Hemeroteca :: 01/08/2008
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Opinión (Editorial)

Jose Ignacio Ñudi

Última actualización 17/07/2008@12:27:55 GMT+1
La gestión está de moda. No se entiende ni se justifica la caza si no está bendecida por esta palabra. Pero qué entendemos por gestión cinegética y, lo más importante, cuáles son sus límites para que la caza no se convierta en una ganadería extensiva –incluso intensiva– y el coto en un corral con comedias incluidas.

Hace tiempo que la caza ha pasado de ser una actividad puramente extractiva para transformarse es un recurso natural renovable, y como tal, planificado, regulado. De ahí el anacronismo de los terrenos libres. De acuerdo que la acción de caza en estas zonas está limitada por periodos, días y cupos, en definitiva una “gestión”, pero falsa en el fondo porque nadie sabe el número de cazadores que ejercerán ese derecho.

La gestión cinegética correcta sería por tanto llevar a cabo una serie de medidas, en función de las características del acotado y del número de especies cinegéticas, incluyendo por supuesto un plan de caza, de forma que la siguiente temporada por lo menos el hábitat se mantenga y albergue idéntico número de animales, cazables y protegidos. En definitiva, hacer lo justo para que la naturaleza reestablezca, sin grandes esfuerzos y de la forma más natural posible, lo que le “quitamos” cada año.

Esto es lo que se ha hecho tradicionalmente en los cotos, aunque lógicamente buscando sobre todo la rentabilidad cinegética, que para eso eran cotos de caza. Este objetivo incluía, por ejemplo, desde la recogida tardía del cereal hasta la eliminación sistemática –y legal– de cualquier predador.

Hoy los tiempos han cambiado y la gestión cinegética está supeditada a la conservación integral del ecosistema, algo que no pasa, o que apenas se tiene en cuenta, ni en la agricultura ni en la ganadería. Siguiendo esta línea argumental, España está llena de atentados ecológicos provocados por ganaderos y agricultores –fincas erosionadas, utilización de venenos químicos, destrucción de zonas de refugio, etc.– que no parecen importar a nadie.

Pero estas ataduras a la hora de gestionar un coto, en general, las hemos asumido los cazadores, aunque algunas sean excesivas e injustas. El verdadero cazador disfruta cazando lo justo –lo que establece el plan cinegético– en un entorno natural bien conservado lleno de animales salvajes, cazables o no.

Sin duda esta mentalidad, de la que mucho se presume pero poco se practica, es perfectamente compatible con esa deseable gestión cinegética. Los problemas vienen cuando las apetencias o los intereses se alejan de las reglas de la naturaleza. O dicho en términos económicos –la caza, como recurso, también tiene un valor–, cuando nadie quiere pagar lo que realmente vale una pieza de un coto bien gestionado o bien estaría dispuesto a pagar lo que fuese por algo que va contra natura.

Por ejemplo, una perdiz salvaje con todos los parabienes podría costar, por ejemplo, 70 euros, y sin embargo un cazador de ojeo pagaría como mucho 36, quizá porque existe una estupenda perdiz de granja que le proporciona las mismas satisfacciones. En este caso, la buena gestión cinegética sería inviable económicamente. Del mismo modo, un cazador pagaría lo que fuese por un venado de cuernas extraordinarias, un objetivo que a lo mejor requiere un manejo intensivo y contrario a una deseable gestión cinegética.

Y en estos equilibrios andamos. Cada gestor hace lo que puede en función de lo que quiere y/o le piden buscando siempre esa legítima rentabilidad. ¿Cuáles deben ser los límites? A mi parecer, que las especies cinegéticas se mantengan sanas, genética y sanitariamente, y por lo menos que quieran y sepan huir del cazador. Para todo lo demás habrá que inventar otras palabras.
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