Hemeroteca :: 01/11/2008
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Última actualización 30/10/2008@15:26:11 GMT+1
A veces, en función de las circunstancias y de la gente que nos acompañe, un excelente resultado cinegético puede convertirse en un problema, como le sucedió al autor de esta historia de la caza.

Justo Pérez Ruiz

Dibujo: Pablo Capote
Cuando aquella mañana de finales de agosto llegué a la empresa donde trabajaba en Sevilla, había en la mesa de mi oficina una nota del director para que, sin demora, pasara por su despacho. Estaba solo y pudimos saludarnos como buenos amigos.
José Manuel Tassara era ingeniero agrónomo y se había hecho cargo recientemente de la dirección de la empresa en la que yo ejercía como perito agrícola desde hacía varios años. Su hermano Gabriel ocupaba el cargo de jefe de cultivos, y ambos destacaban por su amabilidad y simpatía. Pertenecían a una familia muy conocida en la capital y José Manuel era cuñado de Carlos Oriol, que llevaba la administración de la finca El Esparragal, propiedad de su familia.
– Justo –me dice José Manuel–, me han venido rumores que hay en El Esparragal una tirada de tórtolas impresionante. El pájaro está comiendo en una parcela de girasol que falta por cosechar.
– Sí, está entre la carretera y Guillena, pero si no te das prisa las cosechadoras acaban en tres o cuatro días.
– Yo no le digo nada a mi cuñado –prosiguió–, pero tú puedes, si te acercas a la finca, comentar delante del perito que me gustaría ir para que por ese conducto se entere D. Carlos. ¿Cómo lo ves?
– Me parece una buena idea. Mañana tenía que ir a ver el algodón, pero si tú lo apruebas, salgo ahora mismo.
– ¡Venga! –me contestó, y me fui como una bala a Saltera donde residía mi capataz, Manuel Leal, que llevaba esa zona.

No quiero alargarme, pero lo cierto es que el procedimiento dio su fruto, como correspondía a la gentileza de Carlos Oriol, y al día siguiente, muy temprano, recibo la llamada de mi jefe que me dice el muy…
– Justo, gracias por el trabajo. La tirada será esta tarde y vendrá conmigo Luis Ybarra; ya te contaré el resultado.

Me quedé de piedra, aunque me pareció oír una risita, y después…
– Tú vendrás también… ¿No?
Estuve a punto de colgarle. Quedamos a las tres en la ermita de la Patrona de Gerena, que está enclavada dentro de la finca. Llegué yo primero con mi amigo Antonio El Merino, que se me había ofrecido como “secretario”, y al poco aparecieron José Manuel y Luis Ybarra acompañados por el guarda.

Magnífica finca. El Esparragal es una inmensa finca situada en la provincia de Sevilla que se extiende entre los términos municipales de Gerena y Guillena. Tiene tres zonas bien definidas: la zona de riego donde se cultiva algodón y maíz; la segunda es de secano, alternando girasol-trigo, que es lo más rentable, y por fin la dehesa y sierra donde pastan cientos de vacas retintas puras con premios en todas las ferias de ganado donde se presentan y unas manchas de caza mayor bien gestionadas que cada año consiguen mejores trofeos en sus monterías y recechos.

Antonio, guarda mayor con cuatro más a su cargo, procede de Cantargallo, finca extremeña de Fernando Robina. Nadie se ha explicado aún qué artimaña pudo emplear D. Carlos Oriol para su traspaso a El Esparragal.

Alimañero nato, tenía la finca limpia de depredadores. La caza se criaba cada vez mejor y ya los americanos venían buscando la codiciada patirroja.

Yo visitaba todas las semanas la finca para vigilar los cultivos de girasol y algodón, cuyas producciones tenía mi empresa contratadas, y veía al guarda con frecuencia.

Una tarde estábamos los dos solos arriba en el pantano, y de pronto se me quedó mirando y me dice:
– ¿A usted le gustaría ver un jabato bueno?
Le contesté afirmativamente con la cabeza, pues me entró un escalofrío que no me dejó pronunciar palabra. Entonces Antonio empezó a llamar hacia la mancha que teníamos delante con un tono especial difícil de imitar y a los pocos minutos me señaló una trocha por donde venía bajando un jabalí que cuando llegó a veinte metros de nosotros lo califiqué como el sueño del montero más exigente.

Venía de una baña cercana y estuvo unos instantes mirando, hasta que con un bufido característico dio media vuelta y se largó. Antonio lo había criado desde que era un rayón y mataron a su madre. Lo encerraban en un “cercón” el tiempo de montería y luego era un atractivo turístico más de la finca.

En medio del girasol. Cuando llegamos al lugar donde íbamos a dejar los coches, el guarda me señaló una chaparra que había en una ladera dentro del girasol y me preguntó si me parecía aquel buen sitio para el puesto de José Manuel. Le dije que sí porque la tórtola tomaría la chaparra como punto de referencia.

Ocuparon la chaparra José Manuel y el guarda. Luis Ybarra se colocó a la izquierda en unas escobas que había a unos doscientos metros, mientras mi secretario, que se había desplazado a la derecha, encontraba un punto indefinido en aquel mar de girasoles, donde decidimos hacer un puesto.

Ya empezaban a oírse los disparos de Luis, y El Merino, que tenía los nervios desatados, con la boca llena de humo del cigarro me decía “hum, hum”, avisándome las tórtolas por encima de nosotros.
– Tranquilo, Antonio –le dije.

Aquel día casi lo rompo, pues todos sabemos las dificultades de cobro que tiene un girasol.

Sobre las cuatro empezamos a tirar en serio. Mi dos Benelli no paraban, escogiendo pájaros de tantos que entraban y evitando las perdices que se me venían como en un ojeo.

A las cinco y media aparece mi secretario con los brazos arañados de las cabezas de los girasoles, diciendo: “Perito –él siempre me llamaba así–, te he cobrado ya treinta y tantos pájaros, pero las otras escopetas tiran más bien poco”.

Me fui corriendo a la chaparra y le dije al guarda:
– Antonio, por arriba está pasando mucho pájaro. Yo creo que deberíais cambiar de puesto.

Habían cobrado siete tórtolas y la mirada de mi jefe no era, precisamente, muy amistosa. De Luis Ybarra no sabíamos nada. Me quedé solo en la chaparra, mientras mi secretario los llevaba a mi puesto. No sabía qué hacer. Al final, decidí no moverme de allí, castigándome por algo de lo que yo no había tenido culpa.
¡Pero ahora viene lo peor! No sé si fue el cambio de viento de levante a marea, tal vez que la tórtola regresaba de los bebederos o, quizá, por la dirección que ahora traían, fueran pájaros procedentes de Extremadura buscando el Estrecho para regresar a África, lo cierto es que ahora tomaban la dirección de la chaparra donde yo me había instalado.

Las escopetas quemaban. Mi secretario trataba de calmarme al ver cómo la tórtola pasaba por encima y yo sin tirar, hasta que ya no pudo más y me dijo:
– ¡Se acabó! O empiezas ahora mismo a comportarte o me largo a los coches y de paso le digo a tu jefe todo lo que te ocurre.

Aquello me hizo reaccionar, pues lo creía capaz de irse, y después de unos segundos de indecisiones, “me lié la manta a la cabeza” y las dos repetidoras se pusieron otra vez ardiendo con los disparos y el calor que hacía.

A las ocho nos llamaron para reunirnos donde estaban los coches. Recuento de tórtolas por el guarda: José Manuel había cobrado 28 tórtolas; Luis Ybarra nos confesó que había tirado muy mal y presentó 18 pájaros y yo, avergonzado aunque parezca mentira, me volví de espalda para no ver a mi secretario con dos cuelgas que, una vez contadas, dieron la cifra de 79 tórtolas.

Ni que decir tiene que el triunfo de otras ocasiones, en este caso y debido a las personas que estaban, se convirtió en una sensación de malestar que sólo José Manuel supo cambiar felicitándome, a la vez que comentaba a Ybarra: “¿No te lo decía yo, Luis?
El guarda también me dio la mano, contento al ver las 126 tórtolas cobradas por tres escopetas, y tan sólo por la tarde, otro orgullo para la finca.

Al día siguiente llegué a la Cooperativa Agrícola Algodonera “Nuestra Señora de los Reyes” –así se llamaba mi empresa– y todos en la oficina estaban enterados por José Manuel del resultado de la tirada. Me hicieron bromas de todo tipo, hasta una carta de despido me entregó el jefe de personal que decía: “Despedido por desconsideración hacia su jefe”.

Eran otros tiempos más difíciles, pero que yo no podría cambiarlos por nada. Todavía, cuando circulo en dirección a Sevilla por la autovía de la Plata, veo a lo lejos la chaparra que tanto disgusto me dio y que ahora es una hermosa encina con casi cuarenta años más.
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