Reportajes
Javier Martínez Sagrera
Última actualización 25/08/2008@14:37:03 GMT+1
Hace un frío que pela, aquí, el en collado del monte Peters Plug, que más bien parece un obelisco que un monte. Se ve hacia el norte el gran lago Iliamna, en cuya orilla opuesta se encuentra la ciudad del mismo nombre, donde se acaba el recorrido “normal” y empieza la aventura.
Ayer rematé, con éxito, el objetivo de esta expedición y hoy, mientras los guías transportan la carne a cargadero, me quedo descansando y aprovecho para tomar notas de lo acontecido durante los últimos días.
La tienda es tan pequeña que tengo que escribir acostado pero no puedo estar fuera porque el aguaviento me barre. Esta noche el temporal ha sido muy duro, he tenido que salir tres veces para clavar las piquetas de la tienda arrancadas por el viento. Pero todo sabe a gloria con la tarea hecha y una buena nota.
A pesar del vendaval, cuando escampa, salgo a estirar las piernas y me recreo en el paisaje. Hoy, con las nubes bajas desplazándose a toda velocidad, tiene otros tonos pero es igualmente impresionante.
Hacía el sur se extiende un enorme valle con bosques y lagunas, flanqueado por montañas desarboladas, con rodales de matorral, alfombradas de musgo y plantas rastreras en su totalidad al igual que en los bosques. Andar en ese suelo es agradable pero se hunde el pie entre 10 y 20 centímetros, lo que hace pesado caminar. Algunos regatos discurren ocultos por debajo y son trampas que te chupan hasta que los codos atrancan en sus bordes o tocas fondo con los pies. Ni que decir tiene que con este clima, extremadamente húmedo, todo está mojado y hay que ir bien preparado de calzado y ropa para no estar empapado permanentemente.
El paso de los arroyos o de zonas pantanosas está resuelto si llevas en tu mochila las botas pantalón que te protegen hasta la ingle. No son para uso permanente porque hacen ruido y cansan; también son muy útiles para arrollar monte empapado de agua.
La naturaleza dota a estos territorios, con climas tan extremos, de extraordinarios recursos y en la brevedad de su primavera-verano florecen y fructifican todas las plantas en gran cantidad de tal modo que a las rastreras les vas pisando el fruto permanentemente. Hay entre ellos muchos comestibles, destacando los arándanos, de los que permanentemente nos íbamos regalando.
Sólo a través de avionetas. Para llegar a estos cazaderos, dada la escasez de tiempo de que disponemos, es necesario utilizar los servicios de los pequeños aviones, tan normales aquí.
Mi primer contacto con el mundo de los hidroaviones fue sorprendente y agradable. Sorprendente porque, en contra de la creencia generalizada de que un hidro es una máquina lenta y pesada, se comportan como verdaderos stol tomando y despegando con un poco de viento en morro en menos de 500 metros con unas cargas considerables. Agradable porque este tipo de vuelo ligero a baja altura te permite observar, con una magnífica perspectiva, todos los detalles para conformar la idea del terreno que vas a vivir intensamente.
La avioneta que nos ha prestado servicio, tantas veces como ha sido necesario, una vieja, mejor dicho antigua De Havilland metálica, motor radial de 8 cilindros, se tragaba todo lo que había en el embarcadero. Increíblemente entramos cinco personas y el equipaje de dos, incluidos suministros y tiendas de éstos para diez días, y además despegó holgadamente en la pequeña laguna que le sirve de base.
Después veríamos otros aviones sin flotadores, con las ruedas de gran balón, que estaban especializados en aterrizar en cualquier sitio que estuviera medio llano “a pesar del musgo y los bultos”. ¡Es admirable lo que estos pilotos hacen con todo tipo de tiempo y terreno! Sin ellos este país estaría mucho más solo.
Cacería durísima. Este viaje ha sido programado para un solo fin: cazar el gran alce. Por ser uno de los más grandes y espectaculares animales que se pueden cazar, está presente como objetivo de cualquier cazador, si bien ese aspecto bobalicón y las historias de que “se te viene a la mano” con el reclamo le quitan un poco de pique y quizás por eso lo he venido postergando hasta ahora. Una vez conocida, en mis circunstancias, tengo que reconocer que es una cacería durísima y de gran emoción.
El moose es una especie muy extendida en Europa, Asia y América, pero sólo en una pequeña zona de éstos dos últimos continentes se puede encontrar el gran alce: En la península de Kamchatka, en el extremo oriental de Siberia, y en algunas zonas de Alaska.
Kamchatka, famosa fundamentalmente por sus grandes osos y alces ha sido cazada, sobreexplotada, cerrada, vuelta a abrir, etc. Alaska, con una trayectoria mucho más regular, ofrece pocos chollos y muchas penalidades.
En esta duda estoy cuando, un día, contando “cosas”, Benito del Peral me refirió lo siguiente: van en un helicóptero intentando localizar un buen alce; el sistema es que una vez visto te sueltan y lo ojean con el helicóptero. Pues bien, localizan uno de los que “ya no quedan” y en vez de proceder según costumbre dan media vuelta y lo dejan tranquilo. Benito no acierta a comprender qué pasa y a través del intérprete le hacen saber que ése se lo van a guardar a un americano que les tiene encargado algo así. Benito, que no da crédito a sus oídos, se come el orgullo y les ofrece lo que haga falta. Los rusos ni contestan, terminan fatal y encima le obligan a pagar el helicóptero.
Me decanto por Alaska. Ni que decir tiene que, ante esta historia y la de Antonio, que se ha traído dos ”ositos” por indicación de su guía, aparco Kamchatka y me centro en Alaska.
Como en otras ocasiones Antonio y yo nos hacemos mutua compañía y por imperativo de los organizadores locales cazaremos del 6 al 15 de septiembre. Pronto parece para el celo y así se lo hacemos saber pero insisten. Después conoceremos que son los únicos días hábiles para esta zona y tipo de caza.
En mi primer vuelo en la De Havilland voy con mi guía Mike a un laguito. Antonio será llevado a otro similar a unos 6 kilómetros de nosotros. Desde nuestro punto de observación veíamos un cerro empinado que era su observatorio.
Una vez montado el campamento a orillas del lago y dada la imposibilidad legal de cazar el mismo día que se vuela, nos entretuvimos observando y pescando. Saqué varios peces llamados pikes, de buen tamaño, parecidos al lucio, verdosos, moteados de amarillo y muy bravos; uno tendría unos 80 cm., pero los hay de hasta de 140 cm. Su boca es temible y una pesadilla quitarle la cucharilla sin lastimarlos. Son buenos para comer, sobre todo cuando llevas varios días a base de botes.
Al segundo día, después de recorrer las inmediaciones, hacer reclamos con voz de hembra, de macho y golpeando palos –que dicen que vienen–, no hay ningún resultado. Además no hay rastros recientes. Llamamos a Tim, el jefe, que está con Antonio, para exponerle la situación y nos manda el avión para que nos vayamos con ellos. Allí hay un cerro con una vista muy amplia y mucha caza. El traslado en avión es muy cómodo pero tiene el inconveniente de que no podremos cazar hasta el día siguiente.
Al cerro-mirador se sube por una vereda empinada. Nos cargan como mulos con unas mochilas enormes con arnés de hierro. Llevamos los mínimos de supervivencia y un rifle, unos 20 Kg. Una vez arriba, cada uno ojea un ángulo hasta ver algún animal que salga a un claro. Así pasan dos días sin ver nada.
Divisamos el primer alce. Al tercer día Mike divisa, en un bosque claro, un alce bueno y como Antonio se ha ido a hacer un recorrido de rececho con Tim, salimos los dos después de ver cómo el macho se ha encamado en un claro a unos dos kilómetros.
El terreno despejado facilitó acercarnos sin ruido. El musgo es una sordina, pero cuando llegamos al lugar que debía estar no lo encontramos. Dimos vueltas al albur hasta que se arrancó al borde del bosque sin darme la oportunidad de verlo tapado por la mochila de Mike. Además había que quitar, de la boca del cañón del rifle, la cinta aislante que todos llevan. Se ve que le dan mucha importancia a evitar que se les tapone con barro y ninguna a tirar con la cinta puesta. Yo por si acaso preferí quitársela aun a costa de perder la oportunidad. Ésta había sido la mejor ocasión en cinco días. El desánimo se potencia en el cansancio así que por la noche estábamos poco habladores.
Estando ya acostados viene Mike, nos saca de las tiendas y dice que, si queremos, uno puede mañana ir hacia la gran montaña llamada Peters Plug, donde se encuentra Ches, socio de Tim. Ha visto alces buenos. Está a tres horas caminando. Hay que cargar con todo lo necesario para acampar allí el tiempo que sea preciso.
Antonio dice que no va. Yo me siento incómodo porque, compartiendo el lugar, he limitado sus posibilidades, y me hace ilusión la ventura, así que le digo que sí.
Aquella noche dormí mal pensando en lo que me dejaría atrás, que fue casi todo. Yo ando bien y tolero el rifle, como la bolsa de golf que me sirve de entrenamiento, pero eso no tiene nada que ver con cargar con 25 ó 30 kilogramos, andar por un suelo tan pesado, atravesar bosque con monte cerrado, meter la pata de vez en cuando y subir pendientes fuertes.
Conseguí, aún no sé cómo, que el intransigente Tim me permitiera ir sin rifle, tiraría con el de Mike, un .338 que me gustaba más que el .30-06 que me habían prestado. Nuestros rifles se han quedado atrás por falta de tiempo para cumplir los trámites de la dichosa normativa legal americana.
Dos alces. Tras tres horas de marcha sin parar llegamos empapados al pie de la Peters Plug completamente rodeada de pedrizas y coronada de los riscos de donde éstas provenían. De paredes bastante verticales, destaca absolutamente en todo el paisaje. Es el referente de aquella comarca. Estábamos ensimismados en su observación, mientras resollábamos, cuando oímos hablar y tras unas matas estaban acampados Ches y Wild, compañero de Mike.
Acababan de terminar una expedición de caza con un cliente entrado en carnes. Tenían localizados, desde la cima de la montaña, dos alces, uno grande y otro chico. El grande tiene cinco hembras y apenas sale a los claros entre la espesura. La zona es pantanosa. El cliente renunció a él y se conformó con el menor que tenía la entrada más fácil.
Concluyen las explicaciones, me dicen que me cargue y nos vamos Wild, Mike y yo. Ches espera un avión que viene a recogerlo. Arrancamos derechos a la montaña y a mi pregunta señalando arriba me hacen un gesto afirmativo. Lo pasé mal pero al fin estaba en la coronilla de aquella aguja. En ese momento nos envolvió la niebla que, arrastrada por un vientecillo fino, nos privó de la hermosa vista en la que no habíamos tenido tiempo de recrearnos. Un avión empezó a dar vueltas sobre nosotros sin cesar hasta que aprovechando un agujero que se abrió en la niebla a sotavento de la montaña se coló posándose como un pájaro, con sus grandes ruedas en el collado a 200 m. por debajo de nosotros. Venía a recoger a Ches.
Casi dos horas duró aquella niebla fría y ventosa. En la reducida cumbre se marcaban las huellas de un oso que pasaba con frecuencia por allí hasta hacer una senda. Wild dijo haber visto uno grande de riña con una osa que llevaba dos crías. Aquí no da nadie un paso sin su arma, ahora entiendo por qué. El brown bear –oso pardo– tiene fama de ser muy peligroso aunque, como todos los animales, evita al hombre.
Apareció el “monstruo”. Al fin se rajó la niebla y entre los jirones, en el fondo del valle, en un claro, estaba el alce que buscábamos a unos dos kilómetros y 400 metros abajo. Hermoso, claras las palas y sus hembras cerca. La visión fue fugaz, se tapó y no volvimos a verlo. Sólo las hembras daban testimonio de su proximidad.
– ¡Vamos¡ –Dijo Mike.
A encontrar la aguja en el pajar, pensé yo. Pero lo vi tan contento que me contagié. Antes de bajar establecimos un código de señales con Wild. Él permanecería en la cumbre para orientarnos cuando estuviéramos en el bosque. Los walkie-talkie no están permitidos para la caza, así que a lo primitivo.
La bajada por la cara opuesta era aún más empinada, si cabe, y ahora me habían obligado a cargar con el rifle de Wild que, colgado de la mochila, se me iba atrancando en todos los riscos. Cuando llegamos a lo peor respiré pues había unas matas recias de las que me iba colgando salvando así el último tramo hasta el sopié. ¡Hay que matar al bicho aunque sea para no volver a subir aquí!
Llegamos a la maraña, la mochila y el rifle colgado de ella atrancaba en las ramas, las caídas cada vez más frecuentes y las levantadas cada vez más lentas hasta que tomé la decisión: volvamos fuera.
Mike no comprendía pero mi decisión era firme, así que desandamos los 100 metros cortos que habíamos penetrado en el bosque.
Allí le planteé, sin saber nuestras lenguas recíprocas, la importancia de acercarse a un animal montuno con aquel tropel y además yo estaba al límite de mis fuerzas, o al menos eso creía.
Me debió ver tan decidido que accedió a que me despojara de toda la impedimenta, incluido el rifle. El conservó la suya aunque yo lo aligeré del arma.
Me costó mucho conseguir que diéramos un buen rodeo para tener el aire completamente de cara por sí en la proximidad había que rectificar. Cada vez que salíamos a un claro mirábamos con los prismáticos a la montaña y Wild nos señalaba la dirección.
Tiro a veinte metros. Casi dos horas duraba ya el silencioso rececho cuando vimos una hembra que marchaba ante nosotros despacio sin habernos visto. Muy en guardia, yo delante, cuando rodeando un clarito lo vi parado entre los árboles en lo más apretado del monte, enorme, los cuernos sólo se le adivinaban.¿Sería el grande? Estaría a unos 20 metros. No nos percibía. En un susurro le pregunto a Mike ¿si o no? Me responde que ¡sí! Apunto y no hay más que leña por todas partes. Busco un poco de pellejo entre las ramas y tiro.
Carrera del bicho y otro tiro al “jabaleo” del monte. Se deja ver un poco y le suelto el tercero con sensación de trasero. Sale al claro y se para, “amorcillado”, pensé yo. Afino al cuello –ahora sí veo bien– y le tiro mi última bala. Se desplomó pesadamente. Corrimos a él y cuando lo vi me llevé una sorpresa: sólo tenía dos tiros, uno en la panza y el del cuello. La leña me había jugado una mala pasada y si nos hubiera tenido localizados, seguro que no se destapa ese momento tan preciso. Verdaderamente la suerte ha estado hoy conmigo. Fue lo último que me dijo por la mañana Tim, parece que hace un mes, good luck.
Grande de cuerpo y grande de cuerna, conseguí a tiempo que no le pusiera el precinto antes de hacer las fotos, pero había que volver a la mochila donde con la precipitación se quedó la máquina.
Como éramos dos, si uno iba con el rifle el otro se quedaba junto a la carne desarmado, y viceversa. “No posible, brown bear here (el oso pardo esta aquí)”. La verdad es que tiene regustillo pensarlo aunque nunca aparezca. Fuimos los dos a por la máquina mientras Wild se reunía con nosotros.
La ley obliga a llevarse toda la carne del animal cazado, además valen un lindo dinero los más de 500 kilogramos de carne limpia. Espero que les compense el sufrimiento que pasaron Mike y Wild para arreglar y trasportar al collado sólo el primer viaje. Llevarían entre los dos más de 200 kilogramos. El resto lo sacaron el día siguiente a la playa.
Salimos a las 8 a.m., llegamos al nuevo campamento a las 11. Paramos dos horas en la montaña y otras dos arreglando la carne. Caminamos 10 horas. Creo que nos lo hemos ganado.
Antonio mató su alce dos días antes de la vuelta. Yo estaba más que preocupado y es que diez días sin posibilidades desmoralizan a cualquiera. Yo por animarlo, pero convencido, le decía que cada día que quedaba hacía por 5 de los primeros porque el celo estaba empezando ahora. La mano negra de los ecologistas es larga y han conseguido que, además de la razonable limitación de capturas, se establezca un periodo hábil del 5 al 15 de septiembre, siendo esta última fecha el comienzo del celo.
Justas limitaciones. Hay otras limitaciones que son bastantes razonables. Por ejemplo están prohibidos los traslados en helicóptero a los campamentos de caza y gracias a eso, además de evitar el fraude de algún desaprensivo, quedan extensas zonas donde los aviones no pueden aterrizar y no hay lagos para los hidros que constituyen una extraordinaria reserva para la especie. Sabiendo esto se me ocurre lo interesante que hubiera sido averiguar si a partir del último punto de avión se podía continuar a caballo por la cresta de las montañas hasta un lugar de observación idóneo para establecer el campamento. Si se dispone de tiempo extra, adelantar una semana la llegada y el día de apertura de veda te permitiría estar situado.
Lo digo a modo de reflexión porque yo ya tengo un alce suficientemente grande para no repetir y tampoco pasar aquí veinte días. De cualquier manera ahí está la idea por si alguien aspira a conseguir, en este territorio de grandes alces, el más grande.
Al llegar a Iliamna hicimos gestiones para adelantar la vuelta dos días sobrantes y no hubo forma. El vuelo diario regular del avioncito a Anchorage se ha ampliado estos días a seis. A pesar de todo van llenos y tendremos que esperar a nuestra plaza.
Dos días en una casa cómoda como la que soñábamos en el campamento dan mucho de sí y surgen tal cantidad de proyectos que va ha haber que pedir prórroga de vida para poder cumplirlos. Mi guía, Mike, me ofrece en Oregón el ciervo cola blanca, el ciervo mula y el puma. Se cazan en invierno y como está cerca de Reno puede ser un aliciente visitar la mayor y mejor feria de caza del mundo.