Opinión
Última actualización 28/04/2009@09:29:13 GMT+1
Aunque algunas áreas rurales están disfrutando de cierto resurgir económico y demográfico y nos engaña la moda del interés por la naturaleza y la ecología, los datos definen un constante declive demográfico de las regiones rurales y un constante crecimiento de las áreas urbanas. En España sólo el 35 por ciento de la población vive en municipios de menos de 10.000 habitantes, amplias zonas rurales tienen una densidad de población inferior a 10 habitantes por km2 y hay más de 50.000 pequeñas o pequeñísimas poblaciones en donde sus habitantes siguen viviendo en una cultura rural.
Sin cansar con datos de sociólogo, interesa más lo que esto significa: cada vez vive menos gente en el campo, del campo y manteniendo y viviendo esa cultura de campo.
Los valores de la cultura urbana son ya los dominantes, la cultura urbana sigue siendo mayoritariamente aspiracional para los jóvenes y el campo, el agro, la naturaleza sólo se conoce, visita y aprecia como un espacio de ocio, un decorado de contemplación, de descanso o relax o un escenario deportivo para las llamadas actividades de aventura.
La cultura rural se extingue o se extinguirá en las próximas décadas y dentro de ella la comprensión y valoración del significado de la caza para la mayoría de la población española. Los medios de comunicación y los centros de influencia intelectual representan valores urbanos y expresan ya, con toda su potencia y efectividad mediática, a través de mensajes simplificadores y estereotipos: la “maldad” intrínseca del hecho de matar “por placer” animales salvajes, de acaparar, ocupar, agredir, contaminar con ruido y plomo a la naturaleza prístina que se extingue por “culpa” del desarrollo pero sobre todo por culpa de los cazadores.
Lo políticamente incorrecto. Los responsables políticos de la gestión del medio ambiente, sensibles a la mala prensa que tiene esta actividad, inmersos ellos mismos en esa cultura urbana, presionados por el poder mediático de los activos grupos ecologistas y la amenaza que la defensa de la necesidad de la caza tendría en las elecciones, intentan “invisibilizar” la actividad cinegética, aun cuando conozcan su valor y su necesidad para equilibrar poblaciones de animales salvajes y evitar graves epidemias o desequilibrios demográficos nefastos para la propia conservación de especies y entornos.
No podemos confundir el minoritario auge del interés científico de aficionados a la observación de aves, fotografía de naturaleza o la botánica, el aumento de la conciencia social en torno a la necesidad de un desarrollo sostenible y la protección de especies amenazadas, el incremento de las audiencias de los documentales sobre la naturaleza salvaje o la afición a utilizar el campo como escenario para el ocio, con la equívoca idea de que la mayoría de la población urbana comprenda que la agricultura, la ganadería, la silvicultura o la caza son necesarias, cuando no imprescindibles, para la conservación de los espacios naturales.
La irrecuperable pérdida de la cultura rural y la sustitución de ésta por ideas simplificadoras, estereotipos y prejuicios, está convirtiendo la caza y a los cazadores en dañinos destructores de la naturaleza sin saber que son las grandes ciudades y su avidez desenfrenada de recursos naturales, su derroche e ineficiencia energética, su estilo de consumo, los principales responsables de la destrucción del medio ambiente, como así se encargan de enunciar todos los indicadores de sostenibilidad.
Todo lo apuntado necesita matizaciones y precisiones que excederían en muchas páginas y datos la extensión del artículo, pero en términos antropológicos, la cultura urbana tienen ya todo el poder y la cultura rural se ha quedado reducida a etnografía, folclore, atractivo pintoresquismo de fin de semana, idealización de valores de tranquilidad y buena vida y también de incultura del “bruto habitante del agro que no aprecia ni respeta lo que tiene”, y deben ser los ciudadanos de la ciudad quienes pongan en valor esos recursos, esos “tesoros” ignorados por los “habitantes de la aldea”.
Absolutismo urbano. Desde ese absolutismo de lo urbano la caza no se entiende, se reduce a una actividad primitiva, de brutos, de violentos, de agresores contra el medio ambiente, de arrogantes destructores que pueden permitirse ese deporte como un lujo caro e inútil, actividad de clases económicas privilegiadas que utilizan el pretexto de la caza para otras cuestiones y negocios… La cultura urbana y sus discursos mediáticos ignoran y ocultan que la caza y los cazadores son necesarios, que los cazadores mantienen en general una actitud y una filosofía conservacionista militante y mantienen el interés y la valoración de esa amenazada cultura rural con la que están en contacto con regularidad.
La ignorancia o la persecución que la cultura urbana hace de la caza es un factor más que contribuirá al declive del medio rural por lo que tiene esta actividad de recurso económico compatible con la agricultura, la ganadería o el turismo rural.
La cultura urbana, la ciudad, seguirá destruyendo, aniquilando y matando a distancia miles de animales y plantas, hectáreas de selva, recursos escasos... Seguirá contaminando y derrochando, mientras sus ciudadanos son cada vez más sensibles a que los cazadores maten un conejo o un venado porque desde el punto de vista de la cultura urbana cazar es cruel y feo y es políticamente correcto sentirse ecologista aunque no se practique demasiado.