A las ocho de la mañana nos convocaron a tomarnos unas sopaipas, como aquí llamamos a la masa frita y pujada de las empanadillas sin relleno. Sopaipas y café con leche. Y allí nos reímos de nuestras escasas posibilidades de cercar el manchón con los aficionados que habíamos acudido.
Con un planito de la cañada hicimos un brain storming montero:
– Yo creo que poniéndonos en las corridas de arriba los cogemos.
– Yo pienso que debíamos dejar un par de escopetas de cierre en la campiña, por si deciden desmancharse.
– Con el aire como está, los perros debían entrar de arriba abajo.
Cada cual aportaba lo que se le venía a la cabeza. Jorge, mi cuñado, que era el orgánico, había desconvocado a la rehalilla por las previsiones de agua y tormenta que nos impedirían pasar un buen día de campo, que es de lo que se trataba. Pero, al cambiar el tiempo, nos llamó de nuevo y ya sólo pudimos contar con los perretes de confianza del cortijo: tres mil-leches con más afición que pegada.
Por fin decidimos dónde colocar a los seis cazadores que estábamos dispuestos y sorteamos las posturas con los papelitos en una gorra. Después el rezo sin más instrucciones que la imploración al Más Allá.
A las diez estaba colocado con mis dos hijas mayores y escuchamos el primer tiro, que nos sonó a música celestial. Cuando el escuchar un disparo supone el triunfo colectivo, la cacería tiene otra dimensión. El éxito estaba asegurado ya que, al menos, alguien había tirado y los cochinos estaban allí. A los pocos minutos, los perretes por el arroyo levantaron una piarilla de la que pude quedarme con una cochina grande. Y poco después todo el mundo tenía su lance por delante. Qué maravilla.
Tres cochinos y un juanico. Cuando las escopetas callaron, recuento. Tres cochinos y un juanico, vaya monterión. Nos reunimos para recoger la carne y todo eran parabienes. Antoñito Ortiz, el anfitrión, había cobrado su primer marrano. Entonces decidimos echar otra calada a una cañadita que había detrás. Nos ponemos al salto, con el espontáneo orden del paso que llevábamos y cobramos otra cochina grande. Vaya día. La foto del tableau se compuso rápido en mitad del campo y cada cochino con su cazandanga detrás. Mi hermano Fernando, que tiene una afición desmedida, tomaba nota para su
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Comimos en la casa y, después de almorzar una migas y un cochinillo, nos pusimos a los zorzales. En Córdoba las tardes de zorzales han sido en muchas ocasiones el epílogo de una jornada de caza mayor. Es quizás la forma más cazadora de rematar un buen manchón.
Campo campo, íntimos, familia, la guardería, los caseros y el de los perros. ¿Se puede pedir más a un día de campo? En esta temporada que termina he ido a muchas y buenas monterías pero, cuando pasen los años quizás lo que no olvide sea el manchón del que disfruté con mis hijas y mis íntimos en la falda de Hornachuelos, más cerca de la campiña que de la sierra, en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme por motivos que no son del caso explicar.