Hemeroteca :: 01/03/2009
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Reportajes

Una tragicómica cacería de oso negro en Canadá

Última actualización 25/02/2009@12:14:16 GMT+1
Sólo en su puesto, de noche y casi sin tiempo para seguir cazando, el autor vivió esta aventura tan “insólita y emocionante” que considera que tiene que ser contada. Y nosotros estamos de acuerdo. Que la disfruten.

Texto: Francisco Cuenca Anaya

Jorge Martínez Sagrera
Con noche casi cerrada del último día de caza y en el momento de mayor tensión, con un oso comiendo a veinte metros de mi plataforma y apurando los minutos que, más allá de lo permitido, me estaban regalando los guías, intentaba juzgar la calidad de la bestia para no volver a cometer el error del otro día, cuando cobré un oso de tamaño mediano. Muevo el zoom del visor baratuno del rifle cal. .338, alquilado a la organización, al que con la oscuridad le habían desaparecido la retícula; lo fijo en siete aumentos procurando valorar la dimensión de la fiera en función de la anchura de la cabeza, de la altura de su cruz, volumen… En eso estaba cuando sentí que se me movía todo el estaribel. Descuelgo una mirada por mi izquierda y lo que veo me recuerda las historias que los guías nos han contado de los peligros del oso negro: “… echaron de menos a un guarda de la reserva y tras una intensa búsqueda encontraron sus restos en la cueva de una osa que, suponen, lo mató cuando pasaba por las inmediaciones... En la edición del 2 de junio del Journal de Québec, estando nosotros allí, se publicó a toda plana la infortunada tragedia de una abuela a la que mató un oso mientras pescaba a orillas de un lago. … En una visita al taller del taxidermista local había varias fotos de restos humanos tragados por los osos”.

Lo que veo abajo, al asomarme, estaba de pie apoyado en las escaleras mirándome, y no era ni más ni menos que la osa que me estuvo distrayendo buena parte de la tarde.

Eugenio, “nuestra” torreta y yo. La aventura en Canadá había comenzado una semana antes. De osos sé muy poco, aunque después de esta semana creo que he aprendido algo más. Cuando cazas, normalmente llevas un acompañante conocedor de los animales y en él descansas la valoración de los trofeos, así como las costumbres, posibilidades del lance, etcétera. Con esa confianza llegué y mi sorpresa fue grande cuando nos llevaron el primer día dejándonos sin más explicaciones ante una torreta que consistía en una escalera de unos 4 metros rematada por una tabla con las medidas justas para sentarse dos personas y una pequeña plataforma para poner los pies fijada al tronco de un abeto que servía de apoyo a todo aquel aparato.

A esta expedición íbamos como cazadores: Fernando, Antonio, Eugenio y yo. Nos acompañaron como guías Roland y Sophie, ambos pertenecientes a la organización de Joe Verni, con el que cazamos frecuentemente.

Yo había cazado osos en Croacia, y en plena noche porque allí estaba permitido. Con la nieve de fondo, comparábamos las siluetas de unos con las de otros y referidas a un palo, piedra o cualquier otro objeto, sacábamos la conclusión de su medida y, aunque la última palabra la tiene el cazador, la ayuda del experto es fundamental.

Así que aquí nos vimos Eugenio y yo que, por improvisaciones de última hora, estuvimos compartiendo aguardo dos tardes, dueños de nuestro destino y sin haber visto un oso negro jamás, con la referencia del bidón de la comida para evaluar el tamaño. La diferencia entre un oso grande y uno mediano no es tanto en la altura, como en el volumen, cabeza, hocico, etcétera. La primera tarde Eugenio tuvo la fortuna y el acierto de cobrar un magnífico ejemplar de 300 libras que, a decir del jefe de los guardas, estaba en el límite de lo conseguible.

Ese mismo día herí un macho con un tiro en la paleta y cuando fuimos a buscarlo pusieron los guías poco interés en su cobro, no sé si por lo peligroso que resultaba encontrarlo herido o por lo dificultoso de sacarlo al camino desde el fondo de un bosque absolutamente cerrado.

Los osos de Faunique des Laurentis. La Reserve de Faunique des Laurentis es el nombre del lugar donde cazamos. Tiene 6.000 km2 y se cazan todos los años en ella unos sesenta osos de una población estimada en mil individuos. Sus 2.000 lagos salpicados entre una densa arboleda de coníferas, arces, sauces y abedules le dan una belleza singular. Aquí practican la pesca multitud de aficionados que se alojan en cabañas de madera, como nos alojábamos nosotros, en grupos o con sus familias.

Dos guardas de la reserva son su única protección frente a un furtivismo que se lleva, según estadísticas, el 50 por ciento de la caza, fundamentalmente para carne que, por cierto, está prohibido vender.

La caza del oso negro, debido a su abundancia, no presenta gran dificultad, salvo que se vaya con espíritu selectivo. Entonces empiezan las complicaciones que son el acicate de toda buena cacería. Un buen trofeo corresponde a un animal que tiene en torno a veinte años y se las sabe todas. Por ello, salvo el oso de Eugenio, que entró de día, los demás grandes hacían su aparición “al lubricán” o de noche. La Ley sólo autoriza a cazar hasta media hora después del ocaso y, por supuesto, sin luz artificial.

Vamos pasando los días cazando únicamente por la tarde y después de un lance divertido le tiro al “novio” de una gran osa que me confunde, resultando un trofeo mediocre.

Dejo pasar trofeos aceptables y me encajo en el último día con la presión de no llevarme nada que merezca la pena. Tengo licencia para dos y no pierdo la esperanza de cobrar un buen macho al final.

SE acaba el tiempo. El último día me ofrecen los guías acompañarlos por la mañana a revisar los comederos, que en esta zona son veinte. El trabajo consiste en ver si han comido y han dejado moñigas frescas de buen tamaño porque si un macho grande ha entrado es posible que repita, aunque no es seguro ya que son muy erráticos en su comportamiento. No obstante, si tenemos en cuenta que es temporada de celo, cabe la posibilidad de que esté el macho dominante acollarado a una hembra y éstas si son más sedentarias.

Cuatro horas empleamos en la tournée y prácticamente en todos han comido, aunque hay pocos con cagadas grandes. Roland no ve suficiente seguridad y decide llevarnos a otra zona donde tienen varios comederos sin cazar y que tienen buenas muestras. A Antonio y a mí nos queda un oso por matar a cada uno. Del grupo, Eugenio, ha cobrado sus dos osos y Fernando se conforma con uno, así que se van de turismo.

Al colocarnos se renuevan nuestras maltrechas esperanzas, pues en el sitio de Antonio hay cantidad de hechío fresco y a las 4:30 pm lo dejamos colocado. A continuación, me llevan a un mirador especial que tienen para los aficionados al arco, muy próximo al bidón-comedero. El reconocimiento del entorno nos hace ver varias cacas frescas, una de considerable tamaño. La plataforma es mucho más pequeña que las demás. Apenas hay sitio en la tabla sobre la escalera para una persona y está tan próxima al comedero que no me voy a poder permitir hacer ningún ruido porque al más mínimo huyen despavoridos. Por tanto, decido, a pesar del calor, forrarme al vestirme para no hacer ruido cuando oscurezca, que es la hora clave. Los mosquitos son un verdadero tormento y por mucho mosquitero, guante y protección que te pongas siempre encuentran un hueco para hacerte la pascua. ¡Son una pesadilla! Los repelentes están absolutamente descartados, así como el uso de cualquier jabón oloroso, desodorante o cualquier olor que le puedan dar pistas a los osos de nuestra presencia.

A las cinco ya estoy en posición, sudando y envuelto en una nube de mosquitos alrededor del velo que me cubre la cara. A las 6:30 pm hace aparición una osa mediana, se tumba en el suelo y se rasca durante media hora delante de mí. Al cabo de ese tiempo cambia de posición y de nuevo otro tanto como antes. A las 7:30 pm se pierde de vista y 15 minutos después aparece en escena con cautela un oso que no puede evitar el furioso ataque de otro que proviene de dónde acaba de desaparecer la osa. Le pega un arreón feroz, atropellando cuanto encuentra a su paso. Luego el silencio solo roto por el castañear de dientes que es la demostración de su bravura y la inminencia del ataque.

Sobre las 9 pm, ya comenzando a apagarse la luz del día, vuelve a aparecer la osa, otra vez, acompañada de un macho, calculo que mediano, que van directamente al bidón, donde empiezan a comer. Se alternan en el comedero hasta que el macho levanta la cabeza y sale de estampida, lo que anuncia que se acerca uno más poderoso. La hembra, sabedora de su impunidad, sólo se retira un poco hacia donde yo estoy. El tiempo ha ido transcurriendo y queda muy poca luz cuando aparece un oso, el causante del pánico, que viene cojeando de la mano izquierda. No puedo precisar si tiene tamaño suficiente ni si su cabeza es tan ancha como me gustaría. Cuando llega al bidón ya estaba yo calculando las posibilidades de tirar sin fallo, pero sin apresurarme por si entraba otro que pusiera en fuga a éste.

¿quién mueve la escalera? En esas cavilaciones me encuentro cuando siento el zamarreo. ¿Quién me mueve la escalera?, me pregunto, y al mirar para abajo veo a la osa de pie con las manos en mi escalera. Mi primer impulso es poner el rifle en posición de defensa contra la intrusa, lo que hago con toda precaución, mientras me empieza a latir el corazón a más ritmo. Miro con el rabillo del ojo y el bulto negro del bidón continúa como si el trajín no fuera con él. Hago un movimiento con la mano para espantar a la osa y sólo encuentro como reacción un resoplido. Se me ocurre para espantarla, sin hacer ruido, escupirle y la saliva se queda pegada en la mosquitera. Lo intento de nuevo, ahora levantándome el velo y la lluvia le llega de lleno. Esto en vez de asustarla la anima a comenzar la escalada. Para entonces había yo cogido una toalla pequeña en la que tenía apoyada la máquina de fotos y se la tiro a la cara. El bufido ahora fue mucho más fuerte y se baja de la escalera de un salto. Aprovecho este descanso para mirar el bulto negro, que sigue tan tranquilo, me figuro que pensando que la osa le cubre las espaldas. Vuelve la pesadilla, después de llevarse la toalla, y empieza a roer los peldaños de la escalera. Aguanto un poco más y decido que como no entre otro al comedero, al siguiente intento de subida de la osa, le pego ya el tiro al “bulto” del bidón. No se hace esperar y ahora con más descaro comienza a subir y no hay duda de sus intenciones, pues ya sabe lo que busca. Me concentro rápidamente en afinar la puntería hacia la sombra negra del bidón y disparo apuntando al cuello que con los siete aumentos casi lo llena. Tengo el tiempo justo de ver a través del anteojo al bicho desplomarse. Cargo y me apresto a la defensa por si el tiro no hubiera sido suficiente para disuadir a la osa. No hizo falta porque se bajó de la escalera, que ya tenía mediada, pero aún le quedan ganas de guerra y a pocos metros de mí sigue resoplando y castañeando los dientes. Como después del tiro el oso no para de revolcarse en el suelo, le disparo otra bala que acaba con los resoplidos de la hembra. A esto siento el ruido del coche que viene a recogerme. Cuando llegan y les cuento la historia no me quieren creer pero buscamos la toalla, que estaba como a diez metros, y con las linternas vemos los peldaños de la escalera con astillas recientes y colmillos clavados en la madera.

El oso muerto resultó ser un magnífico ejemplar que pesó 280 libras, y eso que no estaba demasiado gordo.

Así finalizó esta historia que creo merece ser contada por lo insólita y emocionante que resultó.
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