Hemeroteca :: 01/04/2009
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Última actualización 26/03/2009@09:24:17 GMT+1
A Carmen, a Paquito, con mi vieja amistad.
Mariano Aguayo

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En 1998 dirigía TROFEO Juan Delibes y, desde 1986, colaboraba yo en la revista con espacio fijo. Tenía una sección que se tituló Montear en Córdoba y después, no recuerdo cuándo, pasó a llamarse Mi rincón. En el índice aparecían por entonces varios artículos de opinión: El de Paco León en la última página y, por las centrales, Iñigo Laula, Eduardo Coca, Tico Medina, Barca, Ignacio Ñudi, yo mismo…
Dentro de las letras caceras, como él diría, Paco era una referencia. Y no sólo por lo que escribía, sino por sus afinadas críticas literarias, por sus fértiles iniciativas –estuvo en el germen del Círculo de Bibliofilia Venatoria y fue el alma del Club Alcyón– y por su carácter afable y generoso. Cuando yo iba por Madrid quedábamos en una cafetería equidistante del despacho de Paco, en Zurbano, y de la casa de Alfonso Urquijo en la calle Almagro. Y allí dejábamos los tres correr el tiempo charlando de nuestras cosas tan a gusto. Luego faltó Alfonso y, pasados unos años, también murió Paco y me encontré inesperadamente con que Juan Delibes me había colocado en la última página de TROFEO. Fue en el número de marzo de 1998. Hace diez años ya.
A través de este tiempo he opinado sobre muchas cosas sin más limitaciones que mi viejo amor por la sierra. Y he intentado compartir con mis lectores mis vivencias: el mayido de un mochuelo en el crepúsculo; el crujir del pasto seco en el estiaje; el cabreo por fallar una res; la inefable satisfacción de echar a rodar un cochino… Todo narrado con la confianza y el lenguaje con que se habla a los amigos.
Cuando dediqué a Paco León el artículo de junio del 98 lo titulé “En la sierra para siempre”. Y cité las palabras talladas al pie de la cruz de forja que, en recuerdo de Alfonso, se había elevado en lo más alto de Nava El Sach: A Alfonso de Urquijo Landecho –1920-1994– que hizo de esta sierra su santuario. La mejor oración en su memoria es contemplar la obra de Dios. Porque yo sabía que aquellas palabras fueron escritas por Paco.
Hoy, tras una década de estar en la última página, en mi rincón, quiero dedicar un emocionado recuerdo a aquel buen cazador que relevé y cuyo pensamiento tengo muchas veces presente cuando, desde lo alto de la sierra, contemplo la obra de Dios.
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