Hemeroteca :: 01/07/2009
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Reportajes

Sólo cazan con arcos y flechas envenenadas

Última actualización 30/06/2009@08:05:16 GMT+1
Texto y Fotos:
Prof. Dr. Francisco Giner Abati Catedrático de Antropología y Médico
Universidad de Salamanca
En algunos puntos de la sabana tanzana siguen viviendo los Hadza o wahadzabi, otro de los últimos pueblos cazadores africanos que sólo utilizan el arco y flechas emponzoñadas para abatir a sus presas.

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Después de varios días recorriendo el bosque en las montañas Endaroka, cerca del lago Eyasi, en Tanzania, con la dificultad de que las sendas y caminos han sido borrados por las últimas lluvias torrenciales, nos encontramos con uno de los campamentos en los que viven los Hadza.
Nos dan la bienvenida en su lengua: ¡Bocho Etzana!, que quiere decir ¡bienvenidos! Estos últimos Wahadzabi, u hombres del bosque, conservan aún el modo de vivir de los antiguos cazadores de caza mayor con sólo los materiales que les proporciona la naturaleza. Ellos mismos fabrican sus flechas y sencillos arcos. Con ellos cazan el león, la cebra e incluso el elefante. Los Wahadzabi viven en una comunicación intensa con los animales y con la naturaleza.
Nunca acampan en llanuras o en campo abierto, sino entre árboles y rocas. Sus chozas, construidas exclusivamente de ramas y cubiertas de paja, tienen una curiosa planta de forma helicoidal con tres habitáculos comunicados entre sí. Recuerdan la estructura de un caracol. Tienen muy pocos enseres, que llevan consigo al abandonar estas sencillas viviendas, para levantar otras sin demasiado esfuerzo.
Aquí viven Kampale y Koyobe Kisale, dos buenos amigos y compañeros de caza, con sus familias.
Aunque en la literatura antropológica se los describe como Hadza, en el habla diaria se les denomina Wahadzabi. Sus vecinos bantúes isanzu los llaman Kindiga y los swahili hablantes Tindiga, ambas denominaciones peyorativas.
Su lengua es chasqueante, es decir, con sonidos clic o chasquidos. Cuando les comentamos que su lengua nos recordaba a la de los bosquimanos Jun´/hoansi del Kalahari y a los Koi (Topnaar), nos piden que en la próxima visita nos traigamos a uno de ellos. Sin embargo, cuando les dejamos oír nuestras grabaciones de los bosquimanos descubrimos que no podían entender palabra alguna. Esto confirmaría la falta de relación cercana entre ambos grupos.
Quedan unos mil. En la actualidad quedan alrededor de unos mil individuos, cifra difícil de precisar pues no existe un censo. Hasta principios del siglo XX vivieron aislados en su bosque y primero con los colonizadores británicos y luego con el gobierno de Tanzania, están sufriendo presiones para que abandonen su vida nómada y se conviertan en agricultores. Los intentos de hacerles fijar su residencia les han hecho sufrir epidemias con el consiguiente aumento de mortalidad.
Ritual pre-venatorio. Su hábitat es la típica sabana seca del este de África, con verdes praderas y bosque de matorral espinoso. Durante la estación seca, el agua es difícil de obtener, sin embargo facilita la caza, pues los animales se concentran en torno a charcas y pozos. En cambio, en la estación lluviosa en la que nos encontramos, fluyen los arroyos y los animales están dispersos por el bosque. Abundan las acacias y los baobabs, donde encuentran la miel y sufren las picaduras de las molestas moscas tse-tse, aunque tienen pocos casos de enfermedad del sueño.
Los cazadores, Kampale y Koyobe, que han estado fabricando sus flechas cuidadosamente, nos invitan a acompañarles en una de sus expediciones de caza durante unos días.
Como preparación realizan un curioso ritual mágico, cantando y danzando a la par, con la intención de que la fortuna les acompañe y la caza culmine con éxito. También disparan sus flechas al tronco de un árbol en una especie de calentamiento y ensayo de puntería, pues el segundo cazador dispara su flecha para clavarla junto a la de su compañero.
Conocen los venenos. La caza es una actividad exclusiva del varón y ya desde pequeños los niños son iniciados en ella. Las únicas armas de caza son el arco y las flechas. Un machete, atado al cinto, completa su ajuar venatorio
Su bosque, rico en frutos silvestres, es uno de los pocos de África en que abundan todavía los animales salvajes, permitiendo una economía basada en abundante caza: búfalos, cebras, antílopes, facocheros, babuinos, leones e hienas son comunes, junto a otras especies más pequeñas como el puercoespín, dik-dik, chacal y otras.
Conocen los venenos, que aplican a las puntas de hierro de sus flechas para la caza mayor; para la menor sencillamente afilan la punta de sus flechas de madera.
En los últimos tiempos, cazadores foráneos y miembros del gobierno acuden a cazar con armas de fuego, lo que desestabiliza el frágil equilibrio ecológico de la zona, tan bien mantenido por los Wahadzabi.
Otro grave problema está surgiendo a causa de sus vecinos, pastores y agricultores bantúes, que están acaparando los puntos de agua y con sus cercados bloquean las vías de migración de los animales. La disminución de los grandes mamíferos, elefantes y rinocerontes, que antes limpiaban el bosque, está haciendo que proliferen las acacias espinosas y al disminuir los pastos, también disminuyen las poblaciones de antílopes y otras presas de caza, así como las plantas silvestres que recolectan los Wahadzabi.
El pájaro de la miel. No tienen armas de fuego, que les están prohibidas, y tampoco usan trampas o lazos. Además de bayas y raíces, comen los frutos de los baobabs, en los que además encuentran miel. Para localizarla, cuentan con la ingeniosa colaboración del llamado pájaro de la miel. El ave llama la atención del cazador con su canto, éste le responde, y así le va conduciendo hasta el árbol en el que las abejas tienen su panal.
El cazador inspecciona el tronco hueco del baobab hasta encontrar el panal, pero necesitará una antorcha humeante para protegerse de las picaduras de las enfurecidas abejas. Una vez obtenida la miel, el cazador recompensa al pájaro con una parte. También se respeta una porción de la colmena, para que las abejas continúen allí y sigan produciendo miel.
Jornada de caza. Gracias a su buena alimentación, los Wahadzabi están fuertes y sanos. No les gustan los insectos ni los reptiles, como tampoco peces y moluscos de los ríos, pero les encanta la carne y después la miel.
Comenzamos la jornada de caza con Kampale y Koyobe. Recorrer el bosque con ellos es una experiencia inolvidable. Conocen atajos y lugares de impactante belleza. La temporada de lluvias ha inundado la zona de flores y verde esperanza.
Parece que han divisado algo. Se aproximan con sigilo. Kampale lanza su flecha hacia lo alto de un árbol y hace blanco. Van en busca de la pieza. Entre la maleza Kampale la encuentra. Es una gallina de Guinea, animal muy abundante en esta región de África. Nada más cazarla proceden a arrancarle las plumas del dorso del ave para que así se enfríe rápidamente y no se estropee. Aquella noche improvisamos un campamento cerca del todoterreno que hemos dejado en un rincón del bosque.
Llegados al campamento, preparan un fuego. Nos piden una cacerola y con agua cocinan el ave. Mientras lo hacen, Kampale lía cuidadosamente el tabaco silvestre en una hoja verde. La sopa, muy sabrosa, nos ayuda a recuperar fuerzas con sus sales, pero a la carne es imposible hincarle el diente, aunque no para nuestros amigos que disfrutan comiendo y luego fumando.
Aquella fría noche, después de cenar, continuamos la caza. Al volver, cada uno de los cazadores se preparó un lecho de hierbas secas en torno a una hoguera individual. Cada cierto tiempo interrumpían el sueño para seguir comiendo un poco más y fumar.
Caza y frutos silvestres. Estos cazadores viven con otras dos familias, con las que se trasladan a un nuevo campamento cada dos o tres semanas. No sólo van en busca de caza y lugares donde saben que maduran los frutos, sino que también abandonan el lugar en el que enfermó o murió alguien. También disfrutan visitando amigos y a veces se marchan para evitar disputas.
Como entre los bosquimanos, con los que estuvimos recientemente, la composición de los campamentos es muy flexible, con movilidad tanto de individuos como de familias enteras que entran y salen del grupo. Algunos se han sedentarizado debido a las presiones del gobierno de Tanzania, ensayando la agricultura, pero otros continúan su estimulante vida nómada de cazadores.
Se sienten libres en sus territorios y emocionalmente vinculados a ellos. Sería deseable que el gobierno reconociera a los Wahadzabi la propiedad de sus territorios ancestrales, amenazados por los colonos y los cazadores foráneos.
Organización familiar y social. Los Wahadzabi consideran a todos los miembros de su tribu como parientes, y así los denominan. Las decisiones individuales son respetadas y cada persona disfruta de un alto grado de autonomía. Las mujeres también toman sus propias decisiones con escasa intervención de los padres u otros familiares. Deciden con quien casarse y al igual que los hombres tienen derecho a un divorcio inmediato, si fuera necesario.
La residencia familiar suele fijarse junto a la madre y las hermanas de la esposa. La fuerte solidaridad femenina impide, por ejemplo, que un marido se extralimite en la vida doméstica, formada habitualmente por parejas monógamas.
La igualdad es el principio máximo que rige la vida de este pueblo. Comparten todo y desdeña la acumulación de los bienes. Así no hay clases sociales entre ellos. Ni siquiera la diferenciación por la edad es motivo de privilegio e imponen la imposición de cualquier tipo de autoridad que haga que unos controlen a los otros. No tienen jefes ni líderes formales.
Rituales. Hombres y mujeres viven en contextos rituales separados. Los hombres son iniciados en comunidades igualitarias de hombres. Éstos tienen el privilegio sobre ciertas partes de la mejor carne del animal cazado. Los iniciados comparten conocimientos secretos, a los que no acceden niños ni mujeres, impidiendo la intromisión de los no iniciados.
Las mujeres por su parte forman un grupo con sus propios secretos, de los que están excluidos los hombres. La circuncisión femenina, por la que se muestran poco interesados los varones, constituye un asunto exclusivamente del mundo de mujeres. La joven suele decidir el momento de su circuncisión y una vez concluida suele realizar una caza ritual del hombre con el que le gustaría casarse y al que ataca violentamente.
La danza nocturna del Epeme restablece el equilibrio y bienestar entre los hombres y mujeres, destacando sus intereses comunes, especialmente como padres de sus hijos.
Hospitalidad y camaradería. Después de unos días en el bosque, a veces cazando y a veces hablando mientras compartimos la comida con Kampale y Koyobe, tenemos que despedirnos. Me regalan un par de flechas en recuerdo de su amistad, y yo a cambio les doy mi cuchillo y una manta para aliviarse en las húmedas noches de caza durmiendo al raso.
Hemos aprendido mucho sobre la caza en la sabana africana con nuestros amigos Wahadzabi, pero sobre todo hemos respirado un aire espontáneo de hospitalidad y camaradería que nos ha hecho olvidarnos de los estresantes ritmos de nuestra apresurada sociedad tecnológica, en parte deshumanizada. Deseamos que los Wahadzabi puedan continuar con esta original vida que ellos han sabido conservar desde tiempo inmemorial.
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