Opinión
Eduardo Coca Vita
Última actualización 25/02/2009@11:32:11 GMT+1
No sé adónde vamos a llegar en lo de vender la caza, que recibe en el mercado el mismo trato que cualquier bien de consumo. A veces pienso si los negocios de caza no se montan con criterios económicos de rentabilidad, sin atender a otros factores; si el que promueve y contrata cacerías no lo hace como alternativa a negocios agrarios, industriales o de servicios, barajando costes, beneficios y condiciones de administración, que le inclinan, tras ponderar elementos y circunstancias, por una empresa de monterías, safaris u ojeos, en vez de por otra de ventiladores, banquetes de boda o autos en alquiler.
Yo no salgo de mi sorpresa viendo los anuncios (en revistas, sobre todo, pero también por internet y correo electrónico) donde se acude a toda clase de reclamos, facilidades de pago incluidas, para vender posturas en batidas, ojeos, esperas o pasos. En la temporada que concluye, he llegado a ver por primera vez una montería con puestos de dos rangos y dos precios. Unas 4/5 partes de ellos costaban un 40 por ciento menos que los selectos situados en traviesa. La oferta se envolvía con frases estudiadas para convencer “al buen montero”, el buscado para “montería de un grupo amigo” donde saciar los deseos de diversión (“si quieres divertirte y te consideras buen montero […], anímate, merece la pena”).
Analizando el anuncio, no hallaba diferencia con otros llegados a mis buzones, postal y electrónico, ofreciéndome bienes en supermercados o tiendas especializadas. Es, me dije, la confusión de la caza con las mercaderías, su igualación con un producto comercial de ocio, sin adivinar qué más puede hacerse para que las técnicas de venta coincidan. No salía de mi asombro: ¡discriminar el precio de los puestos, establecer categorías de monteros, separarlos como en vagones de 1.ª y 2.ª, sortear aparte la armada poderosa y las menesterosas! ¡Buena forma de modernizar la caza! Y de respetar la tradición, la camaradería y la generosidad de una jornada en la sierra, que siempre valió más por esos tres componentes y el espíritu de convivencia entre presentes, que por el montón de canales en la junta de tarde y posterior lucimiento social de trofeos.
Apoyan mi análisis y auspicios otros anuncios de aquellas fechas hablando de garantías, como si se tratase de vender automóviles o equipos informáticos con seguridad de funcionamiento y prestaciones (“de desarrollo y resultado”, diríamos aquí), y con precio y modalidad de pago pensados para no tirar el dinero y negociar bien un puesto de cercón (“el primero donde no tendrás problemas”, proclamaba el anunciante), entre certezas de «calidad y cantidad», con repetición a fecha fija si fallaba el pronóstico. (Dejo a un lado que la montería se ofreciera como “expectacular” y los jabalíes como «expectaculares», pues un lapsus te lo meten los duendes del ordenador cuando ellos quieren y por donde menos esperas).
Otro anuncio, en un puente, ofrecía inolvidable fin de semana “sólo para 4 ó 5”, que tendrían —cito literal— “20/25 jabalíes a 1.500 euros, todos machos y con un mínimo de 5 cm de colmillos por fuera”. Opcionalmente y a igual precio, muflones, gamos y… ¡exóticos! Total, la rusticidad y salvajismo, la escasez, incertidumbre y aleatoriedad, la dificultad e imposición de limitaciones de que habla Íñigo Laula en el artículo de ABC ganador de su “Jaime de Foxá”. Los alicientes añadidos de pensión completa, alojamiento de primer nivel y bebidas alcohólicas hablan ellos solos. “En tu coche o en avión, tú eliges”, doraba la tentación.
En fin, y por cerrar este catálogo, otros anuncios coetáneos ofrecían como gancho la excepcional circunstancia de tener el corte de cochinos a media hora de Madrid y haber garantía de un gamo o venado.
En todo esto no veo sino la aplicación de unas reglas de mercado y de defensa del cliente conforme a lo que son hoy las piezas de caza: productos fabricados, géneros manufacturados, rendimientos industriales. ¿Por qué iban a promocionarse, negociarse y garantizarse de forma distinta las piezas de caza que los coloniales o electrodomésticos, si son mercancías de la era tecnológica superdesarrollada con leyes tuitivas para adquirentes y usuarios? No es imaginable otra solución. Ni cabría más salida que la sumisión a las normas de un comercio en competencia, con publicidad agresiva y obligación de avalar lo vendido.
La caza ha llegado adonde le empujaban gentes de toda condición que no cazaban, que hacían de todo menos cazar. Todo tipo de gentes menos cazadores de corazón y mente. Es lo que se buscaba, lo que se quería hacer de ella: regocijo y diversión, una pirotecnia. Mi enhorabuena a la mayoría satisfecha con el tiro va y tiro viene. Y a los borrachos de traqueo y de fogueo, enganchados felizmente al tiro que te pego y tiro que te crió. Ni pizca de envidia. Que no cuenten conmigo. No soy puntillero ni artificiero. Soy —lo pone mi tarjeta de presentación— cazador. Y llevo por apellidos “de poco ruido” y “de menos carne”.