Perros de caza
El perro de sangre (y III)
Última actualización 01/01/2009@22:26:09 GMT+1
En los dos artículos anteriores hemos tratado básicamente la filosofía del rastreo con perros de piezas de caza mayor heridas, su historia y situación actual, el equipo necesario, las cualidades que debe tener un buen perro de sangre, las razas, la elección del cachorro y el entrenamiento básico sobre rastros artificiales. Queremos dedicar este tercer y último artículo al rastreo real de piezas heridas.
Álvaro García Mateu
Libros Recomendados :
PERROS DE CAZA EN ACCIÓN
PERROS DE RASTRO
¡ Visita nuestra Tienda !
Tanto si rastreamos para nosotros mismos como si lo hacemos para otras personas, debemos disponer de cierta información importante antes de comenzar el rastreo con nuestro perro. En muchos casos, de esa información dependerá el éxito de nuestro trabajo.
Es esencial que el cazador, después de haber herido la pieza, marque visiblemente tres puntos: lugar dónde se encontraba al realizar el disparo, punto en el que se encontraba la pieza cuando recibió el impacto (anschuss) y dirección de huida del animal. Estos datos, junto con las evidencias que recoja en el anschuss –sangre, pelo, contenido estomacal, fragmentos de hueso, etc.– y el informe del cazador sobre la reacción de la pieza al disparo, permitirán al rastreador hacerse una primera idea de la herida producida en el animal y las probabilidades de encontrarlo.
La interpretación de las evidencias encontradas en el anschuss y a lo largo del rastro constituye un tema suficientemente amplio no ya para un artículo, sino para un libro entero. Saber interpretar su procedencia en función del color y textura de la sangre, determinar a qué hueso pertenece el fragmento encontrado e, incluso, localizar la parte del cuerpo del que procede el pelo hallado en el anschuss, supone una gran ayuda para el rastreador.
Para todo aquel que quiera profundizar en el tema recomendaremos algunos libros interesantes, pero no olvidemos que una vez más la práctica es fundamental. Presten especial atención a estos aspectos cuando estén rastreando un animal herido. Anoten sus observaciones, puesto que con seguridad le serán útiles en el futuro.
Localizando el anschuss. Si tenemos la suerte de que el cazador ha marcado, o al menos nos ha indicado con precisión, los tres puntos –posición del cazador, posición de la pieza y dirección de huida–, sabremos por dónde comenzar y la dirección inicial que debemos seguir. Si, como ocurre generalmente en la práctica, la información al respecto se limita a indicarnos la zona en la que “más o menos” se encontraba la pieza cuando recibió el tiro, lo primero que debemos hacer es localizar exactamente el anschuss.
Trataremos de encontrarlo primero sin ayuda del perro, buscando sangre, pelos, carne, tripas, fragmentos de hueso, las huellas del animal en la “arrancada”, o cualquier otra evidencia. Si no lo logramos, tomaremos al perro de la correa de paseo y le conduciremos a la zona para ver si nos marca algún indicio que permita determinar con certeza el lugar del tiro.
En este punto debemos hacer una reflexión importante. Todos tendemos a buscar la sangre del animal en el suelo, justo donde se encontraba en el momento de recibir el impacto. Sin embargo, si se produce en el animal un orificio de salida del proyectil, frecuentemente las evidencias se encuentran “proyectadas” por detrás de la pieza, en el suelo y la vegetación. Los restos de sangre, pelos, tripas, carne y demás pueden proyectarse hasta una distancia de dos metros, como lo demuestran las pruebas de balística terminal realizadas sobre piezas de caza muertas. Así pues, no nos limitemos a mirar por el suelo. Observemos también la vegetación existente por detrás del animal.
Comenzando a RASTREAR. Una vez localizado con certeza el anschuss, llevaremos al perro hasta él, le colocaremos el collar y la traílla de rastreo y le daremos la orden de empezar a buscar. Este comando se habrá utilizado ya durante los entrenamientos y podrá ser algo así como “busca la sangre” o simplemente “la sangre”. Si estamos compenetrados con nuestro perro y sabemos interpretar su lenguaje corporal, nos daremos cuenta de si está sobre el rastro o no. Es posible que el rastro de huida no sea muy evidente para él y necesite describir algunos círculos para encontrarlo; démosle margen y no tengamos prisa.
Es muy importante que vayamos observando las evidencias de que el rastro que ha tomado el perro es el correcto. Sobre todo si nuestro perro no es muy expresivo o, si no conocemos bien su lenguaje corporal, puede que estemos siguiendo un rastro equivocado. La presencia de sangre, pelos, contenido estomacal y otros signos, nos confirmarán que estamos en el buen camino. Ésta es una de las razones por las que es recomendable trabajar con el perro atraillado. Si le dejamos libre y rastrea rápido, no sabremos por dónde discurre exactamente el rastro y no podremos observar las evidencias de que seguimos un ciervo herido. Es posible que el perro haya salido con un rastro caliente de una res sana y perdamos el tiempo, e incluso el perro.
La velocidad de rastreo debe ser aquélla que nos permita ver e interpretar las evidencias. Adaptemos la velocidad del perro a la nuestra y no al contrario. Una búsqueda “desesperada”, a toda velocidad, con un potente sabueso de Baviera al otro extremo de la traílla, resultará probablemente infructuosa y, con seguridad, agotadora.
Es así mismo importante que vayamos señalando periódicamente el rastro seguro mediante cinta de marcar, papel higiénico u otro método. En el caso de que perdamos el rastro correcto, podremos volver a éste con rapidez. Si llevamos un acompañante en el rastreo, puede ser el encargado de colocar estas marcas.
Localizando la pieza herida o muerta. Durante el rastreo, si todo va bien, entraremos en contacto con la pieza herida o muerta. Evidentemente, si está muerta nuestro trabajo de búsqueda habrá terminado y sólo restará sacarla del monte. Pero es posible que, cuando vayamos avanzando sobre la línea de rastro, levantemos la pieza encamada y ésta inicie una nueva huida. En este caso es criterio del rastreador, en función de las características de su perro, la especie de que se trate y el modo y grado en que haya resultado herida, soltar a su perro o seguir rastreando con la correa.
Soltar al perro de la traílla puede acortar el rastreo, si el perro es capaz de pararla e incluso agarrarla, o prolongarlo más, si el animal se encuentra fuerte y al verse presionado huye a mayor velocidad. Ésta es otra razón para tratar de evaluar el estado físico de la pieza, en función de las evidencias que encontremos, y su capacidad de huida.
En el caso de que optemos en este momento por trabajar con el perro libre, deberemos acudir rápidamente al remate de la pieza si se produce una parada o agarre, para evitar que nuestro compañero sufra daños. Si vemos que el perro persigue a la pieza, que no se para, trataremos de encontrar una buena posición de tiro para disparar sobre ella a distancia, siempre manteniendo las máximas precauciones para no herir al perro.
La mejores condiciones para el rastreo. La capacidad del perro de sangre para seguir el rastro de una res herida depende mucho más de las condiciones de rastreo que de la antigüedad de la pista. Bajo condiciones adecuadas, un perro experimentado podrá seguir sin problemas un rastro de 24 horas o más. De hecho tenemos un registro en España de rastreo con éxito de un corzo herido 72 horas antes.
Básicamente las condiciones de rastreo dependen de aspectos climatológicos –temperatura, humedad y viento– y del terreno.
En principio, temperatura fresca y humedad alta son condiciones atmosféricas ideales para el rastreo. El aire frío tiende a mantener el rastro cerca del suelo, “sujetando” las partículas odoríferas del rastro sobre el terreno, al alcance de la nariz del perro. Además, el perro aguantará más físicamente. Una humedad relativa elevada favorece la nariz del perro, que se mantiene hidratada en su constante inhalar-expirar.
Si por el contrario el día se presenta caluroso y seco, el aire tenderá a ascender llevándose con él las partículas del rastro. Además, el calor puede afectar a la capacidad física de nuestro perro si el rastreo se prolonga en el tiempo. Por otra parte, la sequedad ambiental afectará al rendimiento de su nariz, especialmente si se trabaja en terrenos polvorientos.
El viento también juega un papel importante en las condiciones de rastreo, pudiendo arrastrar las partículas odoríferas si sopla lateral a la línea de rastro. Es frecuente en estos casos que el perro rastree paralelo a la línea, donde encuentra el olor arrastrado por el viento. Ello puede despistar al conductor que, al no encontrar evidencias del animal herido, piensa que está siguiendo un rastro equivocado.
En conclusión, si no hay otros condicionantes que nos obliguen a comenzar el rastreo inmediatamente, es mejor esperar a que existan las mejores condiciones posibles.
Nos encontramos en Ciudad Real, en un día de calor y viento seco a mediados de julio, y hemos herido un corzo a las diez de la mañana. Salvo que pensemos que se tratará de un rastreo corto y fácil, será mejor empezar el trabajo a la caída de la tarde, cuando baje la temperatura y se eche el viento.
El otro aspecto fundamental en la determinación de las condiciones de rastreo es el terreno. Como norma general, los suelos desnudos mantienen peor el rastro. Afortunadamente, en este tipo de terreno resultan más visibles las evidencias –sangre, contenido estomacal, etcétera– para el conductor. Una vez más, el trabajo en equipo perro-conductor resulta esencial. Los suelos con vegetación y las zonas de monte conservan mejor el olor del rastro. Los suelos cubiertos de hojas secas suelen resultar complicados en días de viento, porque las evidencias y el propio olor del rastro son arrastrados junto con ellas. Las superficies cubiertas de acículas de pino también son complejas porque el fuerte olor que desprenden puede enmascarar el rastro a la nariz del perro.
Las “zonas muertas”. Desgraciadamente, en muchos casos los rastros de las piezas heridas no son pistas rectas y evidentes que nos conducen al animal. Nos encontraremos numerosos problemas, derivados de las argucias de la caza para poner tierra de por medio con sus perseguidores que el perro y su conductor deben resolver.
Uno de los casos más frecuentes son las llamadas “zonas muertas”. Nos encontramos siguiendo un rastro fácil, con el perro muy fijo en él y, súbitamente, parece esfumarse toda evidencia de que continúa. Llegamos a un punto en el que el perro se detiene y empieza a buscar desesperadamente y sin rumbo fijo. No vemos más allá ni sangre ni otra evidencia de huida del animal. Literalmente parece haberse “esfumado”. Los motivos por los que aparecen estas “zonas muertas” no siempre son explicables. Pueden existir olores que enmascaren el del rastro. Algunos autores afirman que bajo las líneas eléctricas el campo magnético procedente de ellas ioniza las partículas del rastro. Puede tratarse en algunos casos de una vuelta del animal “sobre sus pasos”, como explicaremos más adelante. En cualquier caso, lo importante es saber cómo actuar en estos casos para retomar la línea de rastro correcta. Debemos dejar correr al perro para que describa arcos cada vez más amplios y con mayor radio, con el objetivo de que corte nuevamente el rastro más adelante. Si no lo conseguimos después de haber avanzado un buen trecho, debemos considerar seriamente la posibilidad de que la pieza haya vuelto sobre sus pasos.
En estos casos, el animal se ha parado y ha regresado por el mismo camino, confundiendo su rastro de vuelta con el de ida. Debemos tomar con el perro el rastro al revés, hasta que encontremos el punto en que abandonó la pista inicial y se encaminó en otra dirección. Es una situación complicada para perros sin experiencia.
Otra situación que se nos presentará con cierta frecuencia es el cruce de ríos o arroyos y pistas o carreteras. La técnica para resolver ambos casos es en esencia la misma.
Estamos rastreando un ciervo y, en su intento de escapar a sus perseguidores, llega hasta un arroyo. Muy frecuentemente, el conductor de un perro de sangre asume que la pieza ha cruzado directamente y trata de encontrar nuevamente el rastro en el mismo punto del arroyo, pero en la orilla opuesta.
Esto puede ser un error. Es posible que el ciervo se haya desplazado por la caja del arroyo un buen trecho y haber salido en otro punto, incluso por la misma orilla por la que entró. Debemos cruzar el arroyo y, si no retomamos el rastro en el punto opuesto, batir arriba y abajo la orilla hasta cortar el punto por el que el venado salió del agua. Si no lo logramos, volveremos con el perro a la orilla de partida y llevaremos a cabo la misma operación.
Si estamos siguiendo al ciervo de cerca, puede que veamos el agua removida o salpicaduras en el punto en el que abandonó el arroyo. Nuevamente debemos llevar los ojos bien abiertos, buscando indicios. Las carreteras, pistas y caminos de tierra actúan como si fueran cursos de agua, a los efectos que nos ocupan. Actúe de la misma forma que con los arroyos.
Otro lugar en el que es frecuente perder el rastro de la pieza herida es en los campos arados. La tierra movida y desnuda desprende mucho olor y retiene poco el rastro. Una buena técnica consiste en recorrer los linderos buscando el punto por el que el animal abandonó la tierra de labor y se introdujo en el monte. Frecuentemente lo hará por alguna trocha que utilice normalmente. Revise una por una todas esas trochas de entrada, hasta retomar el rastro. Y, como siempre, trate de asegurarse que está sobre el rastro correcto buscando evidencias.
Conclusiones. El rastreo con perros de sangre de piezas de caza heridas es un trabajo de equipo. El perro pone su nariz, tesón y coraje. Nosotros debemos poner nuestra vista y nuestra inteligencia. La cooperación y complicidad entre los dos miembros del equipo resulta de vital importancia para el éxito de la empresa. No considere a su perro como un componente más de su equipo de caza. Comparta con él el mayor tiempo posible, tanto en el campo como en casa. El deseo por complacerle hará el trabajo del perro mucho más eficaz y su disfrute como conductor será mucho mayor.
A pesar de todos nuestros esfuerzos por seguir la pista correcta, a menudo nos surgirán dudas. En muchas ocasiones desconfiaremos de estar sobre el rastro del animal que buscamos, al no encontrar indicios como por ejemplo sangre. Si después de hacer todas las comprobaciones posibles y describir círculos buscando evidencias continúa dudando, confíe en su perro. Dele un buen margen de confianza. Con frecuencia, un animal herido puede dejar de sangrar temporal o definitivamente y, a pesar de ello, encontrarse muerto a cien pasos.
Agote todas las posibilidades que existan para encontrar la pieza, hasta el límite de sus fuerzas o las de su perro, pero utilice también la inteligencia y trate de evaluar de la forma más precisa posible las probabilidades de encontrar el animal. Carece por completo de sentido pasarse el día entero buscando un venado que, con seguridad, ha recibido tan sólo un “calentón de agujas” y a esas horas se encontrará ileso a un kilómetro de distancia.
La búsqueda de piezas de caza heridas con perros de sangre es una actividad apasionante pero, a menudo, frustrante. No desespere y no caiga en el error de pensar que, o encuentra todos los animales que busca, o su perro no vale. Conseguir encontrar la pieza herida o muerta en más de la mitad de los rastreos es ya un éxito. Trabaje con su perro en rastros de entrenamiento y, sobre todo, en búsquedas reales. Los resultados llegarán con el tiempo. Descubrirá, como nos ha pasado a algunos, que resulta mucho más apasionante esta disciplina del rastreo de reses heridas que la propia acción de caza en sí misma.