Hemeroteca :: 01/01/2009
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Opinión (Editorial)
Por Redacción
Última actualización 23/12/2008@13:26:41 GMT+1
Siempre he considerado al zorro una pieza de caza muy sugerente. Aunque carezca de valor culinario, esencial en cualquier especie cinegética, su halo de eterno fugitivo, de vividor oportunista, siempre me han producido esos sentimientos encontrados que provocan los pícaros... aunque la verdad, siempre que me los encuentro, se me escapa el tiro de la escopeta o el rifle. Siempre, no sé por qué. Quizá porque en el fondo es un serio competidor, y ya se sabe que los superpredadores –el hombre siempre lo ha sido– no quieren intrusos en su territorio de caza. Al lince le pasa lo mismo con maese raposo.

Por otro lado el zorro, por ser tan “zorro”, puede jugártela en décimas de segundo, y esa incertidumbre, esa emoción, hacen apasionante cualquier encuentro con él, ya sea esporádico o buscado.

Sin embargo la mayoría de los cazadores suelen despreciarlo; si pudiesen lo exterminarían de la forma más rápida y sencilla sin recrearse en el lance. Y si es abatido nadie le rinde ese silencioso agradecimiento que merece todo animal cazado.

Uno de mis primeros lances cinegéticos, recién estrenado mi permiso de armas, fue un doblete de zorros del año. Recechaba conejos en verano por un barranco cuando a lo lejos, en un viejo huerto, vi tres zorros que jugueteaban junto a una gran zarza. Me arrastré como pude y me puse a un tiro de escopeta, pero debieron sentir algo y desaparecieron entre la maleza. Esperé semioculto un buen rato sin mover una pestaña hasta que salieron dos de ellos.

Para asegurar por lo menos uno tiré al más cercano con el izquierdo de la paralela y el cartucho más potente que tenía, un 41Oro del 6. Quedó en el sitio. Sin desencararme, con el derecho y un cartucho más “blandito”, me fui con el segundo, que ya corría largo y despavorido y, para mi sorpresa, lo abatí también. Tanta fue la ilusión que, a falta de navaja y no poderles cortar el rabo, los amarré con una corteza de torvisco y me los colgué a la espalda para enseñárselo a mis mayores. ¡No podía dejar allí la prueba de mi proeza! No había andado ni veinte pasos cuando empezó a picarme todo el cuerpo, y fue cuando me acordé de las pulgas. Me quité la camisa, me sacudí como pude pero los zorros siguieron conmigo, ahora arrastrados por el suelo. Tras una larga caminata llegué con los “trofeos” hasta el veterano cazador que me acompañaba buscando esas efusivas felicitaciones. Pero mi compañero, lacónico, sólo dijo: “Bah, dos zorros”, y arrebatándome el torvisco con el que los arrastraba, los tiró a unos zarzales. ¡Qué desilusión, cuánto esfuerzo en vano!
Pero aquello no hundió mi pasión por los zorros, sino todo lo contrario. En las esperas no los perdono, ni en los recechos, y a las pocas monterías que voy los espero con entusiasmo, tanto como un guarro grande o un venado de catorce puntas. Y rara es la montería que no tiro alguno. Me dice un amigo que me entran porque nadie los tira y terminan pasando por mi puesto. Debe ser. Los monteros no le regalan ninguna bala porque dicen que por sus pasos puede llegar el guarro soñado –tengo pruebas de lo contrario–, pero luego tiran cualquier guarro que pasa de rayón. ¿No buscamos bonitos lances? ¿No es el zorro una pieza pequeña, esquiva, difícil, abundante, prolífica... y dañina para la caza menor? Eso sí, después nos quejamos de que no nos dejan controlar los predadores.

Hace unos años mi amigo Lucas Llanes trató de dignificarlo proponiendo, previo informe elevado a la Junta Nacional, su homologación. Quizá algunos todavía se estén riendo por la “ocurrencia”, pero a mí me pareció sensata y oportuna porque, como muchos sólo aprietan el gatillo para presumir, un “zorro oro” ya sí merece la pena. Ahora, egoístamente, me alegro de aquel desprecio de la Junta.

José Ignacio Ñudi
e-mail: nudi@eai.es>joseignacio .nudi@eai.es
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