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Entrevista destacada
Última actualización 28/04/2009@17:30:21 GMT+1
“Creo sinceramente que va
a ser un libro muy importante”

Este mes Mariano Aguayo presentará su nuevo libro en el que sólo habla, a través del pincel y de la pluma, de la rehala. Óleos, acuarelas y fotografías de época comparten espacio con textos suyos y de otros autores muy entendidos en la materia. No en vano estamos hablando de “El gran libro de la rehala”, cuyo autor principal no necesita presentaciones.

José Ignacio Ñudi


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Desde que estoy en TROFEO siempre me apeteció entrevistar a Mariano Aguayo. Me ocurre con otros asiduos colaboradores, pero ¿cómo voy a entrevistar a alguien que es parte de la revista, como de la familia?
Por eso, ante la salida de su enésimo libro, esta vez sobre la rehala, he encontrado la excusa para sentarme un rato con él, hablar de esta última obra, de la montería –su gran pasión– y contárselo a ustedes.

A sus 76 años, Mariano sigue estando como un chaval, a pesar de las “sabias perrerías” que le han hecho médicos de todas las especialidades en el último año. Su capacidad de recuperación es tan asombrosa como su estoicismo ante tanta adversidad.

Sigue pintando y escribiendo sin descanso –todos los meses tenéis la prueba en la última página de esta revista–, y por supuesto monteando, aunque esta última temporada con secretario y en puestos cómodos. Otros hubieran sin duda colgado el rifle.

También es envidiable su pragmatismo ante la vida, para lo bueno y lo malo. Aguayo fue director de banco durante muchos años hasta que un infarto le enseñó que la vida era demasiado hermosa para desperdiciarla con tanto estrés y no pocos sofocones. Dejó el banco hace más de veinte años y se dedicó a vivir de su talento con la pluma y sobre todo con los pinceles. Eso sí, sin presiones ni sobresaltos, a su aire. Y esa serenidad cordobesa, no sé si innata o aprendida, la transmite a cuantos le rodean.

Lo que nunca ha dejado de hacer Mariano Aguayo es montear, lleva haciéndolo desde hace 50 años, quizá porque sigue emocionándose ante una rehala de podencos que le “cantan” blanqueando entre las jaras y por supuesto ante un cochino que se escurre entre la mancha.

Este amor por los perros le ha llevado a escribir un libro sobre ellos, “El gran libro de la rehala”, aunque sé que no es suyo este adjetivo tan pretencioso. Es su nueva aportación bibliográfica, llena de fotografías monteras de época, de óleos y acuarelas de perros y rehalas hilvanados con su prosa amena y fresca, como la marea de una tarde de verano a orillas del Guadalquivir.

Además esta vez le han arropado algunos amigos de reconocido prestigio cinegético. Él está encantado, está feliz. No es para menos. Y además se lo merece.

Pregunta. ¿Cómo se gesta este libro?
RESPuESTA. La verdad es que fue una idea de mi hijo Mariano. Estando yo en una clínica convaleciente de uno de los muchos problemas médicos que he tenido en estos últimos tiempos, me dijo que por qué no escribía de una vez el libro de las rehalas cordobesas. Me hizo ilusión el proyecto y pinté con una furia terrible. En un año me hice una enorme cantidad de muestras y bocetos porque la idea era hacer un cuadro de muestra de cada una de las rehalas más emblemáticas de Córdoba y luego algo así como su biografía. Eso supuso visitar las rehalas, hablar con los dueños, con los perreros, recabar información. Luego ordenarlo todo, historiarlo y hablar de las costumbres de la sierra en cuanto a rehalas se refiere. Empecé a trabajar y se lo propuse a Almuzara. Manolo Pimentel, el editor, me dijo que sí, pero que el horizonte fuese la rehala en España. Esto yo no lo podía abarcar porque no me gusta decir tonterías y si me ponía a hablar, por ejemplo, de la rehala extremeña corría el riesgo de decirlas, o tener que estar años documentándome, cosa a la que no estaba dispuesto. Decidí entonces pedir la colaboración de la persona que en cada zona yo considero que es una autoridad en el asunto: Valdueza en Castilla; Luis Higuero en Extremadura; Pedro Medina en Andújar; Alfonso Aguado en las sierras de Sevilla y Huelva; Alfredo Erquicia en las sierras gaditanas y José Luis Domínguez, presidente de la Asociación Española de Rehalas, que habla de las rehalas aparecidas en tantas zonas en las que no había ninguna tradición montera. Luego Juan de Dios Olías aborda el asunto de las perreras, el marqués de Laula la historia de la rehala y Rafael Castellanos la bibliografía. Todos respondieron positivamente y lo que me han mandado demuestra que se lo han tomado con mucho interés. Creo sinceramente que va a ser un libro muy importante.

P. ¿Qué quiere mostrar con este libro?
R. Qué es la rehala en la montería, qué supone, cómo se gesta, cuál ha sido su pasado, cómo se monteaba y se montea... en definitiva el pasado y el presente de nuestras rehalas. Me preguntaba hace un rato que cómo me había documentado. Pues la verdad es que en ningún sitio porque sencillamente no hay bibliografía sobre el tema, o muy poca. La documentación me ha llegado a través de todo lo que les oí contar a monteros muy viejos y de todo lo que he ido anotando a lo largo de mi vida, aunque ya en mi libro Montear en Córdoba puse muchas de las cosas que sabía.

P. ¿Cómo lo han acogido los perreros y los dueños de rehala?
R. Sólo sé que ha habido un tremendo interés por aparecer en él.

P. ¿Para quién puede ser este libro?
R. Es para los monteros porque todo el que montee le da importancia al perro, y este libro va a tener todo lo que quieran saber sobre la rehala, incluso cómo hay que construir una perrera, que lo escribe por cierto mi paisano Juan de Dios Olías. Con este libro he hecho dos cosas: dejar testimonio artístico de cómo son los perros de hoy, y tener la suficiente autoridad amistosa para conseguir de mis amigos unas soberbias colaboraciones que acompañan mis textos y mis ilustraciones.

Pasión por los perros
P. Se puede decir que siempre ha vivido la montería desde el puesto, y sin embargo lo que más le apasiona son los perros.

R. Sin duda. Existe una ilustrísima perogrullada de Yebes que decía que sin perros no hay montería; evidentemente. Se podría batir jaleando o, como dicen los serranos cuando no aparecen los perros, con una banda de música. Pero la montería es el perro y lo que de verdad me gusta. Me encandila verlos entrar por un testero trasteando hasta que dan de parada y levantan una res. Eso es incomparable.

P. Teniendo ese amor por los perros, ¿nunca le dio por echar rehala?
R. No, siempre he tenido la tentación, pero la verdad es que, por circunstancias de la vida, nunca me decidí. Hay mucha gente, como pinto tantos perros, que cree que la tengo.

P. Puede decir que sus perros son una pintura.

R. (Se ríe) ...Y que además no comen, no ladran, no dan la lata. Tener una rehala de verdad es cada vez más complicado.

P. ¿Cómo ha evolucionado el mundo de la rehala en los últimos cien años?
R. Le hablo de Córdoba, que es lo que conozco: desde hace cien años hasta hace diez minutos, nada. Bueno, ha habido cambios en el transporte porque antes los perros iban de una mancha a otra por veredas y acollarados, yendo los perreros a pie o a caballo. En todo lo demás ha cambiado muy poco. También es cierto que últimamente todas las rehalas quieren tener su collera de perros tipo alanos, pero eso nunca existió en Córdoba. La rehala está evolucionando en ese sentido. Yo comprendo que puedo estar anclado en otra época, pero bueno, yo he llegado hasta aquí con unos determinados perros que son los que se pueden ver en más de 150 fotos de época que lleva el libro, algunas de 1850, y en todas no se ven otra cosa que podencos, mastines y cruces intermedios. Hombre, yo no sé si alguna rehala tuvo algún alano. Creo que fue Cayetano Herruzo el que metió en su rehala unos alanos, pero se los mataban los cochinos y volvió al podenco y al mastín descargado. En Córdoba, hasta hace muy poco tiempo, sólo ha habido podencos, mastines y cruces intermedios, y por supuesto chuchos, perros indefinidos pero buenísimos.

Inicios monteros
P. ¿Cuándo comenzó a montear?

R. Sobre los años 50, pero monteaba poco, sólo cuando me dejaban un puesto. En mis tiempos los niños no monteábamos, había excepciones, no digo que no, pero a mí mi padre no me llevaba de montería. También era más de escopeta, pero cuando iba de montería, Marianito se quedaba en casa, lo que no pasaba si iba de conejos o de tórtolas. Mi primera montería de verdad fue en Nublos, en lo de Paco Muñoz-Cobo, el conde de Colomera, en el año 50, donde se me fue un venado por un pelado a cuarenta pasos con una paralela del 20. Qué sofocón me llevé.

P. ¿Y cómo fue su noviazgo?
R. No, no tuve, me escapé. Pero no por querer ocultarme, sino porque como yo cazaba muchísimo y en esas cacerías siempre había gente que también monteaba, cuando maté mi primer venado nadie se imaginó que fuese el primero, y yo por supuesto tampoco lo dije.

P. Y el noviazgo con carácter retroactivo no viene en el Manifiesto, ¿no?
R. (Se ríe) No, como suelen decir los abogados o los políticos, no se ajusta a derecho.

P. También los noviazgos han cambiado, ahora pueden ser muy desagradables.

R. Efectivamente, los noviazgos siempre eran muy divertidos, pero ahora hay que tener cuidado dónde y cuándo haces novio a un chaval. Sin duda en una montería íntima y con gente conocida. Un noviazgo en una montería comercial, donde no conoces a nadie, no es el sitio. No tiene sentido que un tío que no conoces venga a pelar a tu hijo.

P. ¿Cree que terminaremos viendo, como dice Paco Basarán, a niños todavía con chupete abatiendo medallas de oro?
R. Claro, y si no lo mata el niño lo hará el padre para decir que lo ha matado el niño. Me parece que es estropearle la alegría de matar su primera res cuando llegue el momento. Mis tres hijos mataron sus primeras reses cuando estaban maduros, sabiendo por ejemplo dejarlas cumplir, y los tres, el día que decidimos hacerlos novios, mataron. Pero claro, llevaban mucho tiempo viniendo con nosotros a los puestos, les habíamos enseñado mucho, pero siempre a una edad razonable. En todo ese proceso que culmina con el noviazgo tiene que haber una introducción, muchas conversaciones y cierta madurez.

P. ¿Quizá cuando se le vea enganchado a la montería?
R. Sí, pero eso tiene, como dice mi consuegro, un serio inconveniente, y es que cuando el niño mata, en vez de un simpático secretario tienes a tu lado un montero cabreado.

Cambios monteros
P. ¿Tanto ha cambiado la montería en los últimos años?
P. Pasa que yo estoy en una especie de burbuja y, la verdad, a veces se me pasan algunas cosas. Por ejemplo, un perrero reclamando un trofeo no lo he conocido hasta hace un cuarto de hora. Siempre fue de la casa o de la organización, si es una empresa quien da la montería. Sí, todo ha cambiado mucho, pero si todos se ponen de acuerdo en que así sea, pues muy bien.

P. ¿A qué achaca ese entusiasmo por la montería que hemos vivido en los últimos años?
P. La gente ha asociado montear a clase alta y a la nobleza. Bien es cierto que hubo épocas en las que sólo podía montear la nobleza, existiendo castigos terribles para los que incumplieran este mandato. Con estos antecedentes, el hombre hecho a sí mismo y con poderío económico ha buscado en la montería exclusividad y unas relaciones sociales muy atractivas. Y como ha habido una gran expansión económica el aluvión de nuevos monteros ha sido tremendo, provocando, entre otras cosas, la llegada de las mallas cinegéticas para poder ofrecer una mercancía cierta. Desde entonces la montería cambió aparatosamente. ¿Sabe, en mi caso, en qué resumo todos estos cambios?: en estar sentado en el catrecillo y tener que dejar pasar una res porque hay cupo o porque es demasiado chica o demasiado grande.

La imagen de la caza
P. ¿Qué le parece todo lo que ha pasado con las monterías de los señores Bermejo y Garzón?
R. Una pena porque se ha puesto el énfasis en que estaban cazando. Si se hubieran visto jugando al mus el encuentro no hubiese sido tan condenable.
P. ¿Y eso qué solución tiene, si es que la tiene?
R. Yo creo que no la tiene, lo siento mucho. Hace ya muchos años tuvimos una especie de mesa redonda en el Diario Córdoba, donde yo hacía una página de caza, y allí dije que entendía que Rosa Luque, una magnífica periodista, no comprendiera la caza. Ella es una persona muy sensible que se mueve en un ambiente totalmente urbano y eso de matar un animal no lo puede comprender. Si este porcentaje de personas está subiendo aparatosamente los cazadores estaremos cada vez más arrinconados. Francamente le veo difícil solución. ¿Qué podemos hacer, que la gente vuelva al campo como antes? Ahora se mira la naturaleza desde lejos, la gente se hospeda en casas rurales con todos los lujos de la ciudad y si hay barro no pisan el campo. Luego está el hecho de la muerte, algo tabú. Cuando yo era chico se mataban los gallos en las cocinas o en los corrales, la sangre salía a borbotones y nadie se horrorizaba quizá porque era natural y cotidiano. En mi primer libro de relatos cuento la matanza del cerdo y lo bien que lo pasábamos los chiquillos. Ahora a los niños se les oculta la muerte y por tanto la verdad: que esa carne que nos comemos viene de un animal que alguien ha matado y que posiblemente haya vivido en unas condiciones lamentables. Walt Disney también ha hecho un gran daño a la caza. Dicho todo esto, puedo entender que haya gente a la que le horrorice la caza, pero sólo les pido que nos dejen en paz. Pero sí, muchos cazadores que conozco asumen que sus nietos lo van a tener muy complicado.

P. ¿Es deseable entonces que los niños jugueteen con las reses abatidas? Se lo digo porque hay padres que no están muy seguros.

R. En Sierra Alta, los veterinarios les dan a mis nietas unos guantes de látex y se lo pasan estupendamente tocando los bichos. Que estén tranquilos porque no pasa absolutamente nada.

P. ¿La caza, como el amor, hay que sentirla para entenderla?
R. La caza es visceral, algo genético, que no es más que un afán de apoderarse de la belleza de un animal que se va. Ahí está el niño que inventa trampas para atrapar eso que está libre. El sentimiento predador está en el hombre desde el principio de los tiempos, y hay quien lo tiene y quien no, y no tiene nada que ver con la sensibilidad de una persona. El poeta más exquisito puede ser cazador, y ejemplos hay.

Perros y cochinos
P. ¿Recuerda el puesto de su vida?

R. Recuerdo lances. La gente suele relacionar el puesto de su vida con haber matado mucho, pero yo no, sino por cómo me entró y maté una res. Recuerdo un puesto en la armada de Los Calabozos, en Mesas Altas... Un venado desbarrado bajando al arroyo, de frente, tirarlo y quedarme con él; eso no se te olvida nunca.

P. De todas formas su pasión, aparte de los perros, son los cochinos.

R. Y la de casi todos los monteros. Cuando yo era jovencillo, presidía una sociedad de monteros Pepe Larrea, que era tratante de carbones y corcho y tenía un talento natural envidiable. Hablando de las reses siempre decía: “El venao lo ves venir, majestuoso, con la cuerna por encima de las jaras, rompiendo a los limpios...”. Y cuando terminaba con el venao hacía una pausa y añadía: “... El cochino es más hijoputa”. Ése es el atractivo del cochino, que nunca sabes cómo te la va a jugar.

P. A la hora de ocupar un puesto de montería lo primero que hay que hacer es estudiarlo, ¿no?
R. Sí, estudiar muy bien lo que podría hacer un cochino, aunque luego no lo haga, que es lo suyo. Y hasta dónde puedes correr para mejorarte si es necesario. Y lo más importarte, ver lo que tienes detrás para saber, en función del monte y su configuración, por dónde podría colarse un marrano. Yo he tenido el gusto de estar con uno de mis hijos y decirle: “Como haya un cochino delante va romper por ahí y lo voy a matar allí”, y ocurrir así.

P. ¿Por qué los monteros no les tiran a los zorros?
R. No, no es que no los tiren; yo si puedo los mato. Lo que pasa es que te tiene que entrar muy bien porque un juanico es un plumero, no es nada, y a sesenta pasos corriendo es difícil engancharlo. Pero al juanico hay que arrearle porque es una alimaña, aunque no son pocos los que opinan que tirarlos da mala suerte.

P. ¿Es cierto eso de que por los pasos del zorro vienen los cochinos?
R. Es verdad, pero también por los de una cierva. El cochino coge el humo que deja otro bicho.

Anécdotas
P. Cuénteme alguna anécdota graciosa.


R. En Las Morenas, lo de Gonzalo Queipo de Llano. Él vendía la montería a Chamocho y se quedaba con veinte puestos para sus amigos, con lo cual sorteábamos. Un día me tocó un puesto en un limpio con un montarral delante y un coletazo de monte detrás, y donde estaba el puesto unas piedrecitas para mejorarte. Vamos, el puesto cochinero soñado. Termina la montería y ni un hopo. Llego a la casa y me pregunta Gonzalo dónde he estado y qué he hecho. Le digo que no puedo explicarme cómo no he tirado. Y entonces, con una sonrisa, me dice que todo el que sabe y ha estado allí dice lo mismo. Y que nunca, jamás, ha tirado allí nadie un cochino. Lo que digo, que a pesar de todos los cálculos que hacemos, el cochino pasa por donde le da la gana.

P. ¿Qué hay que entender por montero viejo?
R. Alguien experto, no tiene por qué estar relacionado con la edad, se puede tener 40 años y serlo. Al montero viejo se le ve. Yo creo que en una junta donde no conozca a nadie sería capaz de descubrirlos por el aspecto, la indumentaria, incluso las armas. Y si abriera la boca ya no habría error posible.
P. Comparte muchos puestos con Fernanda, su mujer, de la que siempre dice que tiene más afición que usted. ¿Hay serias disputas en los puestos compartidos?
R. Si puede ser, Fernanda siempre me acompaña, pero disputas ninguna, quizá porque nunca tiramos al alimón. Aparte de que está prohibido, tirando a la vez no se disfruta porque intentas madrugarle el tiro al otro. Además, la gracia de tirar una res está en elegir el momento y el sitio, lo que se llama jugar el lance. O tira ella o tiro yo, y si se va, qué le vamos a hacer.

P. ¿En qué cambió el campo abierto que usted conoció cuando pasó a estar cerrado?
R. En primer lugar, con las cercas se me acabó montear muchas veces gratis. Es uno de los grandes cabreos de muchos monteros hacia las cercas. Porque claro, como tenías afición y nada se te ponía por delante, te mandaban a lugares complicados para sujetar a las reses. Como tú le dieras bien y no te importara ir al fin del mundo, monteabas bastante y gratis. Como no había cercas, lo que no se mataba se iba.
Ésta es una consecuencia dicho un poco de broma, pero con la cerca la montería cambió. Ya no había que saber catar una mancha porque las reses estaban ahí, con lo cual también tenías la certeza de lo que estabas vendiendo. Por otro lado las reses “han aprendido” a montear. En la primera cerca que estuve en mi vida apareció un venado en el corono, pero no bajaba, daba vueltas y más vueltas para defenderse de los perros, pero de bajar ni intención. Para qué iba a bajar si debajo estaba la cerca.

Luego están los cupos, eso de tirar un venado que tenga más de doce puntas pero que sea importante y, si tiene menos, que sólo tenga horquilla... Coño, que mientras estudias si el venado es tirable se te ha ido.

Cercones de cochinos
P. ¿Sujetar a los jabalíes ha sido la puntilla?
R. Desde luego, el cochino es lo que nos quedaba porque las cercas para el cervuno le importaban un bledo, pero ya lo están cercando e incluso trasladando, y el jabalí encerrado no es el mismo y trae problemas para los perros, unos perros que posiblemente tengan que adaptarse a la nueva situación. Yo he monteado cercones de 650 hectáreas y he estado en otros que dicen que no lo son aunque estoy convencido de lo contrario, de que sujetaban a los cochinos de alguna manera. Si tu cortas a la una porque dices que se están matando muchos cochinos será porque están sujetos, digo yo, pero es que a la gente le da pudor reconocerlo. Por otro lado el cochino encerrado es muy puñetero. También se están criando cochinos para soltarlos en una cerca, con lo malo que es un cochino sopero, vamos, que se te arranca. Un guarda me contó que se le arrancó uno como un toro y tuvo que subirse a un chaparro. Lo que pasa también con los cochinos en los cercones, e incluso en fincas abiertas donde se les mima, es que tienen cerca la comida y el agua, y como se mueven poco, no están musculados y se atrancan con los perros. Otro problema, y muy serio, puede ser el de las epidemias. Esos cochinos estabulados saliendo de una finca y entrando en otra pueden traer consecuencias sanitarias muy graves no sólo para los mismos jabalíes, sino también para los ibéricos.

Cada zona tiene su perro
P. A lo largo de su vida habrá visto rehalas raras.

R. He visto rehalas de chuchos, pero de chuchos ilustres. La rehala de Bartolomé Torrico era de chuchos, pero una gran rehala. Reclutaba de donde fuera perros que cazaban. Otro que tenía una rehala desastrosa en cuanto a encastes y presencia era Antoñín Flores. Sin embargo su hijo, que murió en un trágico accidente de tráfico, la puso preciosa de podencos finos. Todo está recogido en el libro.

P. ¿Cada terreno tiene su perro de rehala?
R. Hombre claro, el perro cruzado, recalcado, fuerte, el mastín descargado, es más de La Mancha, mientras que el podenco ligero, de mucho pulmón y pies, es más de aquí porque siempre hubo cervuno y necesitaban ambas cualidades.
P. ¿Un calibre adecuado para montear en España?
R. Hay que montear siempre con el mismo rifle, la misma bala y los mismos grains; eso es lo que más mata. Ah, y una buena mira telescópica, por una razón, porque a partir de poca distancia, tú no puedes colocar bien las balas. Cuando los puestos se ponían en los pasos podías tirar perfectamente con escopeta, pero ahora hay puestos en los que tienes que tirar a 150 metros. Además, a partir de los cuarenta años, que yo sobrepasé hace tiempo, dejamos de ver a la vez el alza, el punto y el bicho. Ya sabe, lo de la vista cansada.

P. ¿Cómo cree que evolucionará la montería en los próximos años?
R. A pesar de los pesares y teniendo todo en contra, la naturaleza seguirá siendo un reclamo importante, incluso para el urbanita, y la montería, como forma de vivir la naturaleza, seguirá teniendo demanda. ¿Qué va a pasar, y además con esta crisis? No sé, este año ha habido problemas. Lo que está claro es que la montería siempre será un bien escaso y por tanto cara. Cuando no se vendían, las monterías también eran un artículo de lujo, lo que pasa es que su coste lo soportaba el dueño de la finca. Si quería montear no podía meter animales domésticos en la dehesa, no podía cazar la menor, tenía que guardar la finca, y todo eso valía mucho dinero.

P. ¿Siente nostalgia de los viejos tiempos, de aquellos serranos, de aquella autenticidad rural?
R. Sí, pero hay que vivir el presente. Antes la gente vivía en la sierra y en invierno, desde las cinco de la tarde se metían en una candela y hablaban de sus cosas. Ahora se vuelven al pueblo, ponen la tele, el lenguaje se uniformiza y se pierden los localismos, pero eso no tiene marcha atrás. A mí un delegado de Medio Ambiente me dijo que habría que celebrar una montería tradicional con todos sus ingredientes, incluso la indumentaria, las caballerías con los viejos atalajes… Le dije que lo que quería hacer era una zarzuela.

P. Si ya nada es como era, si han cambiado los perros, los perreros, las personas, las fincas, las reses, ¿qué queda?
R. Desde luego nada es como era, pero cuando estás en un puesto de los nuestros con tu testero y entran los perros, eso es como siempre. Los perros son inocentes y las reses también, no entienden de artificios y se juegan sus propias vidas, y eso sigue siendo auténtico. Y, a lo mejor, un día la administración obliga a levantar las cercas de cochinos.
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