Opinión
Última actualización 30/10/2008@15:38:26 GMT+1
Tico Medina
Creo que no es necesario que les recuerde aquella frase del argentino que nos representó en Eurovisión, el chiquilicuatre, que puso de moda el estribillo: “¡perrea!, ¡perrea!”. Bueno, pues ahora en el tiempo que escribo nuestra página mensual es: “¡Berrea!, ¡Berrea!” que, además de nuestra, se repite cada año.
Un inciso para una disculpa, para una petición de indulto. En mi Taco del mes pasado, donde dije Joseph Conrad debí decir Robert Louis Stevenson, autor de La Isla del tesoro y a quien realmente los aborígenes de las islas del Pacífico Sur le llamaban “Tusitala”, el contador de historias. Perdón por el lapsus.
Volviendo a la berrea, berrea, hace unos días, comiendo en una venta del camino, mi interlocutor me contaba que se dedica a lo de la caza en plan negocio, y comentaba:
– Últimamente viene gente de medio mundo para ver el espectáculo de la berrea. Tanto es así que hasta estamos vendiendo como rosquillas CD´S con una berrea dentro, sólo con el grito de amor de las sierras de Andalucía. En estos momentos se los llevan a las oficinas en plan relax, para relajarse con los ojos cerrados mientras lo escuchan.
Lo mejor, la plástica y la música de una berrea que siempre recordaré, que cada día apacento con más cariño la manada de mi memoria, a veces salvaje, a veces bucólica de aquella que fue mi primera berrea en la Sierra de Cazorla, de manos de aquel gran personaje que está en uno de mis libros y que se llamó Justo Cuadros. Aquel irrepetible guarda entre los guardas que conservo en mis álbumes y en mis casetes de los sonidos de España.
Así que tiempo de berrea, aunque vamos al paso, anotando todo lo que me viene a la mano, como por ejemplo que el mejor cazador de pájaros es el granizo, como bien quedó demostrado tras la tormenta de hace unas semanas. No es una metáfora sino una verdad como una catedral. De la misma forma se puede afirmar que el mejor cazador de avutardas –patrimonio de la animalidad– es el “tendedero” de las conexiones eléctricas.
Los comienzos de Manolete. Y todo esto se lo cuento a ustedes pasada ya la frontera de los setenta y cuatro, que es una edad para contarle batallitas a los nietos, aunque ya vienen y me cuentan ellos mismos conociendo mi querencia.
– Abuelo, acabamos de ver en un video de caza que este año va a subir el marfil del elefante...
Y me lo cuentan mientras yo atravieso las serranías de mis recuerdos sentado en la pata de elefante que un día me regaló Ricardo Medem.
Les cuento, aprovechando este otoño que ya vive entre nosotros, que Manolete gustaba mucho de cazar y, por ello, retomo una foto en la que ahí está en un puesto de la Sierra Morena, mirando de perfil, elegante, el sombrero caído sobre los grandes ojos y “la de dos cañones” al brazo... Le gustaba mucho cazar, es más, ahora se sabe que su vida de torero comenzó cuando siendo un chaval llegó a una finca en la que un gran señor de la geografía cordobesa daba una cacería para sus amigos. Y allí estaba el flaco, con su muletilla al brazo, a ver si le daban algo en torno al taco de la mañana.
¡Berrea!, ¡berrea!, el grito de la sierra. Como este apunte que he encontrado entre mis papeles, cada vez más difíciles de leer para mí –deben de ser los años–: “los elefantes mueren de pie”. Los pobres elefantes, por los que siempre siento, como ustedes pueden comprobar cada mes, un cariño especial. Como el escritor Stephen King, el cazador de los grandes sustos, cuando escribe aquello de: “Si a través del gran ojo de tu rifle telescópico puedes llegar a contemplar que el ciervo te mira a los ojos porque te está viendo, ¿Cómo haces posible el milagro de apretar el gatillo?”
Palabra de americano de los de grandes alces. Hace años vi una cabeza de este animal en una de las casas que visitaba. Parecía que el alce te miraba siempre a los ojos, te pusieras donde te pusieras. Tiempos aquellos en los que, por ejemplo, uno recogía de viva voz aquel safari africano en el que uno iba de cazador de cazadores, de contador de historias para las largas noches de la sabana.
contador de historias. ¡Ah!, y no quiero dejar de contarles cómo van de presumidos mis nietos con su camiseta de TROFEO. Me parece una ideal genial, sí señor, aunque he tenido que hacerme con cuatro para tenerlos a todos contentos. Así, el día que cumplí años lo que hice fue regalarles una a cada uno. A ver si me la dejan un día, aunque la mía es de cazador de mamut, que es lo que soy, porque los viejos somos contadores de las grandes historias. Se me viene a la memoria aquel día en el poblado zulú, al sur del sur, cuando me presentaron a aquel que llevaba al cuello el más hermoso collar que uno ha visto en su vida, hecho de grandes colmillos de león.
Y aquí, en nuestro pueblo, el contador de historias está solo al servicio de nuestro rey, que cuando no tiene sueño lo llama a la cabecera de su cama para ayudarle al tránsito. Tampoco me gustaría a mí quedar sólo para eso, la verdad. Pero eso es lo que soy y también lo que quiero ser: “el que cuenta historias”, pero por favor sin que ustedes se duerman. Contadora, y buena, de la política es la que puede ser la primera vicedama de los Estados Unidos, casada con un esquimal. La señora Palin ha dicho, entre otras cosas:
– Y a ver dónde encuentran ustedes a una mujer que sepa descuartizar un alce después de cazarlo y además pueda presumir de tener en su album de fotos más trofeos de caza que familiares...
Unos se creen que son los observadores y resulta que son los observados, lo que siempre digo para terminar la gran ceremonia de la caza. Que hasta ahora no se sabía, pero se acaba de conocer que uno de los lugares donde el gran Luis Buñuel aprendió a llevar al cine las grandes pasiones, los grandes fracasos, las grandes mentiras... fue cazando. Lo cuenta su hijo en un libro sobre su padre: “Cazando en el áspero campo del Alto Aragón...”