Relatos
Antonio Fco. Fernández Monge
Última actualización 27/01/2009@12:32:00 GMT+1
Se levantó con movimientos lentos, diríase con sigilo felino. El corazón le latía con un ritmo muy superior al normal, sólo el sentido del oído y su mente le ayudaban en esos momentos de extrema emoción.
Vivía intensamente esos instantes previos al lance, en los que cuerpo y alma retornan al estado en que nuestros ancestros se encontraron tantas veces y que genéticamente ha perdurado hasta nuestros tiempos. Ellos cazaban para vivir, dependían de la caza. Su herencia nos ha llegado en forma de reflejo instintivo alojado en la parte más primitiva de nuestro cerebro. Nosotros cazamos por afición pero es seguro que las sensaciones que vivieron ellos y las que vivimos nosotros, son las mismas.
Su experiencia, después de más de treinta años cazando ininterrumpidamente y de muchas y muchas noches de aguardo, jugaban a su favor, situaciones similares a ésta, las había vivido en bastantes ocasiones, sin embargo, no por ello dejaba de emocionarse y sentirlo como algo totalmente nuevo y maravilloso.
Disfrutaba de esa incertidumbre respecto a cómo terminaría el lance ya prácticamente seguro e inmediato.
Ruidos de granos partidos, de pasto… su oído le estaba diciendo claramente que varios jabatos habían “entrado” y estaban comiendo. Tenía la certeza que había más de uno.
Cuando todavía quedaba algo de luz y la tarde dejaba paso a la noche, observó que el sembrado estaba justo debajo de las copas de los alcornoques que se recortaban sobre el oscurecido cielo, en el cerro situado a su frente. En línea con esas copas, ahora bajo la luz de la luna, justo delante de él, se encontraban los guarros. Levantó el rifle recordando que lo tenía correctamente cargado, una bala en la recámara y el cargador completo. Deslizó la aleta del seguro con la máxima suavidad posible para que no produjera el más mínimo “clic”.
Antes había sentido cerca de él la aproximación de algún animal, pero supo tras analizar el ruido que debía tratarse de un zorro, un tejón o un meloncillo, conociendo el monte y la vegetación que le rodeaba, no podía ser nada mayor ni menor pero desde luego, nunca un jabalí.
Respiró profundamente, se sintió seguro, percibía en su pecho los latidos del muy acelerado corazón, sin embargo el pulso, las manos y todo él, estaban serenos.
La luz de la luna le ayudó a identificar la impresionante figura de dos jabalíes que se distinguían perfectamente entre los tallos del trigal. De forma instantánea dirigió alza y punto al de mayor tamaño apuntándole al hombro, siempre que podía, disparaba a ese lugar, su experiencia le decía que con el calibre que utilizaba, eran disparos más seguros que incluso los del codillo. Su otro lugar preferido para abatir de golpe, era la base del cuello.
Le preocupaba que pudieran ventearlo y salieran corriendo hacia la cercana espesura de jaras sin que le dieran la oportunidad de disparar, de ahí que apuntar y tirar, intentara hacerlo con la mayor rapidez posible pero sin apresuramientos. Sabía que en la caza, las prisas, eran algo inconveniente.
Uno de los cochinos, el más pequeño, probablemente el escudero, siguió comiendo y hozando como si nada pasara, le ofrecía todo el costado derecho mientras que el grande levantó la cabeza quizás al percibir algún efluvio debido a un pequeño revoque. Éste estaba situado a la izquierda del anterior, tenía peor blanco, casi de frente, dándole la cara pero con un cierto grado de oblicuidad. Dudó durante centésimas de segundos si cambiar de pieza, pero mantuvo la puntería en su sitio y con suavidad apretó el gatillo.
Allí estaba el campo, la noche, la pieza y el cazador, para él había dejado de existir el resto del mundo.
Un imponente estruendo partió la noche en dos, el estallido del .300 Winchester Magnum lo invadió todo e hizo insignificante la llamarada que salió por la boca de fuego. Inmediatamente tras el disparo, por el retroceso del arma, no podía saber qué había ocurrido. Rápidamente acerrojó de forma instintiva.
Días atrás, antes de este momento, ha vivido la preparación del aguardo. Estudió los vientos, observó las huellas, las bañas, los “rascaderos” de los troncos próximos, los senderos de entrada y salida, el entorno, eligió el “acechadero”, contó con esa maravillosa aliada que es la luna y tuvo en cuenta mil y un detalles más que han hecho posible la entrada de los guarros y el poder tirarlos.
Sabe que los que creen que van a tener buenos resultados por ver un sembrado tomado para después ponerse más o menos donde creen oportuno, tienen pocas posibilidades de éxito, de ahí que él se esmere tanto en el exhaustivo estudio de la pieza y del campo.
Entiende que los resultados en la caza dependen en muchas ocasiones en utilizar la empatía con el animal, en intentar conocer cómo piensa, cómo actúa y se mueve en su medio. No se trata de decir “si yo fuera un jabalí, haría esto o lo otro”, más bien es cuestión de pensar como ellos pueden hacerlo, de intentar transformar nuestra mente humana en la animal, conociendo sus ventajas y sus limitaciones. Siempre procura tener en cuenta las diferencias que existen entre sus cerebros y sentidos y los nuestros, pues lógicamente ello influye en la forma de actuar animal o humana.
Todo este tipo de cosas hace que le encante conocer lo máximo posible respecto a las piezas de caza y a través de ello, amarlas y respetarlas.
Probablemente relacionado con su forma de ser y con su enfoque de la vida, refiriéndose a la caza, con frecuencia habla de lo “bien hecho”, de la pelea con la pieza en “buena lid”, de ser cazador de “casta” e independientemente de lo que establezca o no la ley, es enemigo acérrimo de los “cebaderos”, de la utilización de focos, aparatos de visión nocturna y de toda esa serie de artefactos y productos que para él, quitan pureza al lance y dan injusta ventaja sobre el animal.
Tanto es así que tal y como ocurría en la mayoría de las noches, cuando volvía de vacío, a pesar de haber “barruntado” a los guarros cerca, una leve sonrisa le marcaba la comisura de los labios y se decía su interior: una vez más habéis sido más listos que yo. Eso en el fondo le gustaba, a él la caza fácil, sin limpieza, no le aporta nada, eso no es cazar.
A veces, cuando se encuentra en medio de la noche, en plena oscuridad, quizás luchando contra el sueño, contra el frío, contra los insectos, contra la incomodidad del asiento, se pregunta qué hace allí y recordando la confortabilidad de su cama, el aire acondicionado o el calor de su habitación se cuestiona si merece o no la pena. La respuesta para muchos es un rotundo no, quizás él lo comparta, pero… ¿cómo luchar contra la afición? ¿Cómo ir en contra de aquello que le gusta hacer más que nada en este mundo, cazar? Dejaría de ser fiel a sí mismo si algún día colgara la escopeta. En el cofre de sus tesoros personales, sin duda, están todos los lances que ha vivido, todos los ratos de campo, realmente se siente él cuando está cazando. Valora y respeta enormemente la amistad de sus compañeros, pues sabe que comparten con él un mismo denominador común.
De nuevo miró al lugar donde se encontraban los jabalíes, una sensación placentera e indescriptible le embargó hasta lo más profundo de su ser. Allí estaba abatido el jabalí. Observó que no había ninguna posibilidad de que estuviera herido, fue un disparo certero y mortal a pesar de haberlo efectuado a una distancia superior a la normal en estos casos porque estaba seguro de que de haberse puesto más cerca habrían podido ventearlo.
Sintió cierta pena por la vida del animal, pero le reconfortó el hecho de que allí se les cuida precisamente porque se les caza, y el saldo final es que existe en el coto una excelente población de la especie.
Memorizó todo lo vivido como una joya más a guardar en lo más hondo de su espíritu, en ese cofre de sus tesoros personales.
Respiró profundamente y el agradable olor del monte por la noche hinchó sus pulmones. Levantó la mirada hacia el cielo y pudo observar la limpia inmensidad del universo. Pensó que si la gloria existe es así, y que tal y como él se siente ahora, es como deben sentirse las almas que la ocupan.
Empezó a caminar dirigiéndose hacia su pieza, tenía que valorarla, verla de cerca, tocarla, pero no sin antes darle gracias a Dios por lo que le había hecho vivir y sentir una vez más.
Sin duda… mereció la pena.