Grandes firmas
Desde hornachuelos
Mariano Aguayo Fernández de Córdova
Última actualización 30/09/2008@10:11:59 GMT+1
Recuerdo los felices días de berrea de mi niñez. Nos íbamos diez o doce amigos a Los Lázaros, cuando la finca estaba abierta. Las Pilillas, El Ciburco, Los Lázaros y el Temblaero…, miles de hectáreas cerradas de monte y con cochinos y reses que entraban y salían a sus anchas bajando por la Loma de la Higuera hacia donde les venía en gana. No había cercas que limitasen la migración y nosotros, con catorce años, capitaneados por los primos Alfonso y Salvador Herruzo, hacíamos lo que nos daba la gana. Al amanecer, de berrea y a buscar algún cochino y, después, todo el día para andurrear con lo que saliera.
Después ya invitaban a Pilar y Cecilia Herruzo, más que amigas hermanas mías, y fueron llegando chicas y más amigos de su hermano, con lo que nos pasábamos la temporada de berrea tan ricamente.
La berrea transforma el campo, las reses se hacen mucho más visibles, están lógicamente a lo único que les importa y el verano recién terminado permite disfrutarlas en un ambiente muy especial. Para mí, cuando de verdad se disfruta la berrea es cuando caen con fuerza las primeras lluvias. Su sonido llega a ser sobrecogedor. Cuando, sin darte cuenta, se te mete un venado en celo a unos cuantos metros en un espacio recogido, te puede pegar hasta un buen susto.
También en la Marisma. Recuerdo en El Coto del Rey, en Doñana, cómo por la noche en la marisma la berrea sonaba distinta que en la sierra. Los Basagoiti Noguera, también excelentes aficionados a la escopeta y a los caballos, liderados por su querido y recordado hermano mayor Luis, montaban temporadas en la berrea para amigos de Sevilla a las que se unían los cordobeses José Gayán, Toni Núñez y tantos otros.
Y nos recorríamos la marisma a caballo con las lanzas detrás de los cochinos con ese guarda mayor inolvidable que fue Antonio Arranz.
De mayores ya nos íbamos al Alta, donde Carlos Martínez, otro buen amigo que también desgraciadamente se nos fue, era el alma de la animación de la finca. Organizaba los paseos, daba bromas y nos hacía sentirnos a gusto.
La berrea es como el pájaro, es de temporada. No se debe ir un día a la berrea. Hay que disfrutarla continuadamente, gozar de los primeros chaparrones que animan a los venados y hacen brotarse a las ciervas. Ir conociendo la voz de éste u otro venado bueno, intentar acertar cuál será el venado que tiró en primavera esos fantásticos desmogues. Todo ello es una cuestión de días, no de horas.
Vivir la berrea, con sus amaneceres, sus crepúsculos y sus tertulias, es un placer que hay que vivir a ritmo antiguo para llegar a dominarlo.