Reportajes
Con 12,5 millones de cazadores, es el país del mundo con más aficionados
Última actualización 27/05/2009@09:36:53 GMT+1
El autor, cazador norteamericano y profesor de español en la Universidad de Oregón, nos cuenta cómo se vive y organiza la caza en Estados Unidos, el país del mundo con mayor número de cazadores. Encontraremos similitudes con nuestra forma de entender y vivir la caza, pero también bastantes diferencias.
Texto y fotos: Guy H. Wood
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José Ignacio Ñudi me ha sugerido escribir un artículo acerca de la caza en los Estados Unidos con un cierto énfasis en las actividades del cazador medio norteamericano. Siendo catedrático universitario, soy a la fuerza y a decir de don Miguel Delibes, “un cazador a rabo”. No obstante, me considero un ricachón en experiencias cinegéticas, ya que mi padre y mis tíos siempre fueron cazadores apasionados y, gracias a ellos, he cazado en varios estados del medio oeste, el lejano oeste y también en Alaska. Incluso hace ya demasiado tiempo abatí una patirroja española a orillas del río Guadalén junto a mi gran amigo Fernando Ruiz de Azúa. Pero, al grano, intentaré sintetizar cómo se organiza y se vive la caza en este enorme país, un cometido que intentaré llevar a cabo basándome en mis propias vivencias venatorias y en varios informes sobre la caza en USA. De hecho, vamos a dar comienzo a este reportaje de forma muy americana: citando algunos datos esenciales del último estudio del U.S. Fish and Wildlife Service (Servicio de Pesca y Fauna Salvaje de los EE.UU) sobre la caza en USA:
En 2006, 12,5 millones de cazadores gastaron 27,7 mil millones de dólares, es decir, 1.814 dólares por cazador, pasando éste un promedio de 18 días cazando. 10,7 millones de cazadores –el 85 por ciento– persiguieron especies mayores y pasaron un total de 164 millones de días en el campo. Casi cinco millones –el 38 por ciento– cazaron especies menores, un total de 53 millones de días. Las aves migratorias –tórtolas, becadas, aves acuáticas– atrajeron a 2,3 millones de escopetas –el 18 por ciento– que pasaron 20 millones de días cazando. Finalmente, la caza de otras especies –zorros, coyotes, mapaches– atrajo a 1,1 millón de cazadores –el 9 por ciento–, que pasaron un total de 15,2 millones de días en pos de esas alimañas.
La caza la gestionan los estados. Al igual que las autonomías en España, en USA cada estado gestiona y controla la caza dentro de sus fronteras, con la excepción de las aves acuáticas, cuya caza y conservación –por tratarse de aves migratorias que cruzan el país de norte al sur cada otoño y cuyas distintas rutas migratorias pueden extenderse a lo ancho de varios estados– caen bajo el control de gobierno federal y, en particular, el Servicio de Pesca y Fauna Salvaje de los EE.UU.
Los Departamentos de Caza y Pesca o de Recursos Naturales de cada estado fijan las fechas de la temporada para cada especie de caza y su cupo correspondiente basándose en los censos, estudios del hábitat y las observaciones que sus biólogos, peritos y guardas realizan cada año. Por ejemplo, en Oregón –al norte de California–, el enorme estado (251.000 Km2) donde vivo, damos por descontado que la veda de perdices chukar y pardilla y colines se abrirá al amanecer del primer o segundo sábado de octubre, y que se cerrará el último domingo de enero al atardecer. El cupo será de ocho perdices –chukars y/o pardillas– y diez colines. La veda de aves acuáticas se abre, normalmente, el mismo fin de semana, lo que disminuye la presión cinegética. Contamos también con que la temporada de faisanes empezará una semana después –o sea, el segundo o tercer fin de semana de octubre– con un cupo de dos machos diarios y que durará hasta el último domingo de noviembre.
Todos los días de la semana son hábiles y durante seis semanas las vedas de estas cuatro especies de aves esteparias coinciden, lo que puede proporcionar un morral variado. En Oregón, podemos cazar estas aves de sol a sol mientras que en algunos estados la caza del faisán empieza a las nueve o las diez de la mañana para que tengan tiempo para salir de sus escondites o bajar de los árboles donde hacen noche y expandirse por sus querencias.
La tradición de la media veda sencillamente no existe en EE.UU. Ahora bien, las vedas para tórtolas, palomas, grouse, conejos, ardillas y otras especies menores se abren, con leves fluctuaciones, a principios de septiembre.
Los ecosistemas pueden variar mucho dentro de un estado, o de un estado a otro, lo que puede influir en las fechas y los cupos, e incluso en la caza de determinadas especies. Por ejemplo, nunca tuve la oportunidad de cazar palomas hasta llegar a Oregón porque no las había donde había vivido antes. Y hasta hace pocos años cazar tórtolas en mi estado natal de Minnesota –justo en el centro del país y pegado a Canadá– estaba prohibido por considerarse un “ave de trino”. Cuando yo era joven ni se nos ocurría perseguirlas, si bien sabíamos que apasionaba a los cazadores en otros estados donde sí estaba autorizado tirarlas. Afortunadamente, el deseo de ensanchar los horizontes venatorios y la presión de los cazadores “estimularon” a los legisladores de Minnesota a aprobar una ley que legalizó su caza.
Otra curiosidad: aquí nadie caza liebres por no valer el precio de un cartucho. Luego, el sabor a bravío de su carne no gusta al paladar norteamericano, o sea, no sabemos prepararla debidamente. Finalmente, las temporadas del pavo salvaje –en otoño y primavera– también pueden variar mucho según el estado, pero este enorme y esquivo pájaro merece un artículo aparte.
La caza, un asunto serio. Volviendo a las licencias, cada estado determina el precio de sus licencias de caza, permisos que se dividen grosso modo en dos categorías: caza menor y caza mayor. Asimismo, se distingue entre el residente del estado y el no-residente, siendo éste el cazador que tiene su domicilio principal en otro estado y en el que paga sus impuestos.
Una parte de los impuestos del estado y/o los fondos que el mismo recauda de la venta de sus licencias de caza se dedica a la gestión y conservación de la caza; por tanto, cada uno intenta garantizar que sea un deporte asequible para todos sus ciudadanos. Y puesto que los indígenas, los primeros colonizadores y pioneros pudieron sobrevivir gracias en gran parte a la caza, el patrimonio cinegético del país y su aura democrática se toman muy en serio.
Por ejemplo, el Artículo XIII, sección 12 de la Constitución de Minnesota reza: “La caza y pesca y la captura de caza y pesca constituyen una parte valorada de nuestro legado cultural y serán preservadas para siempre para el pueblo y se administrarán según la ley y las reglamentaciones para el bien del pueblo” (4).
Licencias y precintos. El cazador norteamericano suele ser pescador también; por tanto, muchos estados ofrecen una licencia combinada que autoriza pescar y cazar especies menores. En Oregón, dicha licencia vale 43.50 dólares y la de caza sola 22.50. No son caras.
Ahora bien, cazar especies mayores resulta algo más costoso y complicado. Muchos estados expiden una licencia para cada especie de caza mayor: ciervos, osos, etc. En Oregón y otros estados, además de comprar la correspondiente licencia, hay que adquirir también lo que sería un precinto para cada especie mayor que desea cazar. Por ejemplo, este año he desembolsado 19.50 por el precinto de ciervos y 34.50 por el de wapiti, un cérvido parecido al venado europeo, permisos que me permiten abatir un macho de cada especie. También adquirí precintos para puma (11.50 dólares) y oso negro (11.50 dólares). No pienso salir a por estos animales nunca, pero si me topase con algún puma u oso mientras cazo cérvidos –lo que ha ocurrido a varios amigos míos–, supongo que le tomaría los puntos, sobre todo si se tratase de un buen trofeo.
Hablando de pumas y osos, dos anécdotas. Hace diez años los anticaza consiguieron prohibir la caza de pumas –y osos– con perros, la única manera factible de perseguir a este felino tan esquivo. Hoy se calcula que hay unos seis mil pumas en el estado de Oregón. Las confrontaciones entre pumas y campistas y senderistas se han vuelto muy frecuentes, los ganaderos se quejan de la pérdida de corderos y terneros y los cazadores nos desesperamos porque un puma necesita “consumir” un ciervo cada diez días para alimentarse debidamente.
No tengo especial interés en cobrar un oso, pero hace unos años mis amigos Eric, Kevin y yo decidimos cazarlos durante la temporada primaveral. En primavera, cuando el oso está recién salido de la hibernación, se desplaza constantemente en busca de comida y es bastante fácil ver cuatro o cinco en un día en los cañones del este del estado. Es más, sus pieles están en muy buen estado después de varios meses de sueño e inactividad.
Curiosamente, el color de la piel del llamado oso negro puede variar de negro azabache a rubio. Y una tarde, mientras oteábamos los cañones, nos salió un oso color canela-rubio precioso a unos 250 metros. Eric le pegó un tiro con su 7 mm mágnum y el animal rodó dando tumbos cañón abajo. Todo un espectáculo. Pero cuando el oso dejó de rodar, se incorporó y salió disparado. Fuimos a por él, pero sólo encontramos unas gotas de sangre y nos fue imposible rastrear ni localizar al animal entre la maleza. Sabe Dios dónde le alcanzó el “pildorazo” de Eric. Unas horas después llegué al todoterreno empapado de sudor y con la boca seca, y no por el esfuerzo de subir aquel cañón. Además del recuerdo del susto que llevaba en el cuerpo, la imagen de aquel oso negro de pellejo canela-rubio brillando al sol se me ha quedado grabada en la memoria cinegética.
Trámites muy rápidos. La venta y expedición de licencias y precintos está totalmente informatizada y se pueden sacar en muchas armerías o tiendas de deportes. Sólo hace falta enseñar la licencia caducada o el carnet de conducir –nuestro DNI– al dependiente y éste mete los datos pertinentes –licencias, precintos, número del carnet, etc.– y, zas, en cuestión de minutos se imprime todo.
Ocurre lo mismo con los no-residentes. Por ejemplo, mi hermano mayor, que vive en California, suele pasar un fin de semana cazando perdices conmigo cada octubre. Ya está “fichado” y por tanto sólo necesita dar su nombre para sacar su licencia. Por cierto, hay una licencia de caza menor especial para los no-residentes y válida por tres días que sólo cuesta 21.50 dólares. Me parece demasiado barata, ¡incluso para mis familiares!
Precintos y sorteos. Puesto que muchos estados son muy extensos y los ecosistemas pueden ser muy variados, a menudo se dividen en “zonas” o “unidades” para controlar y conservar mejor la caza en cada zona.
A efectos de la caza mayor, es frecuente que se permita sólo la caza de machos o hembras en determinada zona o que se limite el número de licencias o precintos. Estos permisos se solicitan por correo o internet con varios meses de antelación y se sortean antes de la temporada.
Por ejemplo, este año nos ha tocado un precinto válida para un macho de wapiti en una cacería numerada 272-X en una unidad llamada “Silvies”, en el centro de Oregón. Nos permite cazar del 29 de octubre al 2 de noviembre. Habrá una segunda cacería en la misma unidad –la 272-Y– del 6 al 16 de noviembre.
Decidimos optar por este sorteo/cacería por dos razones: primero, la unidad se halla en un bosque nacional y, por tanto, está abierta para la caza; y segundo, sabíamos que el año pasado 1.796 cazadores se presentaron al mismo sorteo y que iba a haber 605 precintos disponibles para esta temporada. O sea, teníamos una probabilidad del 33 por ciento de que nos tocara y, ¡nos tocó!
¿Y si hay mala suerte? El cazador puede comprar un precinto para una de las unidades “generales”, normalmente una zona con una geografía muy accidentada y que tendrá que compartir con otros muchos, o puede esperar hasta la temporada que viene. Los que no tengan suerte en los sorteos u opten por no cazar reciben automáticamente “un punto de preferencia” para el sorteo del año próximo. Los hay que se apuntan a las cacerías más difíciles de sacar con el fin de acumular 4 ó 5 puntos de preferencia, lo que casi garantiza recibir un precinto para la cacería deseada. Un amigo mío aguantó cinco años para poder sacar una etiqueta en una zona célebre por sus wapitis enormes. Al quinto año hubo suerte y abatió un trofeo magnífico quince minutos después del amanecer el primer día de la cacería.
La caza de acuáticas. El cazador de aves acuáticas necesita pasar por un trámite/desembolso más. Como vimos, el gobierno federal administra la caza de aves migratorias, y en 1934 decidió que en vez de expedir una licencia federal, se crearía un sello especial para la caza y conservación de las aves acuáticas.
Desde entonces el cazador de aves acuáticas necesita comprarse un “Sello para la Caza y Conservación de Aves Acuáticas”, fijarlo en su licencia estatal y firmarlo en tinta antes de poder cazar legalmente. En 1934 costaba un dólar y empezó a despacharse en las oficinas de correos.
Es un sello pictórico que siempre tiene la imagen de un(as) ave(s) acuática(s) y el artista cuya imagen gana el concurso anual se convierte automáticamente en una figura, en un Mariano Aguayo.
Recuerdo como si fuese ayer un día de otoño de 1958 cuando mi padre me dio un billete de diez dólares para comprar “sellos pateros” para los tres cazadores de la familia. Al día siguiente a las nueve de la mañana estaba yo como un clavo delante de la ventanilla en la oficina de correos. ¡Qué bonitos eran los sellos –valían 2.50 dólares– y qué ilusión fijar el mío en mi licencia y firmarlo! Luego, mi hermano mayor cayó enfermo y no pudo acompañarnos. Y yo pasé mi primera cacería de acuáticas en una canoa canadiense pintada verde oliva y cubierta de espadañas con mi padre y mi tío Abe, quienes me enseñaron a colocar debidamente los cimbeles, a reclamar con el pito y, más importante, me dejaron tirar primero. Fue tal vez la cacería más bonita de mi vida, y la que, sin duda alguna, me convirtió en un cazador empedernido.
Hoy el “sello patero” vale quince dólares, dinero que se dedica casi exclusivamente a la compra o arrendamiento de zonas lacustres, terrenos que pasan a formar parte del Sistema Nacional de Reservas de Fauna Salvaje.
Desde 1934, la venta de estos sellos ha recaudado más de 670 millones de dólares y el “Sistema Nacional de Reservas” se compone de unas 2,5 millones de hectáreas. Muchas de estas reservas tienen áreas abiertas a la caza pública.
Los estados han seguido el ejemplo del Gobierno Federal, pero han dado un paso más creando no sólo un sello estatal para la caza y conservación de aves acuáticas –en Oregón 9.50 dólares–, sino otro para las aves de secano también –en Oregón 6.50 dólares–.
En suma, para pescar y cazar especies menores y cuatro especies de caza mayor en Oregón en 2008, he desembolsado un total de 151.50. Es decir, unos cien euros.
Los cazaderos. Como mencioné, los fondos recaudados por los estados se destinan en parte a la compra o el arrendamiento de áreas o zonas de caza abiertas al público cazador, ya sean federales o estatales. Suelen ser cazaderos muy concurridos y, por tanto, el acceso puede limitarse a cierto número de escopetas por día o las cacerías pueden sortearse.
Para ampliar las oportunidades del cazador modesto, muchos estados arriendan las tierras de ranchos y granjas particulares para sus cazadores. En este caso, es menester que cada cazador hable con el dueño y reciba su permiso por escrito antes de lanzarse al campo. Otras veces el estado arrienda un terreno que simplemente está abierto al gran público. Por ejemplo, donde suelo cazar perdices chukar es una zona de varios kilómetros cuadrados y de cañones de laderas muy escarpadas que sólo vale para el pastoreo de vacas y la cría de perdices. El estado le paga al dueño unos dólares por acre –un acre es igual a media hectárea– y todos salen ganando. Es mi cazadero favorito porque está prohibida la entrada de cualquier tipo de vehículo motorizado. Por tanto, hay que andar, ladear y trepar mucho y pocos cazadores quieren enfrentarse a aquellos cañones.
Después de los primeros fines de semana de la temporada, es raro que me tope con nadie ni escuche un disparo. Es decir, puedo practicar lo de “un hombre libre, en un terreno libre, contra una pieza libre”. La única pega es que está a cinco horas de donde vivo y el viaje y la estancia –hago noche en un pueblo cercano– se vuelven cada vez más caros.
Lo cierto es que está resultando cada vez más difícil encontrar dónde cazar en los EE.UU. En el este y medio oeste del país, es prácticamente imprescindible hacerse socio de un coto o un “club de caza” si se quiere practicar el deporte. El estado de Tejas se ha convertido en un coto privado enorme, donde, según la ley de la oferta y la demanda, uno puede cazar desde colines de Virginia hasta un kudu o un eland. ¡Qué horror!
Para hacer frente a esta situación las cuadrillas juntan su dinero para arrendar un coto o comprar entre todos un terreno que convierten en coto privado.
Hace siete años conocí por casualidad a un ranchero, Loyd Smith, que vive cerca del coto público arriba mencionado, hombre que tuvo la bondad de dejarme cazar aves esteparias en las propiedades de su familia. ¡6000 hectáreas y todas, en exclusiva, para mí! Estaba yo en la gloria. Bueno, hace ya cuatro años dos cazadores le ofrecieron no sé cuánto dinero por lo que yo hacía gratis, y claro, me condenaron a volver a ladear y trepar cañones.
La verdad es que me alegro por mi amigo Loyd, ya que se gana unos dólares extra. Pero así vamos. Su hermano Rodger ha arrendado los derechos de caza menor de su rancho a una asociación de guías de caza. El cazador paga una cantidad a la asociación que le proporciona un mapa para localizar el rancho/coto. Y si desea un guía, pues más dinero, y si un guía con un pointer, pues más. Hay cada vez más “granjas de caza” en las que el cazador paga por cada pieza –muchas veces “plantada”– que abate.
Como sabe el lector de TROFEO, hay guías que ofrecen sus servicios para todo tipo de “safaris” de caza mayor, ya sean en los bosques nacionales de las Montañas Rocosas o Alaska, o en terrenos que tienen arrendados en exclusiva. Estas cacerías, como es sabido, cuestan muchos miles de dólares.
No debe extrañar que entre 1996 y 2006 el número total de cazadores haya disminuido en un 10 por ciento en Estados Unidos. La participación en la caza mayor ha permanecido relativamente estable –un declive del 5 por ciento–, mientras que los declives para la caza de especies menores –el 31 por ciento–, de aves acuáticas –el 25 por ciento– y de otros animales –el 26 por ciento–, son realmente notables (6).
Ahora bien, estas estadísticas engañan porque la población del país ha crecido mucho. Eso sí, la caza va perdiendo su espontaneidad, su sabor a bravío y su elemento democrático en USA. Sin duda, estamos pasando por un proceso lento pero constante de lo que yo llamo –con perdón– la “europeización” de la caza. Volvamos a las licencias.
Los “foráneos” pagan más. A los cazadores que desean practicar su deporte en un estado en el que no sean residentes, se les cobra bastante más. Por ejemplo, cada noviembre suelo pasar varios días en Minnesota cazando ciervos cola blanca en la granja de mi padre.
A mi hermano menor, que vive allí, le cuesta su licencia veintiséis dólares y a mí –no residente– 141.00. Es una cifra considerable, pero no prohibitiva. Oregón es más caro. El cazador no residente paga 76.50 dólares por su licencia, 264.50 por el precinto de ciervos, 361.50 por el de wapitis y 151.50 por los de osos y pumas.
Furtivismo: también cuecen habas. ¿Cómo y quién controla la caza en estos parajes tan enormes? En casi todos los estados, cada cantón tiene un guarda de caza –debidamente elegido cada cuatro años– y varios “diputados” que se encargan de vigilar los campos y a los cazadores durante las temporadas y a los desaprensivos a lo largo del año. Lo tienen difícil. En más de cincuenta años de caza, sólo recuerdo cinco ocasiones en que un guarda me ha pedido los papeles. En Oregón y Alaska una división de la policía estatal se ocupa del control de la caza y pesca, pero sólo hay cien policías para todo el estado, agentes que tienen que investigar también robos, accidentes de tráfico, etc.
Para disuadir a los infractores y combatir el furtivismo, las sanciones son muy fuertes. Por ejemplo, si un cazador mata un wapiti ilegalmente la multa es de 6.250 dólares, más una “restitución” de 800 por la pérdida del animal, del bien público, amén de una pena máxima de dos años en una cárcel cantonal. Es un buen “paquete”. Pero es más, el juez puede retener la licencia del furtivo durante un año o más.
Asimismo, Oregón tiene un acuerdo con otros 26 estados que intercambian los nombres y demás datos de los furtivos, lo que impide que éstos puedan sacar licencias de caza en dichos estados.
Para que tengan una idea, en 2007, en Oregón había 2.838.386 habitantes de entre 12 y 69 años y un total de 279.893 cazadores con licencia –258.942 residentes y 22.951 no residentes– y la policía estatal arrestó a 1.736 cazadores infractores de ciervos y otros 1.086 de wapitis. Los primeros habían matado ilegalmente 439 ciervos y los segundos 231 wapitis..
Luego, los departamentos de Caza y Pesca en todos los estados han creado un programa llamado “Entregar al Furtivo”. El ciudadano que vea algo sospechoso puede llamar a un número de teléfono gratis para informar a los guardas y policías. Gracias a un cierto espíritu conservacionista y al móvil, el programa está dando buenos resultados.
No obstante, burlar las leyes de caza es fácil. Por ejemplo, aquí está prohibido cazar de noche, pero los desaprensivos utilizan sus visores y prismáticos de visión nocturna para seguir los pasos de los cérvidos en la oscuridad a fin de tenerlos localizados y poder matarlos “legalmente” al amanecer.
La vesícula del oso negro se considera un afrodisíaco en el Lejano Oriente y, por lo visto, hay un furtivismo/mercado negro importante en torno a este órgano. Aunque la policía y los guardas no detengan a muchos de estos infractores, les viene bien todo lo que les caiga encima.
Las armas de caza. La polémica en torno a la tenencia de armas de fuego en los EE.UU. ha alcanzado, como es sabido, niveles escandalosos.
La masacre de los estudiantes y profesores de la Universidad Tecnológica de Virginia el año pasado y la reciente sentencia del Tribunal Supremo apoyando la Segunda Enmienda de la Constitución y “el derecho de poseer armas”, son indicios de todo ello. Es un problema terrible, pero que apasiona y encoleriza. Imagínense lo que sería suprimir los toros en Ronda o el fútbol en el Camp Nou.
Obviamente, afecta e inquieta a muchos cazadores, aunque hoy la tenencia de armas largas y la compra de las mismas no resultan problemáticas. Un ejemplo: la granja de mi padre se halla en una zona en la que sólo se permite cazar ciervos con escopeta y bala. El año pasado me harté de ver pasar ciervos a 80-100 metros y no atreverme a disparar –no me gusta dejar herida a una res– y decidí comprar una escopeta con cañón rayado.
Mi armero me recomendó una Remington 11-87. Entre los dos rellenamos un formulario federal: yo, los datos personales –fecha de nacimiento, estado civil, dirección, etc.– y él los datos del arma –marca, modelo, número de serie, etc.–, al tiempo que llamaba a un número especial de la policía estatal para averiguar si un servidor tenía antecedentes penales.
Dado el visto bueno de la policia y después de estampar las huellas dáctilares de los dos pulgares en la parte inferior del formulario y firmarlo, se selló el trato. Todo en cuestión de minutos. Para comprar un rifle uno pasa por exactamente el mismo proceso. El formulario se queda con el vendedor. Es decir, no hay un archivo o banco de datos nacional para la venta de armas.
Últimamente, los precios de las armas y las municiones han subido muchísimo. El año pasado una caja 25 de cartuchos Remington para perdices valía, durante las rebajas pre-temporada, entre seis y siete dólares. El otro día compré la misma munición por nueve dólares. Ocurre lo mismo con la cartuchería para rifles, siendo los calibres más populares –.30-06, .270, y .308– las más baratas. Ahora valen entre quince y diecisiete dólares la caja de veinte y el año pasado doce o trece. ¡Las nuevas municiones .270 WSM y .300 WSM valen más de veinticuatro dólares! Mi nueva escopeta Remington 11-87 me costó 780 dólares. Y para que tengan una idea, he aquí unos precios de los rifles de cerrojo más utilizados aquí: un Remington modelo 700 BDL, 810.00 dólares; un Ruger modelo 77, 584.00; un Savage modelo 11, 611 dólares.
Para comprar armas largas y municiones para las mismas, hay que tener dieciocho años. Y uno puede comprar y poseer todas las armas que quiera. Con el paso de los años, he ido heredando las armas familiares: la escopeta Remington Modelo 11 y la carabina Winchester modelo 1892 de mi abuelo, un rifle Arisaka en 6.5 x 50 que trajo mi tío Abe del Pacífico después de la Segunda Guerra Mundial, etc. Armas que van acumulando polvo en mi armario.
Bueno, este año tengo decidido usar el rifle Winchester modelo 1886 en calibre .45-90 que me dejó mi tío Harland en la susodicha cacería de wapitis. Después de muchos experimentos con distintas pólvoras y varios tipos de balas he conseguido unas agrupaciones que prometen. Me hace mucha ilusión rendir homenaje a mi tío con su macizo y potente rifle de palanca.
Bueno, espero que entiendan algo sobre lo más básico, lo más positivo –perdonen si he hecho mucha patria– y lo más negativo de la caza en USA.