Opinión
El Taco de Tico
Tico Medina
Última actualización 25/02/2009@11:40:18 GMT+1
“Ya sabes, hay cochinillo, pavo, poularda rellena de jamón de tu tierra, que te gusta tanto de un día para otro, así que habla por esa boca. Incluso tenemos gallina de corral en pepitoria. A ver qué se te ocurre, que tienes donde elegir”.
La verdad es que todos los años, y cada día más, pido para esta noche única dos huevos fritos con patatas y algo de chorizo o de jamón, aparte de una pipirrana –ya saben, tomate, pepino, pimiento verde, aceite de oliva, vinagre y, a ser posible, sal gorda–. Pero cuando lo pido, casi de rodillas, tengo que aguantar el cachondeo general, esto es, la santa, hijos, nietos… en total más de diez personas.
Pero este año, consciente de que cada día tengo menos tiempo para todo –este año cumplo los 75–, fui y dije en la solemne reunión familiar celebrada después de la lotería de Navidad en la que, por cierto, sólo me tocaron veinte euros del restaurante El Churrasco de la judería de Córdoba, donde ya saben ustedes que hay una buena, buenísima carta de caza:
– Pues esta vez voy a pedir, aunque ya se acabó el año del conejo, que comenzó con la recomendación del propio presidente del Gobierno en un acto público, conejo, arroz con conejo”.
– Bueno, vale, en el mercado hay mucho y bueno –me respondieron en casa.
– Sí. Pero yo lo quiero, es una manía mía, de monte; conejo de monte y cazado a ser posible. ¿Te acuerdas cuando nos lo traía aquel campesino de Arroyomolinos, que venía hasta con los plomos dentro?
– ¡Que de eso hace cincuenta años! También nos traía huevos amarillos de su corral
– Huevos que ahora valen un huevo, o mejor dicho, güevos, que es más nuestro. No va a ser fácil, pero tú busca su teléfono, que a lo mejor lo tienes y se lo dices.
– A ver si se ha muerto; el pobre era ya muy mayor.
– Es que esa gente dura más que unos zapatos de Segarra. ¿Te acuerdas?, que duraban más que uno.
Un conejo como una liebre. Por no hacerles largo el cuento les diré que un hijo del recovero de Arroyomolinos apareció antes de Nochebuena con un conejo de monte de verdad, que más que conejo parecía una liebre.
Yo estaba en el médico, más o menos como siempre, que vaya racha que llevo este año, el que se fue y el que empieza, y no lo pude atender en persona. Era un chico joven que ahora se dedica a lo que hacía su padre, es decir, a traer y llevar, llevar y traer, pero en una fragoneta, como decía el siempre deseado de Cruz y Raya al que no vemos en la tele junto a su compañero de toda la vida, a mi entender, un error.
Según me contaron en casa, el recovero dijo al entregar el conejo:
– Lo he cazado yo, que mi padre falleció, y es de ayer mismo. Está fresco y hasta le he traído unos romeros de nuestro campo, aunque hemos vendido mucho a las urbanizaciones que se han levantado cerca del campo de hielo. Es un conejo sin mixomatosis, así que lo pueden comer sin reparos, ya ve que tiene la cabeza normal. Ayer mismo estaba corriendo por ahí, que es lo único que nos queda, además de alguna perdiz que otra. Dígale a su marido que lo he cazado con la escopeta de mi padre, de dos cañones, con la que cazó toda la vida. Yo ya tengo un rifle bueno, con el que a veces voy a alguna montería aquí cerca, aunque el año que viene me voy a quedar con las ganas, no nos vamos a comer ni una rosca. Dígale a don Tico que en casa seguimos leyendo el TROFEO en el que escribe y en el que hace muchos años escribió también de los conejos y las perdices que mi padre, que en paz descanse, le traía. ¿Cómo lo quiere usted hacer?
– Con arroz lo quiere mi marido.
– Pues que cueza bien y que mantenga su sabor del campo, que ayer mismo estaba dando saltos entre los matojos. También lo puede hacer frito, con tomate.
– Dígame usted lo que le debo.
– Nada, señora. La satisfacción es más grande que el precio. Además, gracias a eso pude salir un rato al campo, que buena falta me hace.
Como no le pidieron el nombre, no puedo darlo, pero desde aquí mis gracias más efusivas. Me puse como “el Quico” aquella noche, o mejor, como el Tico. Estaba delicioso. Olía que despertaba a un muerto. Y al final, como temía, tuve que repartirlo –repartir es vivir, dice mi nieta Lola, que también ha ido por ahí a cazar conejos con mi hijo Salvador–. Y al final exigí:
– Lo que sobre, si es que sobra, en el mismo perol en que lo hiciste, que para mañana 25, que vuelven a venir todos, por lo menos hay para una tapa.
Lo cierto es que la parienta, que cocina de película, le dio una mano especial o, como a veces digo, “espacial”. Y masticar el humilde conejo era como paladear el campo mágico, la hierba que aún crece… Y, sobre todo, la memoria, la memoria de los años más difíciles. O sea, que fue un acierto; y una reivindicación de lo que se nos va.
El Príncipe y la Princesa. Perdonen estas líneas de nostalgia, porque eres el niño que llevas dentro, ha dicho alguien, y bien dicho estos días que he leído tanto.
Por ejemplo, la Reina dice en el espléndido y discutido libro de Pilar Urbano –ya en la tercera edición– que lo que más le gusta al Rey en el mundo, después de su duro oficio, es cazar. Y Pilar cuenta cómo en una finca de El Campillo (Ciudad Real), les contó de primera mano a sus amigos íntimos que el Príncipe estaba enamorado de una periodista de la tele; y de aquel romance, por cierto, fui yo el que dio la noticia por primera vez –está en el vídeo en Telemadrid todavía–.
Y termino. En el último mes del almanaque del National Geographic Magazine, el mongol suelta el águila en los campos del frío en busca de su presa. Y en el primero del año, en enero, corren las jirafas por el duro campo africano y animan el paisaje con sus saltos locos. Se me ha ocurrido, usando la metáfora como regalo de reyes, que para ustedes la jirafa es un garabato en el cuaderno de Dios.
Pues gratis, como el conejo y sin que les cueste un duro; perdón, un euro. Al menos por mi parte.