Opinión
Desde mi postura
Eduardo COCA VITA
Cazador y escritor
Última actualización 30/06/2008@08:32:39 GMT+1
Largo para mí pero no para mi rifle, desde un magnífico apoyo —con buen asiento y trecho para descansar, serenarme y concentrarme— el balazo la desplomó de su atalaya como una pelota, deslizándose por una lastra que empalmaba con otra, también barrida por el vertiginoso descenso.
Iñigo Sáinz, al que le saco iguales treinta años que a mi hijo David, su amigo de primera fila —y él a mí 50 kg—, ha conocido Gredos y la ama ya tanto o más que a su mujer. Igual que Elena, la cara sur le ha robado el alma después de casi quebrarle el cuerpo las dos veces que fue por allí. La segunda —doy fe— en condiciones heroicas un día de tiempo adverso en que yo no pude matar mi cabra, haciéndolo él apurando hasta la noche, al borde de fenecer.
Cuando en nuevo intento completé el permiso, se interesó Íñigo por mi suerte y le correspondí con un correo que me sirve de guión para relatar hoy aquí cómo, con un esfuerzo razonable a tono con mis circunstancias, conseguí la pieza a las 11:30 en la garganta del Sauce, nueva para mí en su único lado cazable, el derecho, por ser el otro de propiedad particular ya en Cáceres. Al observar varias por distintos sitios, la elegimos con criterios objetivos, en especial, por tener un cuerno y aspecto de vieja en soledad y abandono, signo de inutilidad reproductora.
Tomada la decisión, le entramos subiendo hacia una cuerda fácil de alcanzar, por camino levemente empinado y con el piso propio de una zona más parecida a mi tierra de brezos, chaparros, jaras y enebros. Es lo más sur y oeste de la reserva, donde Gredos se hace extremeña. Alejada que se hubo del sitio de la última visión, fue localizada por Ángel igual de aislada que la había descubierto y sin cría ni señales de esperarla. Largo para mí pero no para mi rifle, desde un magnífico apoyo —con buen asiento y trecho para descansar, serenarme y concentrarme— el balazo la desplomó de su atalaya como una pelota, deslizándose por una lastra que empalmaba con otra, también barrida por el vertiginoso descenso. De haber salvado las piedras más chicas donde se atrancó, habrían sido otros 15/20 metros de arrastre libre. Recordé que de forma muy similar cayó el primer macho (mi bautizo en Gredos lo fue con macho, no con hembra, y, aunque por el sur, en el coto de Arbillas central, hoy integrado en la reserva).
Nos costó llegar a la presa más que culminar la entrada. Y con temor de no verle ningún cuerno, por rotura durante el “patinaje fúnebre” del único que lucía. No pasó tal, pero había perdido la tapa del mogote que sustituía al cuerno falto, casquillo óseo que buscó Ángel con ahínco, trepando por las lanchas en sentido inverso al animal muerto como no creo hubiera podido hacerlo ni la cabra viva. Y lo curioso está en que la coronilla del muñón me la encontré yo casi junto a sus restos.
El epílogo se supone: la explotación del éxito, el despiece de la canal, la tranquila vuelta con la carne y la cabeza a cuestas y el alto en el camino para encontrarnos con la fuente desde la que Ángel en su infancia acarreaba los cántaros de agua al cobertizo en que vivía. También en ella lavaba la madre, el padre curaba el queso (su familia construyó la quesera contigua) y todos atendían el vecino huerto, mostrándome dónde lo plantaban.
Eran las 14:00 h. Y a las 3:30 pm, tras comer, beber, comentar y reposar, cubrimos la prudente distancia que, por la ruta de siempre, nos llevaría al coche, dejado donde lo tenía Íñigo cuando lo fuimos a esperar aquel duro día junto a Javier. Esta garganta extrema y limítrofe no tiene entrada propia (habría que invadir fincas privadas) y se alcanza desde la "Tejea", saltando la cuerda de su izquierda, nada más cruzar el puente, bien que por senda no mal conservada y de trazo apto para ascender con el menor esfuerzo. Es la vereda que lleva a la majada donde se crió Ángel, habitada por su hermano Augusto cuando mi bautizo de montés en la reserva, el 6 de marzo de 1984, único rececho en que no me ha guiado aquél, por nacimiento de su hija, y al que asistió Yete, con 9 años, dándonos todos, incluso Eusebio y un octogenario guarda jubilado de la saga Blázquez, el tío Domingo, una soberana paliza (y merecida que la tuve, por fallo temprano sin nueva ocasión hasta las 6 de la tarde).
Si lo que narro se condimenta con la compañía de Ángel por la sierra libre, ¿qué más pedir a mi edad y estado? Sólo contarlo. Y es lo que hago ahora en esta página de TROFEO con igual o más gozo, pues “quien caza y lo escribe, dos veces lo vive”.