Reportajes
Última actualización 26/03/2009@09:26:52 GMT+1
La obsesión del cazador moderno por el tamaño de los trofeos obliga a muchos gestores a mejorarlos con distintos procedimientos: mezcla de sangre, control de hembras, alimentación enriquecida, etc. El corzo no es una excepción. El autor, uno de los mayores conocedores de la especie, analiza científicamente la eficacia de todos estos manejos y da su particular receta.
Patricio Mateos-Quesada
Biólogo. Grupo Corzo de la RFEC
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Es una característica de nuestra especie el conseguir aquello que deseamos; no lo es menos el querer mejorar aquello que ya tenemos. Estos dos argumentos sirven para entender el estado de bienestar al que ha podido llegar el género humano, al menos de momento.
Son premisas que de manera constante están en nuestra vida diaria y que se reflejan hasta en los más insignificantes detalles. La caza no escapa a ello y la prueba la tenemos en unas armas cada día más sofisticadas, un vestuario cada vez más cómodo frente a la climatología y un acceso a las propias reses que no nos obliga a conocer ni sus costumbres ni el entorno sobre el que se mueven. Esta comodidad de alguna manera nos aleja de la caza como una actividad casi de igual a igual entre hombre y bestia: el contacto con la naturaleza es cada vez menor y más artificial y nuestra superioridad nos lleva a buscar la presa no por lo que nos podría aportar para nuestro sustento, sino por su valor en aquello que permanecerá y será un referente social.
El tamaño importa. Dicho de otra manera: el tamaño parece importar. Todos buscamos el mejor trofeo y éste parece ser el halo de ilusión que cada temporada mueve al común de los aficionados.
Hablando de corzos, nos movemos en un momento de ilusión colectiva donde la posibilidad de localizar un trofeo que se ubique entre los mejores es cada día más complicado, pero aún está dentro de lo posible. Posible porque no desde hace mucho tiempo que se considera al corzo una especie cinegética de amplia demanda.
En ese escaso recorrido cinegético en que nuestro corzo es cazado de manera masiva, el listado de los mejores trofeos se ha movido de manera incesante. Esto, junto al hecho de que los mejores trofeos no parecen estar ubicados en grandes explotaciones cinegéticas y más parece que éstos surjan de manera arbitraria, alienta esperanza en buena parte de los aficionados cada temporada para estar en esa lista de las vanidades… si acaso la fortuna diera en ponerles delante uno de estos ejemplares.
El querer estar con los mejores es un objetivo de muchos gestores que tienen entre sus manos cotos donde el corzo es el principal atractivo.
La experiencia en casa ajena. No es cosa nueva ni somos pioneros al pretender mejorar los tamaños de las cuernas de los corzos que manejamos. En el resto de Europa existe una extensa tradición respecto a la caza y manejo de esta especie y son varias las experiencias que se han hecho en este sentido. Eso sí, muy pocas las que se han publicado de manera detallada y cuantificada dentro de lo que fueran estudios con metodología científica y buscando una aplicación a lo conocido hasta ese momento.
Lo que ha llegado hasta nosotros han sido las experiencias basadas en la eliminación de individuos cuyas cuernas no eran, a juicio de los gestores, susceptibles de mejorar ese parámetro en la siguiente generación. En este caso se estimaba o conocía la edad de los individuos abatidos. El resultado en aquellos cotos que siguieron pacientes con este manejo, no aportó datos significativos sobre la mejora de la cuerna en los sucesivos años.
Para mejorar la raza en Centroeuropa –una majadería aún muy extendida por nuestros campos– también se han translocado individuos de unas poblaciones a otras con la esperanza de que el intercambio genético diera como resultado una mejora en el tamaño del trofeo. El registro en este bastardeo poblacional tampoco ha dado como resultado un aumento de ninguno de los parámetros con los que se analizaba la cuerna de los individuos abatidos.
Proteínas y sales. El manejo más habitual, sencillo y fácil de aplicar, es el aporte nutricional en proteínas y sales minerales. Hasta la fecha tampoco conocemos que esta metodología haya aportado éxito al objetivo perseguido. No conocemos los detalles de estos manejos desde una perspectiva científica, pero en el ciervo, donde sí existen estudios y salvando las tremendas distancias entre ambas especies, el aporte nutritivo puede llegar a producir el efecto contrario al deseado, tal y como sucede en el jabalí, donde este tipo de manejos está muy estudiado.
En resumen, para el sector centroeuropeo podemos hablar de cien años de gestión, pero a día de hoy no conocemos un aumento significativo en el tamaño de la cuerna de los corzos, al menos en lo que al manejo del hombre se refiere.
¿Y el corzo ibérico? ¿Quiere esto decir que no podemos mejorar la calidad de los trofeos de nuestro corzo? Sí y no. Vayamos por partes.
En primer lugar debemos considerar que nuestro corzo, desde el punto de vista comportamental y de su relación con el entorno, es notablemente diferente con respecto al de los trabajos que hemos mencionado hasta ahora. Podemos considerar a este respecto que los estudios de comportamiento de nuestro corzo en algunos puntos destacan sobre los europeos de manera sobresaliente. Quiere esto decir que en algunos aspectos podemos utilizar herramientas en el manejo de las que nuestros vecinos carecen o han carecido hasta ahora.
Pero no por ello afirmaremos que tenemos las herramientas y los conocimientos adecuados para aumentar el tamaño de la cuerna en nuestras poblaciones. En esto hay un condicionante genético inamovible a día de hoy, es decir, cada corzo tiene un margen grabado en sus genes respecto al tamaño de la cuerna que tendrá a lo largo de su vida. Si su vida es placentera, abundante en alimento y sin muchos sobresaltos podrá formar la cuerna en la escala superior de ese hipotético margen; por el contrario, si pasa hambre y calamidades tenderá a formar una cuerna en los valores más reducidos de esa escala.
Algo tenemos por tanto adelantado: no podemos aumentar el tamaño de la cuerna de nuestros corzos más allá del límite posible de cada individuo, pero sí favorecer que pueda formar lo mejor de sí mismo.
¿Cómo? Pues en base a lo que sabemos hasta ahora, podemos mejorar las condiciones de nuestros corzos y para ello daremos una serie de recomendaciones de manera esquemática y que habría que analizar, algunas de ellas, para cada finca o cada comarca. Éstas giran en torno a la alimentación, la territorialidad y la tranquilidad.
Alimentación y densidad poblacional. La alimentación se torna imprescindible y debería estar disponible en todo momento a lo largo del año, si bien no es necesario que abunde en las épocas limitantes. El corzo del norte peninsular podría tener apoyo durante el invierno y el del sur durante el estío. Lo ideal sería que existiera vegetación natural, más factible en los estíos del centro-sur, que en páramos y sierras del norte en los inviernos. Importante en este punto sería el análisis de los suelos para comprobar si alguna de las sales minerales esenciales que forman la cuerna, no está presente o es muy escasa en el terreno. En este caso se haría un aporte de este mineral por rociado o en bloques.
Otro aspecto se relaciona con la densidad de las poblaciones. Debemos considerar que la cuerna se forma en el momento en el que se están redefiniendo los territorios y en los que nuevos aspirantes buscan un pedazo en el que ejercer su autoridad. Si la presión en ese sentido es alta, los corzos podrán incluso pelear con las cuernas en pleno proceso de formación, una vez agotado todo el protocolo de exhibición y persuasión al contrincante. Esto es definitivo para que las cuernas se rompan o doblen. Aún sin llegar a ese extremo, existe una relación entre la calidad de las cuernas y la densidad de corzos en un espacio: a mayor número de individuos, menor calidad en la cuerna.
Los dos argumentos anteriores, territorialidad y alimentación, están relacionados. Cuanto más alimento, más capacidad de carga y más corzos podremos tener, pero no olvidemos que la densidad de una población la marca la propia territorialidad de la especie y no el alimento, aunque abunde. Dicho de otro modo, podemos tener un área de gestión donde podrían haber una altísima densidad de corzos, pero no será fácil que encontremos en esa población una sola cuerna que merezca la pena.
Mucha tranquilidad. Y es que la tranquilidad en el momento de la formación de la cuerna es esencial. No sólo las disputas directas con otros machos pueden malograr físicamente la cuerna, el mero hecho de que tengan que emplearse de manera enérgica para expulsar a machos de menor rango de su territorio, ya les supone una inquietud que puede reflejarse en la cuerna.
Al hilo de esto, muchos lectores se estarán preguntando por la competencia y la influencia entre el corzo y el ciervo. Para ser sinceros, no conocemos ningún trabajo científico sobre el corzo ibérico en el que esta cuestión encuentre respuesta. Por lo que se adelanta de los estudios que se llevan a cabo en Extremadura, el ciervo no compite con el corzo de manera directa si las densidades son normales. En el momento en que las densidades de ciervo se disparan, sobre todo porque se beneficia a esta especie, estaremos perjudicando a las demás y, en el caso del corzo, esto influirá en su cuerna.
Posiblemente a medio plazo y si las actuaciones siguen encaminadas a favorecer al ciervo, el corzo pueda menguar en sus poblaciones. Si esto se observara en campo abierto, las poblaciones de corzo se mantendrían y sería el ciervo quien viera mermar sus efectivos, al menos, argumentando una serie de razonamientos y enlazando querencias y requerimientos de ambas especies. El lector podría seguir de manera detallada estos razonamientos en el artículo titulado “Corzo vs. ciervo. El eterno formulario sin respuesta”, publicado en el boletín de la Asociación del Corzo Español en su número de invierno de 2005.
damos palos de ciego. Por poco que nos movamos en el ámbito de nuestros cotos peninsulares y en torno a este cérvido, es fácil topar con algún manejo que se enfoca a la mejora en la cuerna del corzo. El desconocimiento de muchos de los gestores en lo que se refiere a este cérvido hace que se den palos de ciego basados en el sentido común y en la mejor de las intenciones, pero esto no basta y la falta de resultados se resuelve con el dicho que tanto implica “que se apañe como pueda”. En muchas ocasiones la falta de conocimientos es de una índole tan básica que impide saber a estos gestores el número o la proporción de sexo o edad de sus efectivos, algo imprescindible para afrontar un manejo. En estos casos el fracaso en las pretensiones sobre el manejo del corzo casi se puede vaticinar.
El aporte de nutrientes es la más común de las actuaciones. Sal, pienso, alfalfa, grano… existe todo un rosario de posibilidades para afrontar esta actuación. Todo parece indicar que, ante ausencia de comida en el entorno del corzo, este aporte será beneficioso, pero no tiene por qué serlo si es continuo o la distribución no es la adecuada. Como comentamos con anterioridad, siempre será preferible la siembra de plantas apetecibles por el corzo que los comederos artificiales.
Dentro de este apartado, también los gestores multiplican de manera acertada la ubicación de puntos con agua; bien es conocido por todos que el agua es fundamental para el corzo, pero menos son los que comprenden que el agua es un elemento fundamental para la casi totalidad de nuestra fauna. Al igual que en los comederos artificiales, la ubicación de estos puntos de agua deberá hacerse de manera estratégica y favoreciendo la máxima ubicación de los territorios en nuestro área de gestión... siempre que lo permita la disponibilidad de agua en nuestra finca.
Caza de hembras. La eliminación de hembras supuestamente viejas, viene a añadir otro error en los manejos que sobre el corzo se llevan a cabo en la península. Es imposible conocer la edad de una manera aproximada en campo si no es con los animales en mano y ni siquiera es fácil incluirlos en una categoría sencilla de edad –joven, madura o vieja–. Por otra parte, no hay ningún estudio que relacione las hembras viejas con un deterioro de la población o de las crías. Este aspecto, que se ha estudiado en detalle en ciervos o jabalíes, concluye con que las mejores reproductoras y las que mejores crías sacan –y las que más machos de mejor calidad gestan– son precisamente las hembras viejas. Conociendo el comportamiento del corzo, es fácil pensar que algo así pueda suceder también.
Igualmente, otra práctica utilizada es la repoblación con corzos traídos de otros lugares. El Grupo Corzo de la RFEC trazó en el invierno de 2006 una serie de directrices en lo que a este manejo se refiere. En resumen, este grupo de especialistas de la Federación desaconsejaba esta práctica pero, si se optaba por ella, había que intentar que la procedencia de aquella población de corzos fuera la más cercana al área a repoblar. En todos los casos, el grupo rechazaba y desaconsejaba la procedencia de corzos más allá de los Pirineos.
Por último, al hilo de lo que comentamos al inicio de este artículo, quizá el mejor trofeo radique en una lucha de poder a poder del cazador con el propio corzo, en una caza buscando a la pieza, leyendo sus rastros y retomándonos después de cada burla que el individuo en cuestión nos hace en su propia defensa.
Quizá no exista mejor trofeo que aquel que nos ha llevado al límite, aquel que hemos conseguido por nuestros medios y que siempre permanecerá en nuestra memoria al estar fraguado desde nuestras posibilidades. Aquel que, una vez abatido el corzo, tratemos su cuerpo con respeto y exquisita devoción al hacernos sentir que tomamos algo de la naturaleza que habíamos merecido.
De esta manera y cuando el cazador forma parte de la naturaleza, el tamaño no será tan importante.