Hemeroteca :: 01/02/2009
11/21
Opinión (Editorial)

José I. Ñudi

Última actualización 27/01/2009@12:30:13 GMT+1
Hay que ver la que se ha liado en el norte tras la última ola de frío que vino con los Reyes Magos. Con toda la cordillera Cantábrica cubierta de nieve, muchos oportunistas aprovecharon las circunstancias para abatir un gran número de becadas, generalmente al paso, o descargar la escopeta sobre extraordinarios bandos de avefrías que, procedentes de una Europa congelada, buscaban algo de comida.

Tanto es así que las tres diputaciones vascas, el Gobierno de Navarra y Cantabria decidieron cerrar la caza para evitar estos desmanes. Pero la medida ha provocado opiniones para todos los gustos, a favor y en contra, por parte de los cazadores de aquellos pagos.

Las leyes cinegéticas son muy claras y prohíben la caza en estos llamados “días de fortuna”, o sea, cuando la naturaleza se pone brava y los pobres animales no saben dónde meterse ni por supuesto dónde encontrar alguna migaja para engañar el hambre. En estas circustancias no es legal ni ético cazar, pero está claro que todavía hay “cazadores” que no pueden evitar esta atávica tentación de hacer carne fácil.

Que haya gente que no sea capaz de controlar este “instinto básico” me produce ante todo tristeza. A pesar de todo lo que está cayendo contra la caza, algunos “cazadores” siguen a lo suyo, incapaces de autocontrolarse, aunque sólo sea por no dar carnaza a los anticazas o evitar una multa considerable.

Todos los depredadores, incluido el hombre, tienen grabado en sus genes el acopio de alimento en tiempos de abundancia. Dicen que es una respuesta atávica a la eterna escasez de alimento, al hambre que hemos pasado hasta que inventamos la ganadería y la agricultura. Y debe ser. Reconozco que la abundancia temporal o circunstancial de un determinado “producto natural” produce un placer tan irracional como irresistible. Encontrar de repente un rodal de amanitas, de espárragos, o un paso puntual y abundante de zorzales o palomas nos hace muy felices a todos los que nos gusta predar y recolectar, que en el fondo viene a ser lo mismo.

Pero reconociendo esto, creo que la mayoría de los cazadores actuales estamos preparados para no caer en la tentación. Y no por el miedo a la denuncia, sino porque lo sentimos así. Primero por simple sentido común, para no agotar el recurso y poder seguir cazando en el futuro, pero también porque nos hemos vuelto más sensibles y condescendientes con el reino animal, sobre todo las nuevas generaciones. Sencillamente porque el mundo está cambiando en este sentido. Porque Disney se coló hace muchos años en nuestros hogares. Porque las mascotas son ya miembros de nuestras familias. Porque vivimos lejos de una naturaleza que idealizamos. Porque las becadas y las avefrías ya no las necesitamos, como antes, para aliviar el hambre y el puchero. Por todo a la vez.

Lo que no tengo muy claro es si estos cambios son buenos o malos para la caza, para su futura supervivencia. Cuando los animales salvajes y anónimos pasan a ser conocidos y queridos –el roce hace el cariño– pueden terminar siendo, más que una pieza, un “amigo” que tiene su “casa” en el monte.

Pero al margen de estas reflexiones, aunque esta ola de frío haya desatado los instintos de algunos, asociaciones como Adecana, el Club de Cazadores de Becadas y la Asociación de Becaderos Navarros han dado una lección de responsabilidad y de ética, siendo los primeros en solicitar a las autoridades el cierre puntual, incluso definitivo, de la temporada. de aquel desprecio de la Junta.
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