Hemeroteca :: 01/02/2009
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Grandes firmas

Mariano Aguayo

Última actualización 27/01/2009@12:32:28 GMT+1
Por culpa de Lolo Mialdea, que me ha dado a leer el manuscrito de sus memorias, he recalado en la nostalgia de aquellos felices años setenta y ochenta, cuando las cosas de la montería se fraguaban en Córdoba en unos pocos centros de decisión. Normalmente bares o tabernas ya que, por estos pagos, nunca cuajó un club de monteros.
Por ejemplo, en “El Coto” reinaba Pepín Molina Guerra, continuador de la rehala de Guerrita y organizador de Casas Rubias. Y, en su derredor, andaban Pepe Cañete, que daba Mesas Altas y su primo Pablito que se quedaba con manchas por la zona de Fuente Vieja. Y esto atraía una cohorte de amiguetes tratando de colocarse, perreros ponderando sus excelentes rehalas y monteros en general.

Las cosas del monte se movían por las que pudiéramos llamar familias. Y Lolo andaba en la de su tío Andrés Mialdea, que había comprado Las Mesas de Marina a las que añadió La Gitana formando un buen coto de caza mayor. Toda esta harca recalaba en el bar “Moriles”, de la avenida de Antonio Maura. Andrés, como patriarca, estaba por encima del bien y del mal. Los puestos, las echadas y las fechas las llevaban su cuñado Benito Lozano y su sobrino Lolo. Y alrededor, cómo no, otra pléyade de buenos aficionados. José María Cabanás, Antonio Arenas, Jose Mari Prieto… Y aquellas tertulias no eran impermeables en absoluto, que yo mismo estaba en las dos.

En el “Gran Bar” se cocían los planes de Rafael Bernal, su dueño, y Cipriano Sánchez. Todo alrededor de Taqueros, coto que poseían en común. Y era aquel otro núcleo nada despreciable de monteros cordobeses.

No sabría yo decir si se gozaba más en el campo o con el vino charlado de las tabernas. De aquellas reuniones salía uno pleno de ilusión, con una fe inquebrantable en el buen puesto que se había agenciado. Era una fe viva, mantenida, que sólo iba debilitándose, si no habías tirado, cuando comenzaban a sonar las caracolas llamando a los últimos perros que remoloneaban en la mancha.

Y, el lunes, vuelta a empezar. A recargar ilusiones y a intrigar a ver cómo conseguías un puesto en el que ponerte a menos de cien pasos de un cochino. Por aquellos tiempos las monterías, al menos en Córdoba, aún cabalgaban entre la tradición y el comercio que vino después. Se ponían “armadas de los niños” para sujetar reses y se charlaba más que se mataba. Y, además, éramos muy jóvenes. Qué buenos tiempos.
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  • Aquellos años

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    797 | Félix Sánchez - 03/02/2009 @ 12:05:18 (GMT+1)
    Magnificos tiempos, yo también estuve monteando con mi tio Eulalio Sánchez por esos años
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