Hemeroteca :: 01/08/2008
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Grandes firmas

Antonio Pérez Henares

Última actualización 17/07/2008@12:34:43 GMT+1
Desfallecían ya las cebadas y renunciaban a nacer los trigos cuando llegaron las lluvias. Una semana más y no hubiera habido remedio. Justo a tiempo vino el agua y ahora los campos de pan llevar de las Españas son un inmenso mar de mieses verdes mecido por vientos húmedos que huelen a vida nueva.
Las Castillas, Aragón, Extremadura, Andalucía parecen rebelarse contra el tópico de su propio paisaje y elevan a los cielos recién lavados un grito de colores jóvenes y ansiosos.

La fresca primavera brotó pujante en labrantíos y en yermos, en surcos y en cunetas, en solanas y en umbrías, en lomas, valles y llanuras. La mirada del labrador –tantas veces recelosa y angustiada– se dulcifica al contemplar los campos, se serena y hasta sonríe al acunarse sobre las tierras.

La mirada del labrador y la del cazador, que tantas veces son la misma, se detiene con cuidado en los efímeros verdes. Casi oye crecer el trigo y se espera a escuchar el canto de la codorniz. Hace cuentas para sí de que el uno y las otras y la perdiz que vio colarse en un pequeño espesar de matojos junto al cipotero, criarán este año bien. Qué bien parecen estar criando. Sonríe luego al pensar que a nada, que ahora mismo, a los corzos ya no se les verá en los sembrados. Él se malicia que esperará a segar y al celo para conseguir el macho que le anda ladrando.

Mieses y perdices. Mas allá del cálculo sobre la cosecha, sorteando la sombra del precio del gasóil disparado o de los abonos acelerados, más en su corazón, más en su piel y en su emoción, el hombre del campo, ese desconocido y ninguneado hombre del campo, siente la honda satisfacción de las cosas que nacen y crecen por su mano.

De las mieses y de las perdices, de todo aquello que cultiva y de todo aquello que sus cultivos y cuidados ayudan a vivir. El labrador y el cazador, que tantas veces son el mismo ojo y casi idéntica mirada, caminan estos días con el orgullo de ser parte de la hermosura que lo rodea, con un viejo y hondo instinto de creador, de fecundador. Se siente a la vez hijo y padre, sirviente y amo. Y quizás, como ninguna mirada sobre la tierra, siente la pasajera felicidad del instante. Siente que es “suya”, pero en ese sentimiento hay muchas veces más sentido de pertenencia que de propiedad. Es él quien es parte de la tierra, más allá de ser su amo.

Pero el uno y el otro, el cazador y el labrador, saben que no están dentro de una postal. Que su entorno no es un cuadro ni una foto. Para ellos todo es preludio y preocupación por lo que venga. Cada nube, cada sol, cada viento pueden ser bendición o amenaza. ¡Queda tanto hasta el grano amarillo!
Pero hoy, ¡bendita agua!, puede al menos soñar ya con las espigas. Hoy, ¡bendita agua!, puede soñar con polladas de igualones.
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