Reportajes
Apuntes sobre la pasada temporada, que fue excepcional
Última actualización 26/01/2009@16:29:34 GMT+1
Este diario, ameno, simpático y fresco, es un resumen de la temporada 2007-2008 de un apasionado becadero y de otras “picolargas” como las becacinas. Estas notas nos permitirán conocer un poco más a la dama del bosque y su lectura nos transportará a esos mágicos cazaderos norteños.
Texto y fotos: Andrés Sierra
Libros Recomendados :
LINDE Y RIBERA II
TODO CAZA MENOR
¡ Visita nuestra Tienda !
Cuando un cazador da sus primeros pasos cinegéticos las ganas pueden con todo y se encuentra tiempo en cualquier momento para escaparse al monte. Como los años van pasando más deprisa de lo que nos queremos creer, un día, casi sin darnos cuenta, tenemos un montón de temporadas a nuestra espalda, llenas de alegrías y fracasos, y también un saco entero de experiencias que determinarán, de manera definitiva, el cómo afrontaremos las temporadas de caza venideras.
Por eso, cuando se inicia una temporada nueva, se hace con expectativas positivas. En el caso de la caza de las becadas, y casi de cualquier ave migratoria, los resultados de una temporada de caza que comienza casi seguro tendrán poco que ver con los del año anterior. Esto, en el fondo, es lo que alimenta nuestras esperanzas de que “a año nuevo, caza nueva”. Y la experiencia de quien escribe como cazador de becadas así lo confirma.
Así, repasando otras temporadas he decir que la 2006-2007, en general, fue un completo desastre. Hubo muy pocas para cazar. Pasó el mes de noviembre con más pena que gloria, siempre con la esperanza de que en cualquier momento habría una entrada fuerte de becadas en la Península, pero la espera no terminó.
Se cazaron pocas y los más expertos lo atribuyeron a la mala temporada de cría en Centroeuropa, debido principalmente a las grandes inundaciones por lluvia que durante varias semanas ocurrieron en primavera. Además, como guinda del pastel, tanto el otoño como el invierno fueron muy húmedos y con media Francia inundada las becadas no tenían muchos argumentos para esforzarse en pasar el invierno más al sur.
Pero como suele ocurrir en las cosas de la naturaleza, las temporadas de caza excepcionales, tanto de malas como de buenas, no suelen repetirse en años consecutivos.
Así, llegó el otoño de 2007 y ya a principios de octubre se vieron los signos típicos del cambio de estación y de la migración de aves hacia el sur. Grandes agrupamientos de grajos, bandos de zorzales por las noches en los parques de mi ciudad, etc. Pero de todos esos signos me llamó especialmente la atención uno que no había visto nunca, por lo menos de esa manera: una pluma de cola de becada a finales de octubre. Lo especial del caso es que me la encontré en medio de una pista de tenis en la que practico por las noches.
Esto anima a cualquier cazador a pensar en que tras la horrible temporada del 2006-2007, en la 2007-2008 las cosas volverían a la normalidad. Y la realidad fue que la sobrepasaron.
Mi temporada de caza se divide tanto temporal como geográficamente a ambos lados de la Cordillera Cantábrica: en Asturias y Castilla y León.
En Asturias ya se vieron y cazaron becadas –arceas– desde el primer día de caza, pero no esporádicamente –alguna suelta– sino repartidas por toda su geografía. A partir de ahí se dio una de las mejores temporadas de los últimos años. Se cazaron muchísimas. Lo mismo ocurrió en Cantabria.
En el sur de la Cordillera, la cosa fue más clásica. A pesar de que tradicionalmente suelo matar antes en León que en Asturias, hasta los días lluviosos de primeros de noviembre mi perra y yo no vimos la primera becada. Desde luego, con las noticias que venían del norte, ya me extrañaba. Para adobar estas circunstancias, resulta que, al contrario que en otras otoñadas, no vi llegar ninguna becada, ni volando ni a la espera –sin escopeta– por las tardes.
Pero la naturaleza, que pulsa con ritmo propio, de la nada pasa al todo en un momento y desde la primera becada que cazamos en noviembre se mostró mucho más que generosa y, salvo un par de excepciones, matamos becadas hasta el último día de la temporada.
Temporada 2007-2008. El otoño fue seco, con un gran anticiclón bastante estable que nos dejó sol durante semanas. Como no hay lluvias, tormentas ni ventarrones, las hojas de los árboles han tardado semanas en caerse, por lo que el mosaico de colores del campo es precioso, como no lo hubo en los últimos años.
Hay días por la tarde que con todos estos colores duelen hasta los ojos de verlos, pero hay rincones y momentos en que la mezcla de luces y colores es especial en las montañas del norte, como una tarde de mediados de noviembre en que a la orilla del río dolían no sólo los ojos sino el alma de pensar que tanta belleza la borraría el invierno con la primera borrasca que llegara del Atlántico.
Todo esto, encuadrado en los bosques de caducifolias del norte, resume el escenario clásico del cazador de becadas, de ahí gran parte de su encanto.
Los primeros días de caza fueron muy accidentados administrativamente. El día de la apertura nos olvidamos el seguro de caza en casa, por lo que únicamente pudimos acompañar a otros amigos “de morralero”.
Nos estuvimos divirtiendo con una ardilla un poco tonta, que intentaba pasar desapercibida en un nogal seco quedándose quieta y tiesa, pegadita a una rama. Por más palos que le tiramos no se movía. Fue muy curioso.
El segundo día, más de lo mismo, pues me olvidé la documentación de la escopeta en casa. Ya de pura vergüenza, no se lo comenté a nadie y me fui con la perra a un monte fuera de los cazaderos habituales de becadas a intentar volar alguna perdiz para pasar el rato. La cosa fue que, efectivamente, volamos un par de ellas, momento en el cual la perra, con sus ansias de cazar, se me perdió durante un rato largo.
De regreso al coche, pasamos por un par de caseríos y como yo estaba pensando en mis cosas, no me di cuenta de que había una camada de gatos en nuestro camino. Con el perro caliente se montó un estropicio de los buenos, pues con el tiempo hay días que pienso que la pieza favorita de mi perra, muy por encima de la becada, es el gato. Lo digo con sorna, pero es la pura realidad.
La colección de despropósitos continúa y el siguiente día de caza decido no salir, pues Luna tiene un absceso purulento en una pata y según mi veterinario –que soy yo mismo– es mejor ser conservador a las fechas que estamos –4 de noviembre– que forzar la cosa y perder el perro todo el mes.
Con el buen tiempo había asociadas unas noches llenas de estrellas. Estas conformaban un perfecto mapa de navegación nocturna para las aves migratorias en general y para las becadas en particular. Además, hay brisas de componente norte, típicas de estas fechas.
Jueves, 8 de noviembre. Con toda la documentación chequeada, escopeta, cartuchos, comida, perro, etcétera, salimos de madrugada a cazar hacia Asturias desde León.
Al coronar el Puerto de Pajares, contra la claridad del día que va llegando, por delante del parabrisas del coche nos cruza volando baja una becada. ¡Bien! La cosa promete.
Al llegar al coto dudo por un instante si probar un rato a perdices, donde las vimos el otro día, o dejarme de inventos y dedicarnos a lo nuestro, las arceas –estamos en Asturias–. Sólo fue un momento de debilidad. En la primera mancha de roble en que cazamos encuentro una cagada de becada y la perra coge rastro. La buscamos un buen rato, arriba y abajo, pero no damos con ella. Seguramente se voló.
Desde la punta del monte donde estamos, nos tiramos ladera abajo a través de un eucaliptal hasta el fondo del valle, hasta la orilla del arroyo que transcurre por su fondo.
Al cabo de caminar un rato arroyo arriba, encuentro otra cagada y, sin darle importancia pues está seca, continúo caminando. Pero Luna no opina lo mismo y se queda dando vueltas alrededor de lo que parece un rastro caliente. Yo dudo y parece que ella no.
Por listos que nos creamos, el perro suele tener razón casi siempre y, como ya voy peinando canas, me posiciono lo mejor que puedo y la dejo hacer en espera de acontecimientos. Entre tanto, pienso que en toda la mañana no se escuchó ningún disparo en todo el valle, lo cual es extraño en estas fechas.
Mientras, la perra, al tiempo que se va calentando, va delimitando un amplio círculo alrededor de donde ella detecta olor a presa. Puede que haya becada y se le vaya corriendo, o que por ser la primera del año ande Luna poco fina, no sé qué pensar.
También por experiencia sé que la Luna se puede quedar en muestra y no haber nada, al fin y al cabo la muestra es cosa de dos y si uno escapa, pues no hay lance. A veces pone y mueve el rabo de lado a lado. Éstas suelen ser muestras falsas, más por ansiedad que por otra cosa. En otras ocasiones mueve nerviosamente sólo la punta del rabo, lo que denota duda. Pero en el caso que nos ocupa, al cabo de unos minutos hizo una muestra firme, clásica, echada de barriga en el suelo. En estas situaciones no suele haber duda de que tiene la pieza localizada, aunque siempre puede haber excepciones. Entretanto, intento adivinar dónde puede estar la becada y sus posibles vías de escape, para colocarme adecuadamente para el disparo.
Todo esto lo hice con gran convicción en el perro, que llevamos once años juntos y ya parecemos un matrimonio de viejos. Aparte de los movimientos de rabo o las muestras firmes, hay algo que sólo hace cuando tiene bloqueada una pieza durante la muestra, que es buscarme con la mirada. Cuando lo hace, hay chicho seguro. Esto es lo que más me emociona de los lances, cómo me busca de reojo y parece que dice –o eso me quiero creer yo–: “Venga tío, acaba la faena”.
Pues nada, entré al lance, se voló la becada a espaldas del perro y de frente a mí –nos estaba toreando apeonando–, tiro fácil, al suelo, cobro y todos felices menos la protagonista del lance. Luego el revolcón, caricias y, como siempre, Luna no se da ni un momento de descanso, pasando de todo y poniéndose a cazar ipso facto. A partir de ahí cazó mucho más relajada.
A mediados de noviembre, por causas ajenas a la caza, tengo que hacer un viaje a Huelva. Aprovecho y lo hago con un amigo en avioneta. En el viaje, sobrepasado Béjar, se ve el Valle del Jerte con los colores del otoño, pues los castaños han tirado la hoja y los robles están de color ocre dorado. Sobrevolando Extremadura nos cruzamos varios bandos de grullas que vuelan hacia el sur. Por el norte se anuncia un frente que barrerá la Cordillera Cantábrica. El escenario se presenta perfecto para el próximo día de caza.
Jueves, 22 de noviembre. Con un poco de ansiedad por salir a cazar, después de comer salimos corriendo a un monte cercano a casa, pues el día se acaba enseguida. Al llegar al cazadero, en la punta del monte sobre el barlovento veo volando el bando de torcaces más grande que he visto nunca. Paré un momento a contarlas y sobre las 600 perdí la cuenta. Eran como una nube. Por estos pagos no es nada normal ver esto.
Una vez metidos en faena, a los pocos minutos el perro pilla rastro y se queda de muestra debajo de unos brezos muy grandes. Mientras me coloco, de reojo veo una torcaz volando sobre la copa de los robles acercándose a nosotros. Caí en la tentación y sobre mi cabeza la disparo mientras el perro seguía de muestra.
La fallé y, por egoísta, ella se quedó sin cola, yo sin pieza, la perra con un palmo de narices y la becada salió como un tiro de asustada. Tras unos minutos para recomponernos, vamos a por esa becada revolada y finalmente damos con ella. Con el perro de muestra no pude maniobrar para colocarme y se voló de lejos, pero suave, a contraluz, por lo que no la tiré. “La dejamos ahí para el próximo día”, pensé.
De regreso, llegando al coche, con la escopeta ya abierta, Luna se para en seco en el hueco de la cuneta del camino donde estamos aparcados. Me quedé un poco mosca, pues suele hacerse la sueca y montar numeritos de estos con tal de no irse para casa, pero algo me decía que allí podía haber chicho.
Por precaución cierro el arma y continúo caminando hacia el coche sin alterarme pero sin dejar de mirar a mi amiga canina. Antes de pensar en nada más, una becada pega el bote hacia el camino y la echo abajo de un disparo. Me quedé de piedra con la “tonta del bote”, que siempre anda por el monte, tanto que si tengo el portón del coche abierto casi cae dentro ella solita.
En fin, cosas del campo y la caza. Ha sido una tarde muy corta pero intensa. Nos vamos contentos a casa a merendar, que así se le abre el apetito a cualquiera.
El siguiente fin de semana me voy a Asturias. Hay una borrasca de aúpa que baja del norte. La montaña de Covadonga está cubierta de nieve y en tres días no ha parado de llover. El campo está imposible de agua y barro y por más que lo intentamos no encontramos ni un solo pájaro.
Al pie de un reguero me encuentro un revolcadero de jabalí y las pisadas de lo que probablemente sea un gran macho. En esta parte del monte aún no han entrado las cuadrillas del jabalí y sé cuál vendrá en pocos días. Como son amigos míos, hago unas fotos de las huellas para comentárselo. ¡Menudo desastre de fin de semana!
Jueves, 29 de noviembre. Por la mañana me acabo de comprar una flamante moto y, entre el papeleo y darme una vuelta para estrenarla, salgo a cazar más tarde de lo habitual, incluso que el jueves anterior. Con escasa media hora de luz, y después del varapalo del fin de semana anterior, dudo si atacar un par de rincones del cazadero de becadas o intentarlo más relajado en un lugar que conozco que suele tener becacinas.
La caza de las becacinas me encanta, tanto por el tipo de cazadero –marjales, junqueras, zonas intermareales, etcétera–, que para eso soy gallego de costa, como por la alegría del pájaro y los disparos. A todo esto, por supuesto, se une ese a veces malsano gusto por los pájaros de “pico largo”. Esto le pasa a cualquier becadero, sea de donde sea.
Pues nada, a aprovechar el ratito que tenemos con esto, que al fin y al cabo el cazadero son 5-6 hectáreas de junquera a la orilla de un río. Lo justo para este rato. Al poco de empezar, Luna se queda de muestra y donde pensaba que habría una, se volaron dos y cuatro becacinas. El grupo se voló a mi derecha y una suelta a mi izquierda. Como ése es el lado natural del swing de un diestro, voy a por ella y la tiro con éxito. A continuación buscamos al resto y bajamos otra.
Son pájaros muy grandes y gordos, por lo que en casa busqué las referencias oportunas en un libro de ornitología por si se tratase de alguna especie poco frecuente de las poblaciones del norte de Europa. Hechas las comprobaciones oportunas, concluimos que se trataba de las becacinas de siempre, pero que estaban muy gordas.
Viernes, 30 de noviembre. San Andrés. Éste siempre ha sido un día muy especial para mí. Este año no cae en día hábil de caza, pero aprovecho para atender la invitación de un amigo. Tiene un coto muy querencioso para las becadas, pero allí no las caza nadie pues son perdiceros integristas y, por tanto, dudan de que las haya.
Viendo el terreno, localización y vegetación, hace tiempo que tengo claro que aquello es una mina, máxime si las becadas están sin tocar, pero por cosas de la caza y de los pueblos no me dejan cazar allí un día ni pidiéndoselo de rodillas.
Pues nada, el viernes al final de la mañana, les oriento de hacia dónde creo que deberíamos ir, por querencias que veo desde la carretera, y ellos me hacen de guías locales. Tomamos el camino oportuno y al rato ya suelto a la perra por el monte.
No falla. A la primera llamarga que encontramos en medio del bosque de roble, Luna se queda en muestra y levantamos una becada casi de gorda como una perdiz. Pasó volando despacio por delante de nosotros –íbamos tres personas– enseñando las pechugas y mirando para nosotros, al tiempo que el pico nos apuntaba a manera de corte de mangas. “¡Dios mío lo que acabo de hacer¡”, fue lo primero que pensé después de ver las reacciones de los que me acompañaban.
Les acababa de abrir los ojos ante algo que evidentemente les encantó y que tenían delante de sus narices sin saberlo. Espero que la población mundial de becadas no se resienta por esto, porque conociendo al personal es fácil que en el futuro en este pueblo eso ocurra.
Sábado, 1 de diciembre. Como de costumbre, mi familia política decide celebrar los acontecimientos familiares cuando le parece, faltaba más. Me mosquea mucho que siempre lo hagan o en día de coto de pesca o en día hábil de caza, no falla. Tenemos un cumpleaños y yo, pues eso, a cumplir con mi cuñada.
Después del café, tarde, me escapo como un tiro para el monte. Hacía una niebla que rozaba con lo legal para cazar, lo que unido a la hora que era, daba un día oscuro y tristón de caza. Nos metemos en una ladera nueva para los dos y en una robliza joven, tras la muestra, levanto una becada con el pie que abato al segundo disparo, lejos.
El cobro fue largo y espectacular, pues se fue de riñón con vuelo largo, además de apeonar luego otro buen trecho. La perra me la trae viva y veo como tiene parte del triperío colgando. La despacho sin más dilación.
Como no es cuestión de trasnochar en el monte, nos vamos para el coche poco a poco. De camino, paramos en una pequeña mata de roble y brezo muy querenciosa. Me subo al bancal del cortafuegos que la limita, lo que me permite posicionarme muy bien por si se levanta algún pájaro de su interior.
A lo lejos voy siguiendo el clin clin de la campana del perro, lo que me produjo cierta extrañeza pues a mis pies estaba viendo moverse los brezos. Pero tampoco le di mucha importancia pues no es la primera vez que me pasa, pues estoy duro de oído.
Al momento, mientras pensaba esto, delante de mis pies, bajo los brezos, veo pasar la mitad trasera de un perro grande. Me quedo de piedra. Al cabo de unos instantes, me empieza a subir un calor por el cuello arriba que no me gusta nada, nada. Entonces pienso: “Menudo jilip… que soy, un perro, ¡mira que si es un lobo!” –y estaba seguro de que lo era–. Me meto en el monte, hago todo el ruido que puedo y llamo a la perra a voces, contundentemente. La hago venir con escándalo y la ato. Nos salimos al cortafuego.
Tras un par de minutos de reposo, busco en la arena del suelo alguna huella que me confirme mis peores sospechas y las encuentro. Además, había una cagada llenita de pelo de jabalí. Monsieur lobo anda por aquí otra vez, como hace cuatro o cinco años que tuvimos una pareja y camada de lobos.
Pues menudo panorama para andar a becadas con éste por aquí. Mi perra Luna caza muy larga. De hecho, puede pasarse más de un cuarto de hora sin que la vea, sin más contacto con ella que la campana. Si el lobo me la trincase, pues mala suerte, pues no dejaría de ser la muerte más digna para una cazadora como ella. Y digo esto teniendo claro que si se produjera el ataque haría lo posible para defenderla, hasta la venganza. Lo que no sé es quién, si se diese el caso, me iba a defender a mí de mi familia cuando llegase a casa con un panorama como ése.
Puente de la Constitución. Nunca se me ha dado bien la caza en estas fechas. El primer día, jueves, vuelo cuatro, sólo mato una y de vuelta al coche, al pasar un reguero, piso mal y caigo entero al agua, hasta el cuello. Parecía un soldado en Vietnam atravesando un arrozal, con los brazos en alto para no mojar el arma. Menos mal que el coche estaba cerca. Salí pitando para casa.
El sábado por la tarde, excepcionalmente, me acompaña mi chica, María, al monte. Ella no es aficionada, pero un día al año le gusta acompañarme. A mí me pasa lo mismo, pero también sólo un día al año.
Volamos una becada en un rincón que parecía un mar de cagadas de la cantidad que había, pero como hace días que no llueve, el suelo cruje mucho al andar y no hay quien se arrime. Además, si tu acompañante no para de hablar, peor.
Estuvimos observando un castaño viejo muy curioso. Está lleno de agujeros de pájaros carpinteros –tenía más de 35 agujeros–, que es de las pocas referencias fijas que tengo dentro de este bosque de roble joven y espeso.
Hasta que no llueva otra vez no volveremos a este cazadero. Y así fue porque el tiempo cambió a seco y no pisamos allí más esta temporada.
Jueves, 19 de diciembre. Salimos a becacinas y cazamos cinco. Me gusta ver cómo se vuelan de la junquera hacia el monte de roble, a unas fuentes de un claro, y cómo se vuelven de allí a la querencia cuando vamos a buscarlas al monte. Creo que las becacinas están cómodas en el bosque de roble y con un poco de agua en charcas o manantiales se encuentran bien en estos lugares.
En Navidad y fin de año, las presiones familiares son lo suficientemente sutiles como para plantearme salir poco rato a cazar o incluso no salir, que fue lo que finalmente ocurrió. Además, Luna necesita descanso, que aún tenemos enero por delante.
Sus once años, muchísimos kilómetros y mojaduras, le pasan factura en forma de artrosis, lo que no es problema para que se entregue a fondo, como siempre. La consecuencia es que si la dejo cazar sin límites, en un par de días no se mueve por los dolores en las patas, motivo por el cual, al disponer de sólo un perro, en cuanto matamos algo nos damos la vuelta hacia el coche o, en su defecto, cazamos no más de dos horas por salida. Aún así, llevo el perro bastante “dopado”, antes y, sobre todo, después de cazar. Qué menos que unos buenos antiinflamatorios para pasar el mal rato. Para eso están. Aún así, se recupera mal de los esfuerzos y no hay mejor remedio que cortárselos a tiempo.
El día de Reyes hubo regalos para todos. Después de jugar un rato y la comilona correspondiente, por cuestiones higiénicas, y también por egoísmo, salgo con Luna a caminar al monte para bajar todo eso que, parece mentira, nos podamos meter a la tripa sin reventar. Vamos a becacinas y en una hora bajamos once, pero había más. Con las que tengo ya se puede pensar en preparar un guiso, pues aunque saben muy bien tienen poca tajada, normalmente menos incluso que una codorniz. Al final del día, lo que yo decía, regalo de Reyes para todos.
Después de Reyes el tiempo no cambia. De lluvias intensas en octubre, pasamos a un invierno seco que parece no tener solución. Hubo pequeñas nevadas que blanquearon las cumbres cantábricas, pero escasas y muy altas. He visto dos grillos por un prado y tenemos entre 12 y 14 º C, por lo que no sé si realmente este año llegará el invierno.
Sábado, 12 de enero. Tras las nieves en las cumbres, quedo con un amigo para subir a la montaña de León para probar con las becadas en bosques viejos de roble, atrapados por grandes matas de brezo. Suelen refugiarse en estos lugares cuando la nieve las aprieta en altura y en esas circunstancias un amigo tiene la amabilidad de invitarme una vez por temporada.
Así nos dirigimos dos amigos y tres perros hacia las inmediaciones de la Reserva de Caza de Riaño y, al llegar, todo nuestro gozo en un pozo, pues esa noche una nevada cerró el cazadero. Las cuadrillas del jabalí estaban en los bares por el mismo motivo, con lo que no nos quedó otra que sacar los perros a airearse, recoger y volvernos para casa.
De camino, en el río Esla, vimos montones de cormoranes haciendo de las suyas, pero aunque es un ave que ha sido descatalogada, aún no aparece en las listas de especies cazables, por lo que este relato debe terminar aquí, sin más.
Últimos días de la temporada. A partir de mediados de enero los días suelen ser poco previsibles. En el caso de que los frentes polares no aprieten lo suficiente a las aves migratorias al norte de los Pirineos, la cosecha de becadas residentes suele estar casi hecha. Las que se encuentran por el monte en lugares tradicionales están muy toreadas, levantan largas o apeonan en plan perdiz, pero son las que realmente dan juego una y otra vez, hasta que un día se equivocan de estrategia y conseguimos cazarlas.
Éstas sí son las becadas de los libros clásicos de venatoria, las de los lances épicos con perro de muestra, a diferencia de las recién llegadas de viaje de principios de temporada que, muchas veces y hay que ser honrados y reconocerlo, tienen un despiste encima que en ocasiones las hace caer demasiado fácilmente.
En este tramo del calendario, habiendo posibilidades reales de cazar, parece que la temporada se reinicia para quien tiene poco tiempo disponible para salir al monte, como es el caso de quien les escribe. Los días ya se alargan y a las 18:30 aún hay luz para montear, al contrario que a mediados de diciembre.
Así, una tarde que acabamos las tareas y comimos pronto, sin tiempo para el café, salimos a cazar. El plan era pasar por el cazadero de becacinas lo más rápidamente posible, para tirar sólo lo que nos encontrásemos de frente, sin rebuscas, camino del monte y de las querencias de las becadas.
Tenía localizadas tres o cuatro, que con un recorrido bien planificado nos daba tiempo de cazar hasta la caída del sol. Además de la sequía, lo que facilitaba el animarse a salir por lo bonito de la luz de la tarde –más que por otras cosas, pues el suelo en estas circunstancias cruje muchísimo al andar, lo que resulta malísimo para atacar a becadas resabiadas–, ya la gente está desanimada y como es difícil encontrar cazadores en el monte, pueden planificarse las estrategias sin problema de encontrarse a alguien por delante.
Escopeta en mano en el cazadero de becacinas, nada más entrar matamos una. Allí mismo nos encontramos a una vacada de invernada. Pues a fastidiarse, pues los pájaros estaban ahí, volamos alguno, pero entre un ciento de vacas prefiero no tirar más, casi por no oír al paisano que por lo que les moleste a las vacas, que es poco.
Entre ellas, veo a una echada, de parto. Me acerco con cautela para ver si todo va bien y busco con la vista al pastor, sin encontrarlo. A estas horas de la tarde, seguramente hasta mañana no vuelva. La vaca tiene cara de primeriza, la dejamos tranquila con sus cosas y nos encaminamos al monte a lo nuestro.
Al cabo de una hora, con una becada de lance sin historia en el morral, comenzamos el camino de regreso. Desde un claro veo en el valle la vaca de parto que está con un mugido muy raro, de los de problema seguro. El resto de vacas empieza a arremolinarse a su alrededor, lo cual es un signo de problema de los serios. De regreso al coche, vuelvo a meter las narices allí por si puedo hacer algo.
Me encuentro el ternero a medio salir, la madre echada al pie de un arroyo y mojada. Todo tiene muy mal color. Además, la perra se mosquea con la vaca y viceversa. Yo parece que no le asusto. El suelo está todo empapado y tengo problemas incluso para dejar la escopeta en algún sitio. Tengo que atar la perra a unos juncos pues si no va a acabar habiendo problemas serios.
Después consigo acercarme a la vaca, que está jodida –perdón– pues se ve primeriza y con el jato sin salir. No tengo a mano una cuerda y ni siquiera hay donde atar el animal. Me quito canana, chaleco, jersey y camisa, por si acaso.
En cuanto consigo cogerla la tranquilizo lo que puedo y agarro las patas del ternero que sale sin problemas al exterior, pero ya al agarrarlo mis peores augurios se confirman. Está frío, lleva mucho tiempo atravesado y la madre no sé si lo habrá golpeado o mojado en el reguero.
Intento reanimarlo como puedo, tengo el cinto del pantalón para colgarlo pero no tengo dónde. Intento volteos y maniobras de reanimación, con la esperanza justita, pero lo hago. Ya sólo faltaba que de lejos me viera cualquiera que pensara que lo estoy robando. El resultado desafortunadamente fue el que me esperaba.
Me visto corriendo, dejo allí el jato, al que la madre ya miraba poco, sabedora del desenlace de una mala tarde y con la noche encima doy aviso en el pueblo para que llamen al propietario.
Al llegar a casa estaban mis suegros y me preguntan qué tal, digo que una más y me espetan, con el soniquete típico –estaban en plan vacilón–, que si toda la tarde fuera y llegar a estas horas para eso. Callé por no discutir.
Becadas y conejos. Un día al año salgo a conejos. Me divierte mucho, pero sólo una vez al año. Dispongo de un cazadero de becadas, básicamente con algo de roble y gran sotobosque de brezo, donde conviven una buena población de conejos y alguna de las del pico largo.
Los conejos llevo años intuyéndolos, pues por la configuración del suelo y la vegetación no hay quien los vea. Hay huras, cagaderos, etcétera, pero verlos es muy difícil dentro del monte. Otra cosa son los caminos por la noche.
Tengo un amigo aficionado al beagle que, curiosamente, se dedica al conejo. Nos dejan cazar en este cazadero una vez al año y es realmente interesante ver cómo se defienden los conejos de los perros. Yo les llamo los conejos-liebre, pues ante el acoso de los perros corren ladera arriba y abajo, sin salir a los caminos de concentración o a los cortafuegos. Tiene narices, hay que tirarlos dentro del brezo, a la gallega, a cachetazo limpio. Los perros trabajan en jauría, de seis. Canta uno, acosan todos y los conejos a torearlos.
He visto cómo, corriendo delante de los perros, el conejo se agacha y los deja pasar lanzados, momento en el que se dan la vuelta por sus pasos. ¿Son conejos o jabalíes? No lo sé, pero para tirar a uno hay que exprimirse las neuronas para colocarse y encarar rápido.
Esto sí que es difícil, tanto como tirar becadas largas en lo espeso del monte. El día fue soleado y divertido. Matamos cinco y fallamos más del doble, por lo que nos divertimos todos menos los conejos.
La paella,“fetén”. A final de enero es un buen momento para intentar cazar un pato. Tengo un encargo de un amigo que vivió varios años en Sueca y me ha explicado las intimidades del arroz a la paella. Por lo visto, la típica es de carne de pato. Todo lo demás son evoluciones. Pues allá voy al río a ver si consigo volar alguno para después tirarlo. Tengo éxito el 27 de enero. Yo no soy cazador de patos, pero como sé donde están, en un rececho pobre pero con suerte, cae un macho de azulón que pelo allí mismo. La paella salió de rechupete. Eso sí, cazar por encargo es un auténtico coñazo.
La temporada termina y la recodaré como una de las dos mejores. A pesar de relatar días en los que pasó algo especial, salimos muchas más jornadas de caza y apenas un par de días volvimos en blanco. Hubo mucha entrada de becadas en la Península.
Esto anima mucho a salir al campo, lo que al final hace que te pasen historietas de todo tipo. Además, a las becadas les acompañan otras especies, como las becacinas, con patrones migratorios digamos que parecidos y que dan mucho juego al cazador de migratorias con perro de muestra.