Hemeroteca :: 01/12/2008
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Grandes firmas

Mariano Aguayo

Última actualización 25/11/2008@12:33:01 GMT+1
Entre las fotos añejas que ando manejando, con su primitivo blanco y negro virado a sepia, unas más agrisadas, otras rojizas, hay una verdadera joya. En fila, todos de frente, con expresiones tras las que puede adivinarse la personalidad de cada uno, están los siete perreros que montearon Torralba, en Hornachuelos, en 1928. Forrados de cuero –montera, coleto, zahones y polainas sobre las botas– forman un grupo satisfecho tras el día de monte. Me la ha cedido para mi próximo libro Juan Andrés Parladé y estoy con ella como niño con zapatos nuevos.
Son estos personajes: David Chaves, perrero de Calvo de León; Inés Rubio, de García; Antonio Jiménez, de Eduardo Sotomayor; Rafael Delgado, de Natera; Juan García Carmona, del marqués de Viana; Andrés García, de Guerrita, y Matías Martínez, de Antonio Cívico. Ya todos se han perdido en las nieblas de la memoria de la sierra pero, ¿qué daríamos los monteros de hoy por charlar un rato con cualquiera de ellos? ¿Y con los dueños de las rehalas?
Eran los tiempos en que todo había que hacerlo como a mano. La montería artesanal. Los perros, bien domados para poder trasladarse con ellos acollarados, por veredas y atajos, de unas manchas a otras y, luego, hasta la suelta. Los monteros, fuertes para aguantar las interminables caballadas. Los trabucos, bien atacados de pólvora negra, ponían sus nubecillas blancas en los cerros precediendo al trueno que rodaría barrancos abajo. Las armas, de moderado alcance, obligaban a armar las manchas cogiendo sólo los ajustes. Y había que dejar cumplir las reses para tirarlas casi, casi, a capón. Eso sí, que había un sitio para cada cosa y cada cosa estaba en su sitio. Por eso se monteaba con menos escopetas y con unas cuantas rehalas. Siete echaron Torralba aquel día. Hay que ver.

Hoy se arman las manchas metiendo cada puesto donde se calcula, más o menos, que no se va a matar con el de al lado y las rehalas se estorban unas a otras. Abarrotamos el campo. Claro que todo esto son elucubraciones tontas porque, si me hubiese tocado montear en aquellos tiempos, hace ya años que habría tenido que retirarme. Conque, después de todo, esto de los carriles y los coches de campo no está tan mal. No se puede tener todo.
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