Entrevista destacada
Gestor de caza menor y veteranísimo montero
Última actualización 27/11/2008@15:09:04 GMT+1
“La caza silvestre es muy delicada
y un mal negocio”
A sus 80 años muy bien llevados, Francisco Basarán Conde sigue monteando con la ilusión de un jovenzuelo y gestionando con éxito la caza menor de la finca que heredó casi desde su nacimiento. Gran conversador, ocurrente y culto, siempre es un placer escuchar una de las voces más sabias y sensatas del panorama cinegético.
José I. Ñudi
Libros Recomendados :
MONTERÍAS Y GESTIÓN CINEGÉTICA
TODO MONTERÍAS
Dos veces tuve que visitar a don Francisco Basarán para esta entrevista en su finca Dehesa de Montalbanejos, en Toledo, sin duda su lugar en el mundo y la que le ha permitido sacar adelante a sus seis hijas, dos de ellas cazadoras.
Y digo dos veces porque la primera nos pusimos a hablar y cuando nos dimos cuenta nos quedamos sin tiempo para seguir con la grabadora. La segunda vez fuimos ya al grano y casi se nos hizo de noche.
Mucho le gusta hablar a D. Francisco, pero como lleva monteando y gestionando un coto desde hace casi 70 años, tiene tantas historias para contar y sabe de campo y caza lo que no está escrito, merece la pena escucharlo las veces que haga falta.
Actualmente es presidente del Real Club de Monteros, por ponerle un cargo relacionado con la cinegética, pero no haría falta porque su persona y su trayectoria le avalan más que cualquier otro nombramiento.
Después de superar con éxito dos cánceres, tener problemas en una pierna que no le permite llegar como antes a las cuerdas y haber cumplido ya los 80, se queja con mucho humor de tener que ocupar “puestos para viejos”.
Pregunta. ¿Cómo se presenta esta temporada?
RESPuESTA. En caza mayor, por lo que he preguntado, un año excepcional, aunque hay que tener en cuenta una cosa, que los venados son como los vinos. Si la primavera y la cosecha de bellota ha sido buena, los resultados los veremos dentro de tres años. Este año, que hay bellota, los gabatos van a echar un frontal muy ancho porque van a mamar abundantemente. La primavera y el verano han sido buenos, ahora bien, hoy las fincas son cerradas y cada una tendrá su política, o buscarán el venado grande o el venado industrial, más abundante pero de peor calidad. Buscar calidad en caza mayor es complicado y costoso. Hay que tener una guardería exquisita porque a la mínima te matan el mejor venado, que te ha costado una fortuna.
En cuanto a los jabalíes, su espada de Damocles es la peste porcina, teóricamente erradicada, pero esas altas densidades que existen en tantos cercones son peligrosas si no hay detrás un veterinario. En cuanto al corzo la expansión es fantástica y hay zonas donde ya incluso se están matando hembras.
P. ¿Y la caza menor?
R. Si me pregunta por la perdiz, pregúntele mejor a los granjeros. En Castilla-La Mancha diría que el 90 por ciento de las perdices son de granja. Este año los granjeros, que lo hacen muy bien, van a tener problemas de comercialización porque dependían mucho de clientes relacionados con la construcción y ésos ya no están. Tampoco han previsto la competencia interprovincial. Me explico, muchos cazadores de toda España venían a Castilla-La Mancha a sus emblemáticos ojeos, pero la perdiz silvestre se fue sustituyendo por la industrial y claro, en cualquier rincón de España que tenga una geografía abrupta, con la perdiz tan buena que han conseguido, te celebran un ojeo estupendo y te ahorras muchos kilómetros para tirar las mismas perdices, a lo mejor más baratas. Para colmo en Reino Unido hace años que también se matan millones de perdices rojas en ojeo. Ante esta competencia y asumiendo que la perdiz de granja no tiene retorno, sólo nos queda cuidar lo que tenemos afinando precios y sobre todo dando un trato exquisito.
Indudablemente en mi tierra quedan lugares con perdices salvajes, donde por orografía no se han podido organizar ojeos, como los llanos manchegos y las vegas del Tajo. Una perdiz buena de granja en un buen soltadero tiene mejor comportamiento para el tiro que una silvestre en un terreno llano. Estarán gordísimas y sanísimas pero no vuelan porque no lo necesitan. Creo que la perdiz ha iniciado un declive irreversible salvo en zonas concretas. En Jerez sí han conseguido un cordón sanitario para que no haya enfermedades y cruzas.
Dejar obrar a la naturaleza
P. ¿Usted qué ha hecho para tener tantos conejos en su finca?
R. Sencillamente dejar obrar a la naturaleza. Cuando llegó la mixomatosis la mortalidad llegó al 80 por ciento en zonas con vivares y al cien por cien donde no los había. Yo no he hecho experimentos porque viviendo fundamental de la renta cinegética de Montalbanejos no me podía permitir esos lujos. Creo que es una buena práctica fumigar vivares en primavera e importantísimo construirles majanos, que el conejo tenga posibilidad de encerrarse no sólo por la predación sino por evitar vectores diurnos que yo creo que les transmiten la mixomatosis.
P. El ejemplo de su finca es magnífico para demostrar que la caza le viene bien al conejo.
R. Sin duda. Mire, la superpoblación del conejo en España se inicia con la caza comercial con cepos en los años veinte del siglo pasado. Me explico: los cepos se ponían lejos de las madrigueras y los conejos que más se alejaban, y por tanto caían, eran los viejos, y por supuesto muchos predadores. El conejo viejo capa a los jóvenes y los expulsa de los vivares, facilitando que sean predados. Una población de conejos envejecida no se reproduce con intensidad. En las perdices también pasa, a partir del quinto año a los machos se les exacerba el celo y no dejan que la perdiz se eche para seguir cubriéndola.
P. Una prueba más de que la caza es una estupenda herramienta de conservación.
R. Por supuesto, todas las especies naturales se autoregulan, pero el hombre, que ocupa la cabecera de la predación, tiene el deber de gestionar para que haya eso que hoy se llama biodiversidad. Lo que no puede hacer es cruzarse de brazos como si fuese un espectador, como predican algunos. Y tan malo es pretender no tener nada más que perdices a que haya un exceso de predadores. Si hay abundancia y no hay predadores para que las aguce, eso les hace perder vigor genético. La perdiz necesita, para enseñar a sus crías, que aparezca de vez en cuando el halcón o el aguilucho y tener que ingeniárselas para sobrevivir. También es verdad que por la acción del hombre, por hacer o por dejar de hacer, se producen nuevas situaciones en la naturaleza a las que ésta se tiene que readaptar. Un ejemplo: sobre mayo llegan a la finca un gran número de garcines bueyeros, se ponen en los riscos y se comen los pollitos de perdiz. No son suposiciones, los he visto varias veces cómo lo hacen. Sin embargo, en el código genético de la perdiz no está, por lo menos hasta ahora, que ese animal blanco sea un enemigo. Otro ejemplo: hace veinte años los laguneros y ratoneros no atacaban a las perdices. Yo cazaba con mi reclamo, pasaba el lagunero o el ratonero y las perdices de campo ni se inmutaban, seguían comiendo en los rasos tan tranquilas. Ahora, pasaba el azor o el halcón y no sabían dónde meterse. Pero llego la perdiz de granja y los laguneros y ratoneros aprendieron a comerlas porque les era fácil capturarlas, se las dieron a sus crías y hoy día también se tiran a por las perdices del campo.
Bautismo cinegético
P. ¿Cómo fue su bautismo cinegético?
R. Debía tener diez años y el guarda que teníamos, que era de Nambroca y al que apodaban Tomás “El Varillas”, me dejó la escopeta para que le tirase a una perdiz que estaba cantando en una piedra. Así de espectacular fue mi primer lance.
P. ¿En su época no había escopetas de perdigones?
R. No lo recuerdo pero si las había mi madre, que tenía pavor por mi seguridad, ya sabe, hijo único y huérfano, no me dejaba ni montar a caballo. De hecho aprendí a montar en bicicleta en el colegio de Madrid sin que lógicamente se enterara. Cuando tuve doce o catorce años conseguí que me comprase una escopeta del 20 pero por ese miedo en todo el verano creo que me daba 50 cartuchos. Cazaba por tanto siempre a la espera e intentando matar lo máximo posible de un solo tiro. Luego, ya sabe, la necesidad aviva el ingenio y el guarda me vendía conejos en Nambroca y me compraba cartuchos. De caza mayor eran muy aficionados los hermanos de mi padre y en las vacaciones me llevaban de zurronero.
P. En esa época caza mayor había muy poca, ¿no?
R. Con la guerra no quedó cervuno ni jabalíes, sólo algunos viejos y grandes macarenos con los que no podían los mastines del ganado. Antes de esta fecha empezó a haber cervuno allá por los años veinte cuando los andaluces dejaron de tirar ciervas. Ya sabe que antes en las monterías se tiraba a todo lo que saliese, ciervas, varetos..., pero cuando los jienenses decidieron no tirar ciervas ocurrió lo que tenía que ocurrir, que en la famosa montería de El Águila, en los años 28 ó 29, se mataran en dos días 108 venados. Por mimetismo esto se empezó a tomar como norma.
Echó rehala
P. ¿Cuál fue su primera pieza de caza mayor?
R. Una cierva, la maté en “Las Cebras”, en el 44, con 15 años. Lo celebramos en el bar “Apelio” de Los Yébenes y me costó la broma 75 pesetas de entonces. Como curiosidad, el nombre de esta finca viene de “encebra”, que es como les llamaba en el Medievo a los machos monteses, aunque hay quien defiende que las “encebras” eran los asnos silvestres u onagros.
P. ¿Y le hicieron muchas perrerías, como hacen ahora?
R. En los noviazgos he visto hacer barbaridades, incluido los trabucazos que te daban en Andalucía y que te podían dejar sordo. A mí sólo me mancharon de sangre. No me rompieron huevos y esas cosas porque entonces un huevo valía lo suyo y estaban muy recientes los años del hambre. Además la gente que había allí respetaban mucho a mis tíos y a mí me querían.
P. Y más adelante echó una rehala.
R. Cuando acabé la carrera de Derecho me quedé con la rehala de “Los Canene”, de Los Yébenes, siendo José mi perrero, que era mucho mejor y más aficionado que su hermano, el famoso Eleuterio, que cogió fama porque era muy gracioso. Cuando se jubiló José dejé los perros. Ya en los 70, con las rehalas de alquiler, los dueños de rehala perdimos prestigio, quizá también porque algunos no supimos adaptarnos a los tiempos y otros se pasaron de listo. Hubo gente que echó rehala y no la cuidaba suficientemente, cogía perros de cualquier lado, etc. Y los dueños de rehalas, que desde siempre fueron más que respetados, perdieron casi todo aquel prestigio. Cuando las monterías empezaron a valer dinero, yo, aparte de la rehala, empecé a llevar un regalo a la señora de la finca, y había dueños de rehala que regalaban hasta juegos de café y té de plata, y claro, yo no podía permitirme ese lujo, cuando en realidad, llevando una rehala como Dios manda, salía más barato pagar el puesto, como así hice. Además recibía mejor trato en la mayoría de los sitios y si veía alguna pirula protestaba, y antes no, porque por esas fechas el dueño de rehala iba casi con el sombrero en la mano.
Empedernido perdigonero.
P. ¿Es cierto que la caza que más le ha enganchado ha sido la perdiz con reclamo?
R. Sí, yo he sido aficionadísimo. Digo he sido porque desde que esta sordera de cazador no me deja escuchar el campo, lo he dejado, porque además no me gusta usar tecnología en la caza, manías de viejo. Pero sí, no sé qué tiene el reclamo que engancha de una manera tremenda. Siempre se ha dicho que para ser aficionado al perdigón no hace falta estar loco, pero ayuda mucho. Llegué a tener hasta tres jauleros, el mío, el que heredé de mi tío Isidoro y el que heredé de Eugenio Benayas, que era el administrador del manicomio de Toledo, que nunca entendí que me lo dejara a mí teniendo hijos muy aficionados. Pero era inabarcable. Como dice la letrilla:
“Con dos pollos en jaulero,
cazar bien el celo entero,
siendo la regla más sana,
uno tarde, otro mañana”.
P. ¿Fue usted de los que ha pagado una barbaridad por un pájaro bueno?
R. Yo no, pero una vez me regaló uno mi buen amigo Ramiro Guardiola y le dieron gato por liebre. Se lo compró a un tal Poli, de Sonseca, y tan malo era el pájaro que le hice una coplilla un poco exagerada que decía así:
Un perdigón de bandera
vendió “El Poli” a Juan Rico,
mas dejen que les explico
cómo el fenómeno era:
zanquilargo, escalabrado,
con trece o catorce celos,
verrugas más que espejuelos,
de puro flaco, enquillado.
Tufón, pero por el tufo
que exhalaba a gallinaza,
cuadrándole por la traza
más bien el gafo que el rufo.
Inundado de piojillos,
brincando como un salvaje,
rizado y muerto el plumaje,
patas y pico amarillos.
De un plomazo estaba manco,
ojiblanco, piquichocho,
tuerto un ojo, el otro pocho,
y le dio un talón en blanco.
P. ¿Se siente desubicado en los tiempos cinegéticos que corren?
R. Echo de menos lo abierto, algo maravilloso porque te daba esa maravillosa incertidumbre de la que hablaba Ortega. Ibas cada día con una ilusión enorme pero nada, que si los lobos habían vaciado la mancha y otro día que pensabas que no había nada, las reses te comían. Los puestos eran naturales, no cortaderos, que los odio. Ahora todos son cortaderos, los puestos no tienen nombre sino un numerito escrito en un tablita, ¡pero cómo se puede contar un lance con estas geografías! Pero a pesar de todo sigo monteando. Hay amigos de mi edad que lo han dejado, algunos porque no han tenido más remedio, pero yo no, sigo con la misma o parecida ilusión e intento hacerme a la idea de que no hay cercas.
P. Para usted, cualquier tiempo pasado sí fue mejor.
R. Para mí sí porque tenía mucha ilusión, la ilusión juvenil, y una condición física distinta. Además ahora –cosa que me da mucha rabia–, al margen de mis dos graves operaciones, tengo el “síndrome del escaparate”, esa gente que va por la calle y se queda como mirando un escaparate. No mira nada, se para porque la falta de riego le paraliza una pierna, y eso me pasa desde hace un año en la pierna izquierda, claudicación intermitente se llama el puñetero achaque. Y ahora resulta que tengo que optar a los puestos ¡para viejos! Que mi hija me dice, “padre, que todos los viejos tiran”, pero yo no quiero, por orgullo, pero los años y los achaques mandan. Una de las cosas buenas que tiene la caza es que es un vicio intemporal. Los demás vicios o hobbies tienes que dejarlos algún día, pero en la caza, aunque seas un viejo y estés sordo, siempre hay una modalidad a la que puedes acudir. Y luego está la conversación, el estar contando y escuchando anécdotas, o rememorar uno mismo viejos lances. Si eres aficionado de verdad muy mal tienes que estar para no seguir cazando. Yo me acuerdo de un montero, Vicente de Gregorio, que se quedó parapléjico en un accidente y monteaba en silla de ruedas que le movía su chófer.
Noviazgos inadecuados.
P. ¿Ves adecuado que muchos chavales se hagan novio muy jóvenes matando un buen venado?
R. Yo ya lo he dicho, vamos a ver a un niño matando un medalla de oro con el chupete en la boca. Hay un pugilato absurdo entre los padres. Yo como abuelo, que dicen que chocheamos, alguna cosa he hecho. Yo quise que mis nietos se hicieran novios en fincas emblemáticas de monterías, y sin sobrarme el dinero tomé una acción muy cara en “La Ribera” para que mi nieto el mayor se hiciese novio. Mi nieto el segundo en “Los Arenales”, con un venado; el tercero en “Ciguiñuelas”, pero esto es otra cosa. A los niños hay que fomentarles la caza primero integrándolos en la naturaleza, enseñándoles a pistear, que vayan de zurroneros, e incluso, si ya son mayorcitos, que entren en la mancha con algún perrero de confianza. Las armas tienen que llegar muy poco a poco. Lo ideal, aunque están prohibidas, es el aire comprimido o el .22. Además, no se puede matar nada hasta que se tenga la licencia de armas, de caza y el seguro de accidentes, y para eso hay que tener 14 años y el permiso paterno. Y la ley está para cumplirla. Pues nada, ahora ves niños que se hacen novios con 8 ó 9 años, para mí una auténtica barbaridad porque el niño tiene que estar maduro. Tengo que confesar, no obstante, que mi hija se hizo novia a los nueve años y a mí se me caía la baba. Pero mi hija estaba ya madura porque me había acompañado a decenas de monterías, además andando, había pisteado, etc. Además, esos noviazgos antes de tiempo o matar venados demasiado grandes a edades tempranas pueden acabar con la afición. Mire lo que le pasó al conde de Teba. Con 16 ó 17 mató en La Almoraima un venado de 21 puntas que en la exposición de trofeos del 47 fue el décimo de España. Tras la montería, su hermano mayor, el duque de Santoña, le dijo que había matado ese venado antes de tiempo, porque era un montero que empezaba y que a partir de se momento todos los venados le parecerían una birria. Y así fue y así me lo contó a mí el conde de Teba. Por eso la montería perdió pronto interés para él, dedicándose más a la escopeta y a la pluma, donde fue un auténtico fenómeno.
En caza menor no es bueno acostumbrarlos a pegar muchos tiros. Hay que racionalizarlos. Todo tiene que ser gradual para que la afición vaya echando raíces. He procurado que mis hijas y mis nietos vayan poco a poco, que sepan valorar la res abatida, que no piensen que eso es lo normal, sino un regalo del cielo.
Gestión cinegética.
P. ¿Qué hay que hacer para tener un buen coto de caza menor?
R. Primero, quitarle cada año lo justo, tocar el hábitat sólo para mejorarlo y controlar los predadores, una labor hoy día muy costosa porque claro, hay que cumplir la ley y se requiere un buen guarda y mucha dedicación. Por todo ello hoy día la perdiz silvestre no es rentable. Para ganar dinero, la perdiz de granja. Conozco cotos de 250 hectáreas en los que se matan 40.000 patirrojas, cuando difícilmente, si fueran salvajes, no podrías cazar más de una perdiz por hectárea, que ya está bien. La perdiz de granja tiene un sólo inconveniente, el irás y no retornarás, que si metes granja ya no volverás a tener perdices salvajes.
En cuanto al conejo, principalmente hacerles majanos, sobre todo si le cuesta hacer madrigueras por ser duro el terreno. Y si hablamos de la liebre, son muy vulnerables las crías por la predación, incluso por el lirón careto, voracísimo.
Y por último estar siempre ojo avizor porque en cualquier momento puede aparecer un problema que te puede estar vaciando el coto sin enterarte: furtivos, principalmente nocturnos, una enfermedad, envenenamientos, etc. Por eso vuelvo a decir que la caza silvestre es muy delicada y un mal negocio.
P. ¿Tengo entendido que las siembras también son esenciales para alcanzar buenas densidades?
R. Las siembras son muy importantes, pero si no son intensivas, o sea, no utilizando semillas blindadas, que enferman y esterilizan a la perdiz, ni insecticidas, que matan los insectos que necesitan irremediablemente los pollos durante los primeros días de vida. Las cosechadoras, aunque se han demonizado, quitan lo mismo que dan porque han permitido que se recolecte más tarde. Por aquí se empezaba a segar desde el 15 de mayo y se perdían muchos nidos, mientras que las cosechadoras aparecen sobre mediados de junio, cuando ya han sacado la mayoría de las perdices, y yendo con un poco de cuidado la perdiz y los pollos suelen librarse. Las máquinas que sí hacen daño son las hiladoras, la de los rodillos, cuyo sonido las idiotiza. Yo he visto volar trozos de perdices.
P. ¿Cree que poco a poco la administración es más comprensiva con los gestores cinegéticos?
R. Aunque las leyes son muy restrictivas, las aplican con mesura. No digo que hagan la vista gorda, por supuesto. Además tampoco pueden aplicarlas a rajatabla porque no tienen suficientes recursos económicos y humanos. Las leyes restrictivas tienen un serio e injusto inconveniente, y es que la administración las aplique con mesura a sus simpatizantes y rigurosamente a los de la acera contraria.
P. Usted, que es un veterano hombre de campo, ¿ve indicios sobre ese hipotético cambio climático?
R. Hay que ser prudente y dejarse de soberbias. Pienso que tal vez estamos abusando con talas de bosque, extracciones masivas de recursos naturales y emisiones de gases, pero creo que los cambios en la naturaleza han existido siempre. Los viejos decimos que antes llovía más, pero hace muchos años compré un librito de finales del XVI sobre la Virgen del Sagrario, patrona de Toledo, y me quedé asombrado porque contaba como en varias ocasiones la Patrona había salido de la catedral para pedir agua debido a una pertinaz sequía. Creo que hay ciclos y también mucho “Al Gore” sacando una suculenta renta política y económica. Ahora el famoso agujero de ozono se está cerrando. Vamos a ser prudentes y a no creer por soberbia que significamos tanto. Somos una micra y la naturaleza siempre tiene resortes para defenderse de las agresiones, a veces muy dolorosas para la humanidad.
Poco esfuerzo y muchas prisas.
P. ¿En la caza también se está perdiendo la cultura del esfuerzo?
R. Sin duda, es normal. Yo digo que dentro de equis generaciones el hombre perderá la facultad de andar. Habrá aceras rodantes, unas alitas de quita y pon, etc. Vamos a eso. Yo de joven me daba grandes caminatas, pero quizá también porque ni había los coches ni los carriles que tenemos ahora. Ahora, también por la edad, hago muy poco ejercicio, y sin embargo soy tremendamente eficaz, puedo estar en muchos sitios en un corto espacio de tiempo montado en mi estupendo todoterreno. Sin duda la caza se ha hecho cómoda a todos los niveles.
P. ¿Qué es lo que más le disgusta de la montería actual?
R. Quizá las prisas. Lo bonito de toda la vida ha sido la llegada, incluso en vísperas, el reencuentro con los amigos, y después de la montería se comía relajadamente y se comentaban los lances, pero ahora todo el mundo va demasiado deprisa.
P. Un calibre ideal para montear.
R. Quizá el .30-06 por ser un calibre estándar que se adapta a todas las piezas, que fabrican todas las casas cartucheras y con pesos de puntas variadísimos que van desde los 110 a los 220 grains. Ahora sin embargo tiro con el .338 porque muchos puestos son de cortadero y si no abates la pieza en el sitio hay discusiones terribles, y la verdad, yo monteo para relajarme y divertirme.
P. El lance de su vida que recuerda con más intensidad.
R. Pues no fue precisamente positivo, pero me enseñó mucho. Era un muchacho ya curtidito. Me ocurrió en una finca que se llama Bermú en el puesto denominado El Collado de la molinera. En años anteriores me di cuenta de que antes de cerrarse la mancha, muchas reses se salían por allí. El año del lance en cuestión le dije al propietario lo que había visto otros años y si me podía ir a mi puesto antes del desayuno. Así lo hice. Y efectivamente, cuando vi aparecer a mi armada aún lejana las reses estaban entrando ya en las traviesas. Al rato escucho un canchorreo y veo las cuernas de tres venados, el primero de cuatro puntas, el segundo de ocho y el último de catorce o dieciséis, pero gordas, negras, preciosas. Se paraban y miraban para atrás como diciendo “ahí os quedáis”. Yo llevaba, como en tantas ocasiones, mi escopeta del 16 con bala para tirar cerca –me gusta matar cerca y tocar pelo rápido– y mi Santa Bárbara. Los venados llegan a quince pasos de mí. Mi intención era matar el de ocho puntas y luego, con el izquierdo, el grande. Sentado, sin inmutarme, dejo pasar al de ocho puntas, le tiro de codillo alto para dejarlo en el sitio, como así fue, pero el grande, al tiro, da un gran brinco, luego otro, y nervioso le eché la bala no sé dónde. Como había unos cien metros hasta la cuerda, el venado reguló la marcha, yo cogí el rifle, le apunté de culo lo mejor que supe y... me falla la bala, que por aquel entonces eran militares, y ya no me dio ni tiempo a acerrojar. Me caían unos lagrimones... Nunca había tenido tan a tiro un venado como ése. Eso me enseñó que siempre hay que asegurar la pieza que más te interesa. El que maté, el de ocho puntas, lo tuve varios años colgado en un lugar preferente para que no se me olvidara la lección.
Más de dos mil monterías.
P. Aunque sea de mal gusto preguntarlo, ¿Cuántos venados y cochinos ha matado usted a lo largo de su vida?
R. Son datos que no me gusta dar. Llevo monteando desde los 14 años y tengo 80, y cualquier cifra, por grande que sea, si la divide entre todos esos años, no es tan escandalosa. Tengo anotados por finca y por orden alfabético, empezando por La Alameda y terminando por El Zumajo, las reses abatidas, y hace unos veinte años pasé ya de los mil venados, pero ese número lo ha superado bastante gente mucho más joven que yo. ¡Hay monteros que pasan de los cien venados por temporada! Yo monteo treinta o cuarenta días por temporada, por lo que habré estado en unas dos mil monterías, o sea, que sale a más de medio venado por montería, que no está nada mal, lo reconozco. Cochinos he abatido más de 500, de los cuales unos cincuenta fueron macarenos.
Un suceso espeluznante.
P. Sé que vivió en el monte un suceso espeluznante.
R. Bueno, lo peor es que me acompañaba mi hija que por aquel entonces tenía 11 años. Íbamos de berrea a la finca de mi suegro, Candilejos, que es ahora de mis cuñados. Viajábamos en un Land Rover mi hija, el guarda y yo. Despuntaba ya el día cuando en una zona pegada a la raya de Piedras Picadas, vimos un pequeño fuego. Me extrañó por las fechas y por las horas, pero seguimos adelante. Ya de vuelta, sobre las 12 de la mañana, volvimos por el mismo lugar y la fogata del amanecer era ya un círculo de fuego. Miro con los prismáticos y era un brezal, cosa extraña porque los brezales se quemaban en primavera. En el centro de lo quemado veía como un bulto que no lograba identificar. Todo era muy extraño. En ese momento fue mi hija, que por cierto ha contado este suceso en internet, quien me dijo: “Papá, yo escucho como voces”. Y entonces ya decidimos ir para allá, sabiendo de antemano que algo raro e incluso desagradable me iba a encontrar. Cuando estábamos cerca ya sí, escuchamos unas voces lastimeras y echamos a correr. El espectáculo era dantesco: en medio del quemado había un venado muerto, ya inflado, y a su lado, echado de lado sobre sus pantalones, un tío con la cara blanca como la cal y con las nalgas y la parte de los riñones llenas de sangre ya renegrida sobre la que pululaban moscardas y avispas. Estaba consciente y había perdido mucha sangre. Al principio pensé que era el guarda de la finca al que un furtivo le había pegado un tiro. Tenía una entrada de bala de escopeta por un costado con salida por el otro, pero con la suerte de que no le había tocado ni riñones ni espinazo. A su lado, una escopeta. Lo peor fue la historia. Él me conocía y con voz apagada me dijo que llevaba en ese estado desde las ocho de la tarde del día anterior, que el tiro se lo había pegado Perro Ramón, otro furtivo que le acompaña, de forma accidental cuando estaban sentados junto al venado que habían abatido, pero que lo había dejado allí abandonado. Que había estado pegando tiros hasta quedarse sin cartuchos y que se había guardado uno para pegarse un tiro cuando los buitres se le echaran encima, porque efectivamente ya había buitres por la zona. Lo llevamos a Toledo y se salvó y a Perro Ramón le metieron en la cárcel. Pero ahí no termina la historia, el hombre, cuando vio que su “amigo” le había abandonado porque lo vio escondido tras una chaparra como esperando su muerte, tuvo la paciencia de escribir en la culata de la escopeta con la punta de la navaja (sic): “Perro Ramón ma dao un tiro y ma vandonao”.
P. ¿Alguna meta cinegética por conseguir?
R. Toda mi vida he tenido ilusión por matar un lobo desde que el día de los Santos Inocentes del 44 vi uno en Montalbanejos que no pude tirar. Dos o tres años después, en Castillo de Prim, le sentí a un mastín una ladra extraña, como a guarro parado pero con miedo. Como a cien metros via algo moverse, pensé en principio que era una cierva, pero de repente se revolvió al mastín y vi con sorpresa que se trataba de un lobo, que no pude tirar. Estuve en otra montería que se mató una loba, pero nunca tiré ninguno. Ya en los últimos años Paco López Penela me invitó a varias batidas gallegas y he llegado a tirar hasta tres lobos a cascaporro pero sin éxito, tres lances que en cierto modo me han dejado, si no satisfecho, por lo menos resignado. Uno, que desde luego sé que le di, apareció muerto días después, pero como tampoco sé si era el mío...