Hemeroteca :: 01/12/2008
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Relatos

Enrique Sevilla Ruiz

Última actualización 25/11/2008@14:47:35 GMT+1
Antonio llegó en completa oscuridad al artesanal escondite preparado por el guarda unas semanas atrás. Aquella fría noche de enero las estrellas parecían brillar con más fuerza que nunca. Cuando ya empezaba a dibujarse una tenue línea anaranjada en el horizonte, el lejano tañido de un zorro le sobresaltó sacándole de su estado de somnolencia.

Las totovías recibieron el nuevo día con sus habituales cantos. Todo hacía presagiar que sería una buena ocasión para capturar al animal que tantos meses de trabajo y detallado estudio le había ocasionado. El viento estaba calmado y ningún ser vivo parecía inquietarse por su presencia.

Cerca de su escondite pasó un gran cochino con el hocico pegado al suelo, enseñando sus poderosas defensas, pero más preocupado de un buen desayuno antes de encamarse que del propio cazador y su aguardo. Dos muflones cruzaron tranquilos por la parte alta del pedregal perdiéndose entre las sombras del matorral. Tan sólo una cierva y su gabato estuvieron mirándole atentamente durante varios minutos como si quisieran perforar el amasijo de ramas, jaras y brezos donde se ocultaba. Al final continuaron su camino con parsimonia, pues aquella mañana nada les hizo dudar de la tranquilidad reinante en el monte.

Meses atrás, Antonio comenzó su particular estudio con el firme propósito de capturar su presa más codiciada, aquella que nunca antes pudo tener entre sus trofeos.

Primero visitó algunas bibliotecas especializadas de Sevilla donde aprendió cómo era y cómo vivía su presa. Después se entrevistó con los biólogos que habían estudiado al animal para sus tesis y tesinas. Desgraciadamente las visitas a estos técnicos fueron desalentadoras, pues todos coincidían en considerar prácticamente extinta a la especie.

Por último recorrió muchos de los enclaves donde decían que antaño vivía este fascinante animal. Para su desgracia en todos los lugares visitados le confirmaron su desaparición, por lo que su intención comenzaba a dibujarse casi utópica. Pero lejos de desanimarse creó una red de informadores entre guardas, pastores, perreros y monteros con el propósito de contar con las personas que realmente tenían contacto y conocimiento de los seres vivos de nuestras sierras.

La mañana continuó avanzando y como suele ocurrir en Andalucía la temperatura cambió de forma brusca. El desapacible relente del amanecer se fue transformando en un cálido y soleado día. Antonio se despojó con lentitud de su ropa de abrigo y continuó su tensa espera.

Aquellas horas perdidas del día estuvo observando los impresionantes vuelos de los buitres y algunos bandos de grullas que se preparaban para su gran viaje al norte del continente.

Durante las primeras horas de la tarde el paisaje se quedó adormilado y Antonio no pudo evitar que sus ojos se cerraran vencidos por el cansancio. Le despertaron un grupo de confiados mitos que se posaron sobre el chaparro donde se encontraba el aguardo. Le parecieron unos pájaros bellísimos pese a su diminuto tamaño y le reconfortó pensar que tal vez ellos sí habían visto a su anhelada presa.

Una llamada de esperanza. Una noche recibió una llamada de uno de sus informadores. En ella le comunicó que en Sierra Morena, en un canchal próximo a una ermita, veía un macho de su animal todas las tardes. Antonio sabía de sus costumbres crepusculares y todos los datos que fue recibiendo tenían sentido. Por ello mandó construir un aguardo con la vegetación del entorno y le rogó que después observara con atención si el animal seguía con su costumbre de aparecer por allí.

El guarda de coto que informó a Antonio de su presencia regular, construyó un elaborado aguardo con ramas de encina, jaras y brezos, dejando tan solo un pequeño orificio a modo de ventana en su parte delantera.

El informador llamó dos semanas después para darle la buena noticia. Por fin existía una posibilidad real de contar entre sus trofeos de fauna ibérica con aquel duende de las sierras andaluzas.

Cuando las sombras comenzaron a ser alargadas y el sol amenazaba con ocultarse en la montaña, el ulular de un cárabo le confirmó que su paciente espera estaba a punto de fracasar.

Entonces de forma súbita e inesperada se hizo el silencio. Pero esta vez era un silencio denso, lleno de tensión y significado. Antonio miraba en todas las direcciones con los cinco sentidos en máxima alerta. Llegó a pensar que los latidos de su corazón ahuyentarían a cualquier animal que se encontrara por allí. Un fugaz movimiento entre las jaras le hizo fijar su atención en aquel punto. El silencio le golpeaba sus oídos, mientras su corazón seguía amenazando con salir disparado de su pecho.

Dos urracas comenzaron a graznar aterrorizadas en un viejo alcornoque rompiendo la ausencia de sonidos en el monte.

Los últimos rayos de sol iluminaron la parte alta del pedregal. De las tupidas jaras salió su codiciada presa con cautela y elegancia. El animal se sentó y clavó su mirada altiva en el aguardo del cazador.

Antonio se preparó con movimientos pausados y precisos. Cuando miró a través de su potente lente, tras contener la respiración, se quedó paralizado ante la belleza de aquel animal. Entonces deslizando lentamente su dedo índice, disparó.

Disparó sin parar durante los cinco minutos que duró aquel ansiado momento. Tal vez cansado del constante zumbido del motor de la cámara, el lince se incorporó y con la misma magia que había llegado, desapareció lentamente entre los matorrales. Antonio mantuvo su mirada fija en aquellas oscuras jaras intentando saborear su victoria y deseando que aquel momento nunca se acabara. Lanzó una última mirada al paisaje antes de anochecer, y pensó que ahora era distinto. El mismo lugar produce sensaciones diferentes cuando sabes que entre sus sombras se esconden animales emblemáticos como el lince, el lobo, el oso, etc., dando un nuevo sentido y dimensión a nuestra percepción de todo lo que nos rodea.

El cazador por fin tenía su trofeo, la fotografía de aquel lince pasaría a formar parte de su nutrido archivo, y con seguridad sería la portada de muchas revistas de caza y naturaleza. El esfuerzo de meses de trabajo y preparación habían tenido su recompensa.
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