Opinión
Ramón J. Soria Breña
Última actualización 25/08/2008@14:37:48 GMT+1
Gracias a las atípicas lluvias de mayo y junio el campo está lleno de hierba y de insectos. Hacía muchos años que no veía tantos pequeños saltamontes y tantas flores en mis paseos camperos por Extremadura: los Ibores, la Vera, la sierra de Gata… así que espero que esta abundancia de comida le venga muy bien a toda la fauna que se alimenta de ellos y a la consiguiente cadena trófica, en la que también estamos los cazadores.
Ha llovido muchos días y los ríos y las gargantas de mi tierra tienen más agua que nunca, alejando por unos meses el fantasma del cambio climático y la desertización. Escucho en muchas bocas eso de que “el campo está bonito” –“bonito” es un adjetivo desterrado de mi casa, hay otros más precisos– y sé por datos económicos que esa belleza se traduce en un incremento exponencial tanto de la oferta de turismo rural como de su demanda, un incremento no apuntado ni por las más optimistas proyecciones de hace unos años.
El campo es cada vez más atractivo para más gente y los datos describen a un visitante interesado, cuidadoso, curioso, que gasta con gusto y aprecia sobre todo “lo auténtico”. A este visitante se le está cuidando y mimando, demanda un servicio muy personalizado y su fidelidad depende de esto. Nada que ver con la venta de paquetes turísticos masivos de sol y playa de hace años.
El cazador, muy valorado. Como amante de las soledades me disgusta un poco esta nueva realidad, como sociólogo valoro positivamente este cambio económico, como cazador entiendo que soy, somos, parte de esos ciudadanos que utilizamos cada vez más los excelentes servicios hoteleros de turismo rural e intuyo que debemos ser de los más fieles y más gastadores. Una parte de los pequeños empresarios que están detrás de esa oferta lo ha entendido muy bien, sobre todo porque los cazadores y los pescadores ocupamos esas casas y hoteles rurales en temporada baja y, como me han dicho muchos hoteleros, porque los cazadores son “buenos prescriptores y saben entusiasmar a su red de contactos” sobre las excelencias de tal o cual hotelito, restaurante o tienda de quesos, miel, embutidos… “de la tierra”, sobre la belleza de un paisaje, la fauna que puede contemplarse o qué rutas, paseos o visitas hacer. También nos aprecian especialmente porque somos excelentes clientes de restauración, buenos “exploradores” de platos y vinos. Y, sobre todo, fieles. Nos gusta volver a donde nos trataron bien.
Siento donde voy este aprecio de los restauradores y hoteleros. El aprecio es mutuo ya que percibo constantemente el cariño y el esfuerzo que hay detrás de sus servicios, la calidad que ofrecen, muchas veces muy por encima de lo que pago, su interés e inquietud por ser cada vez mejores, por no dormirse en los laureles ni caer en la masificación o en el error de considerar a esos visitantes “turistas”.
No parece que vaya ocurrir con el turismo agrario lo que ocurrió con nuestra playas. No es el turismo rural un problema medioambiental como sí lo son los incendios, el uso y abuso de los acuíferos, el uso y abuso de pesticidas agrícolas o el urbanismo irracional de las costas. Se podrá criticar en este tipo de “turismo” el abuso de los clichés agrícolas y de la decoración pseudorústica o la difusión de una imagen prístina y bucólica de un campo psudosalvaje, o ciertos menús de fabada de lata, como el anuncio… pero hasta esos pequeños defectos están siendo eliminados. Son ya muchos miles los ciudadanos que buscan en el campo eso que no encuentran en las ciudades donde viven y serán muchos miles más los que busquen en el turismo rural una forma de descanso, de evasión y de cultura que no encuentran en las playas del Caribe o debajo de una sombrilla. Siento que mi amigo y sociólogo rural Josechu Mazariegos no pueda ya ver lo que hace muchos años pronosticó con acierto, ese interés, ese deseo intenso por volver a nuestro agro, al lugar del que huyeron hace décadas nuestros padres y en el que ahora buscamos eso que llamamos “autenticidad” –otro adjetivo igual de vago que “bonito”–.
Me decía Josechu hace veinte años: “No sabéis lo que tenéis, ahora tenéis el campo para vosotros solos los cazadores y eso es un lujo. Pero se os va a acabar el chollo, la gente va a volver al campo, al lugar de la memoria, de lo auténtico. Si el hombre no toca la tierra se atrofia”. Y yo: “Venga Josechu, no exageres, que al campo sólo vuelven cuatro comelechugas”. Hoy descubro, como tantas veces, que me equivocaba.