Grandes firmas
Última actualización 29/06/2009@13:19:00 GMT+1
Mariano Aguayo
Juan García Liñán ha sido uno de esos señores de la sierra que dejan para siempre memoria de su paso. Casi centenario, ha estado monteando desde que lo hicieron novio en 1920, a los nueve años de su edad, hasta que en el invierno pasado nos dejó. Y, en esta su última temporada, seguía dándole muy bien a las reses, sin más inconveniente que tener que apoyar el rifle en un trípode que le servía de muleta ya que las fuerzas le iban faltando.
Mesurado hasta en la estatura, ni alto ni bajo, de voz aniñada y sonrisa fácil, fue un buen conversador que gustó de charlar y escuchar. Moderado en sus costumbres y elegante, daba gusto cómo vestía de campo, con sus zahones patinados por los años y con esa aureola indefinible que, o se tiene o no se consigue ni con oro, y que quizá pueda llamarse solera.
Era para mí una delicia charlar con Juan cuando lo encontraba con Carmelina, su mujer, a media mañana en Nebraska, la cafetería del centro, y pasábamos revista a cómo iba la temporada. Era mi enciclopedia de cabecera para datos históricos o para esas cosas de la sierra –memoria, normas, estilo– que sólo están escritas en el viento. Identificaba para mí viejas gentes en fotos sepia y así surgían los recuerdos, las anécdotas…
En los días de montería, aparecía el primero en las juntas de las mañanas para apurar hasta la última posibilidad de estar con los amigos. Y él lo mismo departía con sus iguales que con chicos jóvenes o personas modestas sin jamás dar impresión de superioridad ni de condescendencia. Y esto en las más exquisitas monterías de Hornachuelos o en la chiquichanca más apartada, a la que acudía cuando los arrieros estaban aún empendolando la candela.
Juan ha visto pasar por la sierra varias generaciones de monteros y para todos ha sido un ejemplo a seguir de afable conducta y costumbres intachables. Con sus ocho hijos, treinta y tres nietos y ocho bisnietos educados en su mismo estilo, deja una presencia de beneficiosa influencia en la montería cordobesa.
Noventa años monteando, y monteando tanto, son muchos años. Y cuando en otoño comencemos de nuevo a juntarnos en la sierra a escuchar las rebullinas de las sueltas; cuando caigan sobre los cerros los sones sordos de las caracolas; cuando volvamos a la casa narrando cada cual su lance, vamos a echar mucho de menos la figura tranquila y amable de Juan García Liñán. Aunque su recuerdo va a formar parte para siempre del paisaje espiritual de las sierras cordobesas.