Grandes firmas
Antonio Pérez Henares
Ilustración: BARCA
Última actualización 27/01/2009@12:32:10 GMT+1
La poesía, habrá quien lo ponga en duda, le debe a la caza muy buenos versos. Como se los debe la novela, la pintura y ahora el cine. El Romancero Español está lleno de maravillosos ejemplos donde la figura del cazador, o algún lance venatorio, son glosados de tan sencilla como hermosa manera.
La vieja tradición se ha mantenido, aunque a algunos les corroa, también hasta nuestros días. Lo demostró no hace mucho el maestro Aguayo con una eficaz y sentida recopilación de cantes y coplas que tenían en la caza su motivo principal. Cante del pueblo, versos hondos, sentimientos exprimidos, quereres y desamores, con el marco de siempre: la vibración del cazador por el campo, por sus presas, por su compañero, el perro o el halcón, y luego el pensar y el sentir, una vez centrado en la propia actividad pero muchas otras metido el verso y la alegoría en muy otros más carnales o espirituales amores. El campo da para mucho pensar.
Pues bien, me parece una osadía pero me he decidido a intentarla. Las letras de fandangos, sevillanas y los más diversos palos que recopiló don Mariano tienen la mayoría solera y años. Se me ha ocurrido intentar alguna nueva. Me perdonarán por el sur que no sepa qué decirles si alguno tuviera la imprudencia de intentar cantar lo que a continuación van a leer. De cante y cantes estoy más que pez, incluso que pez en rastrojo. Como poeta, y aunque me he atrevido a publicar recientemente un libro –“Animales, vegetales y minerales”– con poemas en su mayor parte de mi ya bien pasada juventud, no creo tener mucha gracia. Que si ya decía el gran Cervantes: “Yo me afano y me desvelo/ por parecer que tengo de poeta/ la gracia que no quiso darme el cielo”, que va a decir un tal Chani .
Pero bueno. Excusas aparte, me decido y ahí va. Acéptenlo como regalo navideño. O al menos como broma.
De alabastro
A la Garza yo le traje,
de alabastro,
unos cristales
que recogí en la costera,
y no le tiré a la perdiz,
que se arrancó en la barranca
porque era la de La Garza
y yo no quise matarla.
A la Garza yo le traje,
de alabastro,
unos cristales
que recogí en la costera
que no tengo más que darle.
Que me voy al campo solo
para así poder hablarle
en cada paso que doy,
en cada senda que cruzo,
en cada nube que pasa,
en cada cerro que subo,
porque antes el bosque era mío
y ahora hasta de olor es el suyo.
A la Garza yo le traje,
de alabastro,
unos cristales
que recogí en la costera,
y no le tiré a la perdiz,
que se arrancó en la barranca
porque era la de La Garza
y yo no quise matarla.