Opinión
El Taco de Tico
Tico Medina
Última actualización 28/04/2009@09:39:13 GMT+1
Sí, sin genero de dudas. Tampoco es una pregunta elemental en el tiempo que vivimos, pero sí es bueno que sepamos lo que vale un peine, un colmillo en este caso. Que los elefantes lloren no nos lleva a ningún sitio, pero ojo, que es una llamada al sentimiento, al nuestro. Hace unos días, cuando a una elefanta de un zoo, creo que de Madrid, se le murió su compañera de toda la vida se la vio llorar en silencio, una lágrima cayó en la arena.
Por llorar, lloran los cocodrilos, que dicen que sus lágrimas son falsas, lágrimas negras, pero no es verdad. Lloran en la inmensa verdad de los partos mientras echan arena sobre los huevos blancos, blandos, para esconderlos de los depredadores. Como las tortugas, que yo las he visto en la increíble aventura de una noche en Costa Rica: hacen lo mismo, escondiendo lo que mañana deben ser sus crías.
Todos los seres vivos hacen lo mismo, ¿quién copia a quien? ¿Quién fue antes? ¿Darwin, el que fue el gran cazador de las especies, lo sabía y por eso yo puse mi nombre en una tortuga que acabó de parir y se fue a la mar, volviendo la cabeza duramente al final del autógrafo. ¿Dónde estará aquella tortuga laud que se llevó mi tatuaje de urgencia? Igual aparece un día en algún sitio, como el mensaje de un náufrago en una botella.
Por cierto, hablando de botellas, acabó de encontrar una con barco dentro que me regaló Pablo Neruda en Isla Negra, en su casa frente al Océano Pacífico.
– Te regalo, joven, ese viejo barco cazador de ballenas, pero cazado en el fondo de esta botella de ron. Verás que en la noche, si le aplicas el oído, suena el mar entre sus palos.
Cazadores a la huella. Cazadores de sentimientos, de sensaciones, como también hay otros depredadores cazadores de empresas. Hoy es un gran negocio en auge; ven que se hunden, las siguen, las cazan y las disecan.
Cazadores a la huella, como me cuenta mi hijo Salvador, que le gusta cazar ahora, sobre todo en el África sufrida y generosa, al viejo estilo. Cazadores que leen lo último y lo primero, tampoco nos vamos a extrañar, que de eso vivimos más de uno en el otro safari que es nuestra vida misma.
Los hay incluso que viven de la hez del “hermano”. Me contaron hace poco que hay quien colecciona la huella seca del elefante que llora, para hacer escultura en Sudáfrica, y que es un auténtico souvenir.
La Ley de la tierra. Claro, es la historia de la vida. Por eso es hermoso leer lo que escribe Isabel de Quintanilla, a la que yo sigo desde que empezó a sentirse, a ser, escritora. Va creciendo, y debo decirlo, y además escribiendo para los demás. Como el artículo, de primera en todos los aspectos, del marqués de Laula, al que no veo desde hace mucho tiempo en ABC, sobre la verdad, desde la histórica hasta la ecológica y la económica. El ser humano es un cazador nato, que lo lleva en sus genes desde que nace hasta que se va. Gracias, maestro Íñigo, por su aportación, talento y talante, en la verdad de la caza. Lo mando a mis lejanos amigos, de otras geografías que conocen el secreto y el resplandor del arte primero que vieron los siglos.
En la película “Che”, segunda parte, hay mucha caza del hombre y del hambre. El más cercano al comandante se acerca a la cabaña de techo de uralita de un pobre campesino y le dice:
– Usted ya sabe mi amigo, conviene que conozca el cuentito del hombre que tenía dos pajaritos. Uno que cantaba mucho y otro que no cantaba. ¿Vale? Bueno pues lo cierto es el que cantaba mucho dejó de cantar porque no dejaba dormir a su dueño. En cambio el otro, el que aún siendo pájaro no cantaba, vivió toda la vida y murió de viejo por que dejaba a su dueño echar la siestita. ¿Me comprende mi compa?
Es natural que lloren hasta los elefantes... que hasta Hemingway escribía –en su casa de la Vigía, que yo visité hace años– sobre la piel de un antílope africano que cazó hace años. Porque es lo que decía don Ernesto, el viejo maestro, al que yo he visto limpiar sus gafas redondas, después de llorar en España aquel día, aunque esa es otra historia:
– Cuando escribo con los pies descalzos sobre la piel de la pieza que cacé, escribo mejor por que siento debajo de mí la verdad de la tierra, que no es otra que ésta: cazador o cazado.
La ley del planeta en el que vivimos. Y yo, sentado en esta piedra de los años, observando, viendo, contando las estrellas del cielo y los barrancos del suelo... a veces a solas, con el taco, correoso, pero verdadero de mi memoria.