Hemeroteca :: 01/11/2008
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Perros de caza
Última actualización 13/11/2008@12:45:04 GMT+1
Octubre ha llegado. La temporada asoma esperanzadora con bandos de perdices impolutos y conejos y liebres que no han sido molestadas salvo por las tareas agrícolas. Los perros tienen ante sí, en estas primeras jornadas, unas condiciones inmejorables para disfrutar y aprender, mientras que nosotros tenemos la obligación de conseguir que inauguren la temporada con el mayor bienestar.
Antonio López Espada

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En las primeras salidas perdiceras podemos encontrarnos con esos bandos de perdices del año, ya igualonas y fuertes, pero inexpertas ante el perro y el cazador, que siguen a sus progenitores en la huida, pero que no tardan en perderse, no sabiendo reaccionar ante esa nueva circunstancia.
Por lo general, esto sucede tras uno o varios vuelos, momento en el que optarán por apeonar hasta encontrar un lugar en el que se sientan a salvo y se aplastarán allí hasta que se produzca la llamada “a reunión” para los miembros del bando desperdigados, nunca mejor dicho.
Esos bandos inmaculados que incluso salen de la viña, el rastrojo, de la punta del barbecho o de la asomada, a una distancia muy asequible para el tiro, son los que se convierten en la verdadera escuela para el perro, que aprenderá a detectarlos, a seguir sus vientos o rastros y a llevarnos hacia alguna de las perdices que lo integran.
Esto mismo sucede con el conejo, que aguanta fuera de su madriguera mucho más de lo que lo hará pasadas pocas semanas, propiciando las muestras y levantes en los márgenes del rastrojo, de los arroyos y en el monte.
En cambio, también podemos encontrar esos bandetes de escasos efectivos que normalmente están formados por aquellos individuos que no lograron aparearse o no supieron o pudieron reproducirse. En esta ocasión, todo lo anterior no tiene validez, puesto que se trata de perdices que han sobrevivido a una o varias temporadas de caza anteriores y conocen muy bien cómo y por dónde viene el peligro. Apenas nos dejarán acercarnos para ver u oír el aleteo de su despegue. Nosotros la oímos y la vemos levemente en la lejanía, pero el perro ni la puede llegar a oler.
Esta situación hace que muchos aficionados lleguen a pensar que es el perro, que caza unos metros por delante del cazador, el que ha espantado a las perdices, pero precisamente será nuestro can el que consiga ponérnoslas delante de la escopeta si las levantamos y las obligamos a volar varias veces hasta que las cansemos y se aplasten confiando pasar desapercibidas al cazador.
Hay incluso quien deja en el remolque a los perros y, a media mañana, cuando los bandos están dispersos, es cuando los saca para localizar a las perdices que están desorientadas y, generalmente, inmóviles.
Perros nuevos. Con un perro de unos meses de edad no debemos esperar milagros. Los hay muy precoces, que con siete u ocho meses consiguen mostrar o levantar algunas, que las han mordido y cobrado con eficacia, pero no es lo más común, por mucho que Cabarrús incluyera en su libro la esperanzadora idea acerca de los perros de caza que encontró en nuestro país, que resumió de la siguiente manera a finales del siglo XIX: “Práctico, rudo, de mucho aguante, cazando siempre a tiro, le bastan ocho o diez cacerías para salir enseñado. Cuando ha dado la primera muestra, cuando le han muerto la primera perdiz y la ha traído, ya está educado”.
Lo más normal es que el perro no tenga aprendido a esa edad que la caza salvaje no admite determinadas presiones, que no debe curiosear ante esa débil emanación que el viento le lleva a la nariz, y que mucho menos sepa distinguir la distancia a la que la pieza se encuentra. Hay perros precoces y perros tardíos, perros que “rompen” pronto, incluso en las primeras jornadas de la temporada, pero hay otros, la mayoría, que necesita un largo periodo de aprendizaje de “campo”, nunca mejor expresado, para conseguir adaptar los instintos de caza que todo perro lleva dentro a las necesidades que el cazador, el terreno, la pieza y otros factores determinantes le imponen.
Ante esto, la elección adecuada de la raza e incluso del ejemplar puede favorecer mucho esta adaptación. El criador debe asesorarnos en todo momento en este sentido, pues él es el que conoce las características de los perros que cría y dónde y a quién pueden adaptarse en mejor medida.
Los deberes, hechos. De una forma o de otra, hay una serie de recursos que el perro deberá llevar bien aprendidos para convertirse en un buen ayudante en el cazadero estos primeros días:
– El “junto”. Si el perro aún no sabe resolver los rastros de las perdices o los vientos que le llegan a la trufa, mantenerle a nuestro lado para ir corrigiéndole o llevándole a los perdederos donde se suele ocultar la caza será de gran ayuda. Además, fortalecerá su vínculo con nosotros, además de ser muy útil y esencial en las asomadas que el pero no se adelante.
– “Quieto”. Muchas veces vemos una perdiz de las que llamamos revoladas que va a posarse por delante de donde vamos cazando. Ante esto, intentamos pasar todo lo desapercibidos que podemos para que no prolongue su vuelo y se aleje perdiéndose de nuestra vista. Si el perro va corriendo y rabeando por delante, la perdiz lo verá muy fácilmente. Un “quieto” a tiempo puede propiciarnos algún lance.
– La “llamada” es un arma de doble filo si no se emplea correctamente. Puede reconducir a un perro demasiado independiente y que caza para sí solo, pero también puede cortar a un perro con iniciativa y sentido para la caza. En el caso que tratamos, debemos tener cuidado de no coartar el seguimiento de un rastro, algo demasiado común en nuestros campos. La solución, apretar el paso y adaptarnos a esta situación si no queremos aumentar las probabilidades de ver a la perdiz levantándose muy por delante del alcance de nuestra escopeta.
– Cobro. A pesar de haber hecho los deberes en esta tarea, es muy diferente el cobro de un apport o de una pieza congelada al de una pieza recién abatida o herida. El perro experimenta uno de los momentos más placenteros de su vida al apresar a la pieza en su boca. Desde sus orígenes, la caza ha sido su función esencial, y alcanzar a su presa significaba la supervivencia. Hay razas que, a base de un trabajo de adiestramiento y selección durante muchos años, incluso cientos, han conseguido que el cobro sea algo casi “natural” en el perro, caso de los retrievers, pero en otras esto no es tan fácil.
El adiestramiento tiene que ser escrupuloso para conseguir que sustituya ese instinto primario por una conducta impuesta: entregar la pieza a su dueño.
Ya decimos que la cosa cambia al entrenar el cobro en un parque con una pelota, un apport o una pieza congelada. Para conseguir afianzar el cobro, podemos valernos de una motivación que conseguirá que el perro acuda a nosotros con la pieza en la boca: si el perro se entretiene, se tumba con ella y nos mira como diciendo “es mía”, podemos sacar otra del morral que hayamos abatido anteriormente y enseñársela. Este estímulo le hará reaccionar inmediatamente y acudir, no a nosotros, sino a la otra pieza que desea “atrapar”. Cuando llegue a nuestro lado debemos guardar la otra pieza y premiar esa respuesta. Con la repetición del proceso conseguiremos que el perro elimine ese instinto de predación que no puede evitar llevar en su genética y sustituirlo por una conducta adaptada al día a día de la caza.
– El “perro maestro”. Se puede sacar al perro primerizo con perros adultos, pero sólo para conseguir una especie de contagio por parte de un perro “hecho” hacia un perro que necesita aprender aspectos como el sistema de búsqueda, el acercamiento a la pieza o la resolución de algunos venteos o rastros. También puede aprender el cobro por celos si recompensamos al perro adulto por traernos la pieza. Es un proceder muy utilizado por adiestradores profesionales.
Una alimentación especial. Las necesidades nutricionales de un perro de caza al principio de la temporada cambian radicalmente con respecto a las que mantenía antes del inicio de ésta. Si hemos observado que en otras temporadas el perro se viene abajo tras la primera hora de caza, la razón la podemos encontrar, además de por encontrarse fuera de forma, por no llevar una alimentación adecuada al esfuerzo que lleva a cabo.
Todos hemos oído que Michael Phelps, el gran triunfador de las pasadas olimpiadas, ingería más de 10.000 calorías diarias para afrontar un entrenamiento de más de cuatro horas diarias nadando. A pesar de resultar casi increíble, nos sirve para ilustrar nuestro ejemplo. La dieta debe estar ajustada al esfuerzo realizado, pero no sólo durante el ejercicio, sino los días previos al mismo también.
Durante un seminario realizado por un fabricante de comida canina en Estados Unidos se expusieron cuatro aspectos relevantes en lo que a alimentación del perro de caza se refiere: la calidad del alimento, la cantidad, cuándo proporcionar al perro ese alimento y todo lo referente a la hidratación del perro.
Comenzando con el primero de estos factores, una dieta alta en grasas y proteínas y reducida en carbohidratos permitirá que el metabolismo del pero convierta estos nutrientes en energía para aguantar a un buen ritmo toda la jornada. La proporción ideal sería en torno al 30 por cien de grasas y hasta un 35 por cien de proteínas. Esto lo podemos observar en todos los sacos de pienso que tenemos en las tiendas especializadas.
La cantidad de alimento que necesita el perro depende de muchos factores, como la edad, su tamaño, raza y de la actividad que realice. Como hablamos del principio de la temporada, será conveniente dar dos tomas en la cantidad que recomiende el fabricante, pero siempre observando la respuesta del peso del perro. Si constatamos que pierde peso durante estas primeras jornadas, necesitará algunos gramos más. Lo ideal es que el perro no varíe su peso a pesar de realizar un trabajo intenso y duro, para lo cual la cantidad debe ser proporcionalmente mayor, en torno a un 20 por cien de lo que le damos en época de veda.
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