Grandes firmas
Juan de Dios García Martínez
Última actualización 25/08/2008@14:23:58 GMT+1
Corría finales de marzo y como tantas otras tardes me disponía a realizar, con el permiso preceptivo, un aguardo al zorro. Mediada la tarde, teniendo en cuenta la dirección del viento –algo primordial en estos menesteres– y la posible querencia del zorro en su correría vespertina, elegí la linde del monte con una siembra de cereal en crecimiento, que al igual que todo el entorno clamaba el agua que en este año, al igual que el anterior, se resiste a llegar.
Con el menor ruido posible fui acercándome al lugar elegido para tal menester. Nada más llegar al sitio que entendí de más visibilidad, me apresuré a construir un pequeño parapeto con ramas secas y algunos brotes de arbusto. Una vez instalado tras él y sentado lo más cómodamente posible –hay que tener en cuenta que estos aguardos suelen durar entre dos y tres horas– retoqué la pantalla hasta dejar sólo visible la cabeza y así me dispuse a esperar pacientemente acontecimientos. A mi espalda quedaba por tanto el monte y a unos escasos diez metros un vivar de conejos muy tomado, a juzgar por los numerosos rastros visibles.
No habrían pasado treinta minutos cuando el primer conejo se apresuró a salir de su refugio montuno y se acercó a la parcela de siembra y posteriormente lo harían escalonadamente varios congéneres hasta contabilizar no menos de 15 ó 20 individuos y alguna liebre, los más próximos a mí a una distancia que no sería mayor de cinco metros. Comían con fruición entre esporádicos juegos y carreras para marcar la jerarquía.
Yo me entretenía escrutando el campo con los prismáticos, atento a cada movimiento ya fuera lejano o cercano, así como a todo tipo de ruidos que durante esas horas de espera suelen producirse.
Ya con el sol puesto y cuando las sombras lo empiezan a cubrir todo, los conejos que en un principio comían en la misma linde del monte se encontraban algo más alejados, dentro ya de la siembra. En un momento dado todos los conejos y liebres, como activados por un resorte mágico, emprendieron una veloz carrera hacia el monte y particularmente hacia donde yo estaba. Rápidamente quité el seguro del arma presintiendo la presencia del zorro, pero para mi sorpresa vi, cuando ya todos los conejos alcanzaban la linde del refugio seguro, cómo el último fue apresado por las garras de un azor que con presteza se disponía a darle muerte.
El animal apresado chillaba al sentir las garras del ave sobre su nuca y lomo. Egoístamente dejé hacer al ave, porque es sabido que cuando un conejo moribundo chilla, automáticamente hace acto de presencia el zorro si éste no se encuentra lejos. No obstante la rapaz no estaba tranquila, presentía que algo ajeno había en el monte y no se confiaba. Yo asistí al espectáculo con la más absoluta inmovilidad, ni siquiera respiraba, en los segundos que duró el lance. Pasados unos segundos, el conejo dejó de gemir y el ave, insegura, sin duda presintiendo algo extraño, alzó el vuelo otra vez, momento que aprovechó nuestro conejo para erguirse y con trote inseguro vino a refugiarse en el vivar de mi espalda. Cuando pasó a escasos 50 centímetros de mi bota, muy suavemente le susurré: “Tío, me debes una”, y al pronto salió brincando como alma que lleva el diablo a su refugio seguro. Después la noche quedó serena con sus ruidos y sus silencios. Ah, el zorro no hizo acto de presencia, pero después de lo vivido, a quién le importa.