Hemeroteca :: 01/10/2008
23/29
Reportajes

José I. Ñudi

Última actualización 30/09/2008@10:42:02 GMT+1
La caza está llena de casualidades, incluso algunas confirman o echan por tierra algunas teorías o supuestas verdades sobre los animales y sus comportamientos.

El pasado mes de mayo mi buen amigo asturiano Rafael González Muñiz me llama por si quiero intentarlo de nuevo con los corzos de su tierra, en concreto con los de su precioso pueblo, Cudillero, legendario puerto vikingo en el norte de la Península.
Era mi tercer intento después de dos anteriores fallidos, en los años 2005 y 2006, donde no pude tirar ninguno, aunque bien sabe Rafa que eso para mí no tiene mucha importancia si puedo cazar mucho y a gusto. En esto de la caza, sobre todo cuando se trata de corzos asturianos, hago mía aquella frase que un día me dijo Eduardo de Aranzadi, nuestro insigne cazador de patos y becacinas: “Ignacio, yo he cazado mucho, pero he matado poco”.

No es que no haya corzos en Asturias, que los hay, aunque la gente se queje de su escaso trofeo, cosa que a mí, la verdad, me trae al fresco. Lo que más me gusta del corzo es cazarlo en ese entorno mágico de la primavera, y por supuesto saborear su exquisita carne.

Decía que el corzo abunda en Asturias, pero como por razones de trabajo dejaba siempre mis aventuras corceras para el final, cuando la hierba medía metro y medio y los más asequibles estaban ya en el taxidermista, pues no era capaz de ver un corzo. Y los poquísimos que vi nunca me dejaron ponerme a tiro.

Una espera vespertina. Dicho todo esto, en este tercer intento le dije a Rafa que a ver si esta vez me lo podía “amarrar”. A tanto no pudo llegar, pero al parecer tenían localizado uno en unos prados que no sumaban más de siete hectáreas.

La misma tarde que llegué Emilio, un amigo común, me dejó a su vez en manos de Fernando Arango, a quien todos conocen como Pancho, quien me condujo a los supuestos dominios de nuestro corzo.

Pancho es una de estas personas a las que les sobra nobleza y lealtad. Cazador rural y conocedor del terreno, me apuntó los lugares en los que había visto días atrás a nuestro amigo. Caminamos por un pequeño sendero y en una esquinita a pie del mismo en la que dominaba el cazadero, me dijo que me quedara mientras él revisaba unos prados a mi espalda.

Me senté en la hierba junto a un poste de alambrada que, en caso de necesidad, me podía servir de apoyo. Con las prisas, ni banquillo ni bastón llevé. Ante mí tenía dos pequeños prados y otro más amplio a mi izquierda. En uno de los cercaditos de delante pastaban dos yeguas con sus potros. Al fondo a mi derecha discurría un arroyuelo arropado por una exuberante floresta de la que me llegaban los trinos de los ruiseñores.

Al poco de irse Pancho, una corza aparece en el cercado de mi izquierda. La noto desconfiada por lo rápido que recorre la zona más abierta y despejada hasta ganar la inmediaciones de un gran zarzal y desaparecer al poco tiempo. Por su procedencia, debía estar encamada al borde del sendero por el que acabábamos de pasar, de ahí su nerviosismo.

La tarde estaba preciosa, aunque poco tiempo le quedaba para morir. De repente, los potros inician una carrera alocada. Sin duda algo los había asustado. En décimas de segundo pensé y descarté que pudiera ser algún paisano porque antes que los potros tendría que haberlo visto yo.

Le chisté y se paró. Una presencia no humana, como dirían los amantes de los fenómenos extraños, había roto la tranquilidad del lugar. Me puse en guardia, levanté la cara para mirar la senda que una hora antes había recorrido junto a Pancho... y nuestras miradas, la mía y la de un zorro joven, se encontraron a pocos metros. Inmediatamente se dio la vuelta y salió corriendo por donde vino. Me puse de rodillas, le eché el visor –que estaba en seis aumentos y no me había dado tiempo a cambiar– y cuando más o menos lo tuve le chisté. Se paró, me miró un segundo y pude apretar el gatillo, quedando muerto en mitad del camino. Un lance precioso.

Al poco tiempo llegó Pancho emocionado pensando en el corzo, pero ya a distancia, para quitarle cuanto antes sus falsas esperanzas, le aclaré que era un zorro lo que había tirado. El pobre no pudo esconder su contrariedad, pero inmediatamente dulcificó la situación diciendo lo contento que se iba a poner un paisano de la zona al que le estaban dejando sin gallinas.

Temía Pancho que ese tiro a última hora de la tarde hacía inviable esperar en la misma zona a la mañana siguiente, como estaba previsto, pero le aclaré que no tenía importancia porque ningún corzo habría relacionado el tiro con una agresión.

El siguiente amanecer. Al siguiente amanecer, esta vez con Rafa, volví a hacer el mismo recorrido hasta llegar al lugar en el que estuve de espera. Me detuve allí unos segundos antes de seguir tras los pasos de Rafa, cincuenta metros por delante, y miré con los prismáticos hacía donde la tarde anterior vi la corza. En un claro-oscuro la vuelvo a ver. Pero no, no era la corza, sino un vareto. Lo observo un par de minutos hasta que con sigilo busco a Rafa para contárselo. A lo mejor cerca podía estar el corzo que buscábamos
Volvemos sobre nuestros pasos y le indico por dónde se ha metido. Desandamos el camino buscándolo. Por encima de nosotros hay otro prado que se había quemado el año anterior que no veíamos. Lo vuelvo a ver en las inmediaciones de la zarza donde la tarde anterior desapareció la corza y le paso a Rafa mis prismáticos. Yo estoy delante de él y ya el prado de nuestra izquierda aparece casi al completo. Y mientras Rafa mira hacia el prado de delante buscando el vareto, compruebo con sorpresa que lo tengo en el prado de nuestra izquierda, a treinta metros a la izquierda de donde supuestamente lo vi la última vez. Pero no es el mismo. Lo sé porque a simple vista distingo sus cuernas perfectamente. Nervioso se lo comunico a Rafa, que mira y me dice con urgencia que tire.

Lo tengo a 60 metros, pero quiero asegurar el tiro. Sigo desandando el camino agachado, tapado por la misma ladera del prado, buscando un apoyo seguro en uno de los postes de la alambrada. De repente veo la sangre reseca del zorro que maté y a dos metros, un poste perfecto para apoyarme. Tardo varios segundos en apretar el gatillo y al tiro cae a plomo con un tiro de codillo alto que le ha roto, además, la columna. El reloj acababa de dar las siete de la mañana.

Las cosas que pasan en la caza. En pocas horas había abatido en pocos metros cuadrados un zorro y un corzo, y éste último lo tiré prácticamente desde el mismo lugar en el que abatí el raposo. Como me ha pasado ya otras veces, la aparición de un zorro, que siempre que puedo tiro sin contemplaciones, me proporcionó un bonito lance y quizá esa suerte que me faltaba con los corzos asturianos.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (1)   No(0)
23/29
Comparte esta noticia  

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de TrofeoCaza.com, web oficial de la revista Trofeo, decana del mundo cinegético
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • Su dirección de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.