre primitivo no era ni el “buen salvaje” de Rousseau ni el bestia cuasi humano. ¿Cómo era realmente?
R. El hombre siempre ha sido fieramente humano. Eso significa que somos la única especie con una dualidad terrible, capaces de lo mejor y de lo peor. Del asesinato de nuestra misma especie, de la violencia más terrible. El recorrido que hace el personaje “El Oscuro” es un homenaje a Otzi, el hombre que apareció en el Tirol. He intentado calcarlo en la figura de “El Oscuro”. Otzi llevaba una flecha clavada en el omoplato, tenía dos costillas rotas y todo su cuerpo estaba marcado con heridas tremendas. Venía de una auténtica batalla. El gen de la violencia ha estado siempre en el hombre, pero también la compasión, el altruismo, la solidaridad. Somos al mismo tiempo ángeles y demonios. Y un mismo hombre, y es lo que yo digo en la novela, es capaz de las dos cosas.

P. Recrea con bastante detalle los utensilios y las armas que usaban nuestros antepasados, incluso su proceso de fabricación. ¿Cuáles han sido sus fuentes?
R. Todo el mundo sabe que tengo un privilegio inmenso, y es que soy amigo de algunos de los mejores investigadores del mundo de la Prehistoria, esencialmente de Juan Luis Arsuaga. He leído, escuchado y visto mucho sobre este asunto. He estado en Atapuerca, tengo en casa reproducciones de adornos de hace 17.000 años, un arpón de hace 10.000, y hay que ver qué maravilla, lo que eran capaces de hacer.

P. Y tenían todo el tiempo del mundo.

R. Sí, no tenían televisión ni otras cosas, pero eso también les hacía hablar mucho entre ellos y por tanto intercambiar ideas e información. Quien haya visto Altamira queda impresionado del genio de ese pintor. Un día en Atapuerca con Arsuaga y quien es mi editor, Manuel Pimentel, en la galería del sílex, rodeado de estalactitas y estalacmitas, dijo Pimentel que aquello se parecía a la catedral de Burgos. Yo le dije que no, que era al revés, que la catedral de Burgos es reflejo de este santuario, al igual que no es Altamira la “capilla sixtina” del Paleolítico, sino que la Capilla Sixtina ha copiado de Altamira.

Un hombre de campo
P. Demuestra también un amplio conocimiento de la fauna, la flora y de sus propiedades. ¿Esto es ya cosecha propia, vivencias y enseñanzas de sus mayores?
R. Esto demuestra que he sido un niño campesino, hijo de labradores y ganaderos, que se ha criado en Bujalaro, en la provincia de Guadalajara, en contacto absoluto con la naturaleza y los animales. Pero a eso hay que unir mi condición de cazador.

Soy en el fondo un hombre de pueblo, y eso se nota, habiendo recibido, como bien dice, enseñanzas de mis padres, de mis abuelos, de mis tíos, de los que sigo aprendiendo.

P. En El último cazador habla de corzos, jabalíes, conejos, perdices, y claro, uno se imagina por momentos que está en la Alcarria actual, hasta que de pronto aparece un íbex o un oso, y caes en la cuenta de que ésa era la Alcarria de hace 15.000 años. ¿Qué animales había en esa época en el centro de la Península?
R. Existía el oso pardo, que coexistió con el cavernario, aunque éste último se extinguió; mamut, reno, rinoceronte lanudo... Hay una cueva, la de Los Casares, donde se inició el terrible fuego de Guadalajara, que aparece en el El hijo de la Garza, donde existe un yacimiento neandertal y otro cromañón, y los cromañones tienen en esas cuevas dibujado el rinoceronte lanudo, el glotón, el reno... Eran los animales de la glaciación y algunos que aguantaron en algunos valles como el león cavernario, el leopardo y por supuesto el lobo, que ahora ha vuelto por esos pagos desde hace seis años.

Pasión por la Prehistoria
P. ¿Desde cuándo esta pasión suya por la Prehistoria?
P. Siempre he tenido fascinación por ese mundo. Quizá tenga mucho que ver que exista la cueva de “Nublares”, por encima de la cual hay un poblado prehistórico, o “Peñas Rodadas”, espacios que me son tan cercanos, por los que he pasado tantas veces y donde sigo cazando. Yo he cazado por encima de Nublares muchas veces y siempre he pensado –y esto puede ser un pálpito– que hay algo mío allí, como si uno viniera de allí.

P. El libro está siendo un éxito, ¿no?
R. Estoy muy contento con el trabajo editorial, con la portada, por cómo está yendo el libro, y sobre todo por el cuidado con el que lo han tratado en Almuzara. Ahora Nublares y El hijo de la Garza volverán a editarse para abril-mayo, por lo menos Nublares, porque están agotados. De Nublares se han vendido por encima de los 70.000 ejemplares.

P. Sé que ha habido un intento de llevar Nublares al cine, ¿cómo está ese proyecto?
R. Pues el guión está hecho, el story board también, las localizaciones... todo prácticamente está listo. Lo que sucede es que la industria del cine español, o tiene la financiación por delante o no se lanza. Ya se había conseguido bastante dinero, pero no todo, de modo que el proyecto se paralizó, aunque en estos momentos se está intentando retomar. Es una película costosa, por los exteriores, por su dificultad, pero sería maravillosa.

P. ¿Cuándo volveremos a verle por trofeo?
R. Que sea esta entrevista la puerta del regreso. Uno nunca se acaba de ir de todos los sitios, máxime después del cariño que he tenido y sigo teniendo por esta revista. No olvido que fue el artículo mío de TROFEO Amanecer en la Mujer Muerta el que me dio uno de los premios literarios que más ilusión me ha hecho: el “Jaime de Foxá”. Es hora de volver a casa para seguir escribiendo no de prehistoria, sino de caza y de comportamientos antidiluvianos que tienen algunos sabios medioambientales para con el mundo de la caza, al que hay que seguir defendiendo. Ya en la Castellana dimos una lección de respeto y de tolerancia incluso hacia los que no nos quieren comprender.
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