Hemeroteca :: 01/10/2008
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Última actualización 30/09/2008@10:13:40 GMT+1
FUE DE DESCASTE Y TERMINÓ SIENDO atacado por seres de otro mundo. Dicen que los cazadores somos exagerados y, la verdad, con historias como ÉSTA NO ES PARA menos QUE PIENSEN ASÍ.

Texto: Carlos Enrique
López Martínez

Dibujo: Pablo Capote
Desde muy pequeño, he sido un gran aficionado a todo lo relacionado con fenómenos paranormales. Cuando apenas era un niño, no me perdía un programa del profesor Jiménez del Oso y todavía hoy rozando los cincuenta, me gusta ojear la revista Mas Allá en las noches de verano, mirando de vez en cuando a lo más profundo del cielo, tratando de descubrir un “contacto”. Tengo que admitir que soy fácilmente influenciable a través de la buena lectura y que cuando tropiezo con algo verdaderamente interesante, más que leer, me lo bebo a pequeños sorbos que disfruto enormemente. Me pone el vello de punta cualquier relato relacionado con “encuentros”, y siempre me viene a la mente el mío.

La “Aceitosilla” es un pequeño coto de menor que discurre a la derecha de la carretera que une Linares con la presa del pantano de la Fernandina. La carretera es muy estrecha y marca la división del coto con otro, propiedad entonces de D. Ramón Segura, ganadero de bravo que tenía sus vacas madres pastando en esta finca. Se podían admirar a escasos metros, desde el coche, los novillos y en ocasiones alguna corrida de las que apartaban para su inmediata lidia. Desconozco si aquellos terrenos seguirán perteneciendo al ganadero, ni aquel coto de la “Aceitosilla” seguirá siendo de mi amigo Orzaes. Pero en aquellos terrenos tuvo lugar mi “contacto” durante una jornada de caza que siempre recordaré por el miedo y por la experiencia vivida, sin duda única.

Había regresado a Linares después de una larga temporada viviendo en Sevilla, entrada ya la época que entonces era “el descaste”. En mi sociedad ya habían cerrado los días sin perros y estaban a la espera de la apertura de la tórtola, con lo que me hubiera quedado sin poder dar unos tiros a los conejetes de verano en las horas de sesteo de no ser porque elevé mi llanto al cielo en un bar y Orzaes, siempre generoso y buen amigo, me pudo oír
En una servilleta de papel me firmó el permiso de puño y letra para que pudiera bajar a la tarde siguiente a su coto a pegar unos tiros. Guardé escrupulosamente el documento en mi cartera, aprovechando para pagar lo que habíamos tomado, y convine en respetar el cupo previsto que estaba fijado en cuatro ejemplares, jurando que si era capaz de abatir un par de ellos ya podría darme con un canto en los dientes, ya que el conejo de chanteo no es precisamente mi especialidad venatoria. La disfruto enormemente cuando tengo la ocasión, aunque me declaro especialista en aquello de mucho ruido y pocas nueces.

Me habían indicado los propios socios del coto –que fueron compañeros en la reunión donde recibí el permiso– la conveniencia de dejar el coche en un rodalillo sin pasto que hay justo al principio del acotado al borde mismo de la carretera para prevenir un disgusto en caso de incendios que en esta zona son desgraciadamente frecuentes, aunque controlados eficazmente por los bomberos de Linares.

Los cerca de cuarenta grados a la sombra no me amilanaron. Entonces era más joven. Al salir del coche, la carretera despedía un humo transparente. Las langostas “chillaban” entre el pasto seco en un concierto irritante que impedía escuchar otro sonido que no fuera su canto y mis pasos. Una torcaz rompió con escandaloso vuelo desde el chaparro al que me acercaba y el estrépito del batir de sus alas hizo callarse un momento a las langostas, que segundos después reanudaron su concierto con más fuerza si cabe.

Estaba felicitándome internamente por las buenas rastrojeras que había comprado la tarde anterior en la armería de Vargas cuando de los pies me arrancó un conejo que paso como un rayo entre las retamas en dirección a la carretera. Del primer tiro no cogió ni el olor a pólvora, pero su larga carrera en busca de los peñones del otro lado me permitieron afinar el segundo, que aunque trasero, fue eficaz merced a la munición del seis que me gusta llevar en el izquierdo. A pesar del revolcón, el animalillo consiguió cruzar y meterse en la otra finca, donde lo perdí de vista al entrar en un lentisco que había entre mi posición y la madriguera, que a buen seguro estaba en los peñones. Al no verlo salir por el otro lado, me animé a bajar convencido de que el tiro, a pesar de la distancia, había sido bueno.

No me hacía mucha gracia meterme en lo de D. Ramón por dos motivos: por estar en la misma carretera por la que podían pasar “los civiles” en cualquier momento, y por poder tropezar con uno de aquellos toros que vistos desde el coche eran preciosos, pero que a distancia más corta perdían bastante su encanto. No obstante, menos gracia me hacía dejarme allí un conejo posiblemente muerto. Para evitar posibles malentendidos desmonté la escopeta y con una mitad en cada mano me acerqué a los alambres y, después de comprobar que no había ningún toro a la vista, salté la alambrada. Recogí la escopeta y con los cañones en una mano y la culata en otra, me dirigí con paso decidido a la mata de la que no había visto salir al conejo. Con esta actitud pretendía que si alguien me estaba observando quedara claro que mi intención no era la de furtivear en la finca. Al llegar al lentisco dejé la escopeta en el suelo, me descolgué el morral y me puse de rodillas mirando al interior de la mata. ¡Bien!, el rabillo blanco caído a un lado no dejaba opción a la duda: mi conejo estaba allí, muerto. Apenas me separaban de él dos metros en el interior del arbusto, distancia que estaba dispuesto a “bucear” o a comerme la mata, si era preciso. Opté por la primera opción, me tumbé cuan largo soy y hasta creo que me gustó cuando se me metió el polvo del pasto en la nariz. La vista de mi conejo y su proximidad hacían agradable cualquier cosa. Introduje en la mata todo el cuerpo y alargué la mano hasta poder tocarlo, lo atraje hacía mí con suavidad, casi con cariño. Con los codos apoyados en el suelo disfruté por un segundo del frescor de la sombra del lentisco y acaricié el lomo del conejo muerto. Era un macho del año. Empecé a reptar en sentido opuesto y al volver la cara para confirmar que iba en la dirección correcta, vi sus piernas. Todavía hoy no puedo describir la sensación que experimenté. Noté frío a pesar de estar sudando a chorros. Cerré los ojos, repasé mentalmente los últimos segundos, y tras asegurarme que estaba despierto pasaron por mi cabeza una sucesión de imágenes de las diferentes películas que había visto: “E.T”., “Encuentros en la tercera fase”, “Objetivo O.V.N.I.”... La mayoría coincidían con las descripciones que también había leído: estatura media... piel de lagarto... escamas. Desde mi posición solo podía ver sus piernas. Eran más delgadas que las de un humano pero parecidas en su forma, aunque recubiertas de escamas y pelo salteado. Las botas terminaban en pico, pero abiertas en dos en forma de “V” y eran de un material para mí desconocido.

La dificultad de mi postura, tumbado boca abajo con la cabeza vuelta hacia atrás, no era la soñada para un “contacto” pero el miedo me impedía adoptar cualquier otra y la prudencia me aconsejaba no mover un músculo para evitar ser descubierto. ¡Dios mío, tenía más de media pierna fuera del lentisco y a menos de medio metro de sus pies! ¿Me abrían visto ellos a mí? Y, en todo caso, ¿sería su actitud agresiva?
¡La madre que me parió! Y para colmo la escopeta desmontada y también a sus pies. Si conseguía volver a entrar en el lentisco sin llamar su atención podría esperar a que se alejaran un poco, salir y ponerme en pie, recoger el arma y ya de pie y con la escopeta en la mano, podíamos empezar el diálogo en otras condiciones. Además seguramente vendrían en son de paz.

Volví a mirar al interior del lentisco e hice intención de reptar hacia dentro. No pude. El ataque inicial fue brutal, no sabía con qué tipo de arma descargaron un tremendo golpe en mi tobillo derecho, que salvé sin duda gracias a las rastrojeras y a las botas de becerro. El pánico puso pólvora en mis piernas y volé dando gritos por el otro lado de la mata que atravesé a medio incorporar. No levanté la cabeza hasta alcanzar la carretera después de un salto magistral de la alambrada.

Pero no podía seguir huyendo, ¡los extraterrestres me habían elegido a mí! O podía ser fortuito el encuentro pero el caso es que estaban allí, conmigo. Era un momento cumbre en la historia de la humanidad. Aunque me habían atacado no me habían perseguido para hacerme más daño. Al fin me decidí, volví sobre mis pasos. Remonté, escuchando mi corazón en las sienes, el cerrillo que me impedía ver su posición y allí estaban, junto a mi escopeta desarmada que yacía impotente a sus pies: eran dos enormes avestruces que, luego supe, Ramón Segura había introducido en su finca de forma experimental. Todavía hoy se me pone el vello de punta al recordar el episodio y el dolor que me produjo en el tobillo el picotazo de uno de aquellos “extraterrestres”. A pesar de todo estoy seguro que “no estamos solos” (de hecho, la Narbona tiene que estar observándonos desde algún lugar oculto mientras elabora su próxima pócima anticaza).
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