Hemeroteca :: 01/02/2009
6/21
Grandes firmas

Diego Ramón Maestre Limón Enrique Ayuso Hernández Dibujo: Pablo Capote

Última actualización 26/01/2009@12:41:10 GMT+1
No había más de media luna, todos mis aperos en el morral, mi rifle preparado y mi coche, como siempre, dispuesto a hacer el mismo camino que tantas noches había hecho conmigo sin importarnos las inclemencias del tiempo.
Llevaba ya meses detrás de un viejo jabalí que, por sus huellas y los resoplidos que yo mismo había oído, debía tener una boca como para que mereciera la pena pasar un poco de frío esperándolo. Y, en efecto, allí estaba yo debajo de mi encina centenaria, sentado en mi silla y abrigado para aguantar lo que hiciese falta. He de señalar que, como muchos cazadores, suelo ser bastante metódico y pongo las cosas que necesito a mi alrededor, el morral por si necesito algo más de abrigo, un cuchillo de remate de hoja ancha que me regaló mi padre unos Reyes y unos viejos prismáticos con un colgante de cuero roído que siempre me acompañan y que en muchas ocasiones son los que me dicen si la pieza que voy a abatir es la correcta.

CAMBIO DE PUESTO. Estaba disfrutando de los últimos rayos de sol y de los pocos sonidos que aún quedaban en el monte, pero algo rondaba mi cabeza, estaba inquieto. Esta inquietud era debida a que en los dos últimos aguardos había oído al jabalí acercarse siguiendo una trayectoria que seguramente, intuía yo, acabaría al pie de la encina en la que yo estaba y que con seguridad había sido la causa de no haber conseguido mi objetivo anteriormente, bien porque el animal me oliese, viese o notara cualquier otra cosa rara.

Debió pasar una media hora mientras pensaba si moverme o no. Por un lado, me decía a mí mismo que era una tontería y por el otro, algo me sugería que debía seguir mi intuición. Finalmente decidí moverme un poco y abandonar así mi vieja encina sólo por esa noche, situándome diez metros por encima de ésta con todo el lío que eso conllevaba: mover la silla y transportar el morral, el cuchillo y todos los demás aperos.

Ya en mi nueva ubicación y cuando no había pasado ni diez minutos, me di cuenta de que había olvidado mis prismáticos en el puesto anterior. ¡Qué rabia! Evidentemente ya no era el momento de moverme, aunque se me podría haber pasado por la cabeza de no haber sido por un ruido seco similar al partir de una rama que había oído unos segundos antes.

Estaba quieto como una estatua y así seguí durante un buen rato hasta que una bellota tardía cayó sobre mi cabeza, dándome un susto tremendo, para terminar colándose en el morral y golpeando un espejo metálico que llevo no sé para qué. Estaba claro que no era mi día.

Por fin, ¡ahí está! Seguía allí sentado, un poco preocupado por todo el jaleo que estaba armando, pero muy atento a cualquier cosa.

De repente, en la misma dirección que en los otros aguardos, escuché un ligero rodar de piedras muy significativo. ¡Ahí está!, pensé. Pasaron al menos veinte minutos hasta oír un ruido similar al que producen estos animales al hocicar entre la hojarasca que tienen debajo las encinas buscando las bellotas caídas. A esto le siguieron resoplidos y rodar de piedras.

Permanecía muy atento sin perder de vista la línea de ruidos que iba trazando aquello que yo suponía era el jabalí y que curiosamente coincidía con la que había pronosticado y que había hecho trasladar mi puesto de aguardo. Cada vez se hacían más intensos los ruidos y se repetían con más frecuencia. Tenía el corazón en un puño y los ojos no paraban de dibujar la silueta del cochino en cada matorral, piedra o sombra. De pronto lo vi durante unos segundos, era grandísimo, ¡madre mía que ejemplar, y además venía hacia mí! Lo dejé hasta que llegó a la vieja encina donde yo me solía poner, y allí se paró. Por esta vez mi intuición no me había engañado. Lo veía con mucha claridad, realmente era bueno, ¡que emoción! Empezó a hocicar y yo estaba sufriendo por si mi olor había impregnado la zona y el animal pudiera olerlo e irse despavorido. Pero lejos de esto, empezó a comer bellota y algunos granos de maíz que anteriormente se me habían caído del bolsillo. Con mucho cuidado y sin hacer el más mínimo ruido levanté el rifle y apunté al animal. Estaba todo preparado, la cruceta del visor apuntaba a su codillo e iba a disparar cuando curiosamente vi algo extraño.

Desenlace inesperado. El jabalí empezó a cabecear de arriba a abajo recordando al movimiento que hacen los venaos en la berrea. A mí me extrañó su reacción, al principio pensé que podía estar tomándome el aire pero no me parecía lógico. Enseguida empezó a andar, cada vez más rápido, repitiendo estos movimientos con la cabeza. Lo seguí con mi visor unos quince metros, pues ya en movimiento no me era fácil enfocarlo y cuando lo tuve claro le acerté un tiro en el codillo que, lejos de dejarlo en el sitio, hizo que todavía el animal anduviese hasta alcanzar un regajo seco que divide dos manchas.

Analizando fríamente este relato no dejaría de ser uno de tantos en los que un cazador abate una pieza en una espera de forma emocionante, de no ser porque a escaso medio metro de la cabeza del jabalí estaban mis viejos prismáticos en perfectas condiciones con su colgante de cuero roído, aquellos que curiosamente me habían servido para verlo a él en otras ocasiones en el monte. Para mí, esto sólo tenía una lectura pero, por si acaso, en mi casa tengo la tabla con los colmillos del jabalí y junto a ella los prismáticos que, creo, se han ganado la jubilación.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (0)   No(0)
6/21
Comparte esta noticia  

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de TrofeoCaza.com, web oficial de la revista Trofeo, decana del mundo cinegético
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • Su dirección de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.