Última actualización 29/06/2009@13:37:07 GMT+1
Ramón J. Soria Breña
Todos los cazadores tenemos protegido en la memoria a quién nos llevó por primera vez al campo, quién nos hizo madrugar, nos enseñó la prudencia de las armas y las invisibles leyes de la caza, quién propició que naciera y creciera en nosotros esa pasión, quién una y otra vez, con generosidad infinita, durante innumerables días, nos llevó por el “lado salvaje de la vida” detrás de las perdices, las liebres, los jabalíes, detrás de la madrugada y la luna llena. En su compañía crecimos y aprendimos a ser cazadores, matamos junto a él la primera perdiz y el primer jabalí y pegamos muchos tiros a la nada. Podríamos decir que esa persona fue nuestro maestro. Pero fue siempre algo más. Mucho más.
No hay cazador que no guarde en un lugar precioso de sus recuerdos todos esos innumerables días de aprendizaje junto a ese maestro, cazador, amigo, compañero de campo y de cuadrilla que entonces era joven y hoy, ya con el cabello blanco, no ha perdido esa pasión por cazar que supo contagiarnos entonces. Sin esa persona no habríamos sido cazadores. Sin ese maestro es seguro que hubiéramos sido peores personas.
No hay cazador que no atesore miles de momentos, lances, anécdotas, instantes intensos, carreras, voces a los perros, tiros increíbles, taco y comida compartidos. Un tiempo cuyo aroma a felicidad no puede describirse. En todos esos momentos estaba la presencia de esa persona generosa y paciente que nos llevó por el mundo para cazar y aprender las secretas y valiosas lecciones de la naturaleza.
En mi caso esa persona se llama Ángel. No he conocido pasión por la caza más grande, ni piernas más incansables para perseguir a las perdices o a lo que hubiera que perseguir. A mí, andarín impenitente de piernas ligeras, siempre me agotó, me venció y me ganó con su pasión. Él ha sido y es mi maestro, un tipo simpático, buen conversador, buen comilón y excelente cazador que disfrutó de aquellos tiempos pasados, irrepetibles de abundancia, terrenos libres y cotos baratos pero que también disfruta hoy a pesar de la escasez y el alto precio de cazar. Como tirador, seguro que él mismo no se considera bueno. Como cazador es para mí, sin duda, el mejor. No he conocido a nadie con más pasión, repetiré mucho esta palabra, y con más ganas de seguir un poco más, un cerro más, un barbecho más, una viña más, un monte más, una vuelta más para “dar a la caza alcance”. Esa pasión, tesón, constancia, resistencia, emoción, empeño, ganas, amor por la caza hace de Ángel el excepcional cazador que es y la mejor de las personas para todos los que hemos tenido y tenemos el privilegio de salir al campo a su lado.
Suele pasar que, después, la vida separe al cazador de su maestro y que el cazador aprenda ya solo y de otra forma nuevos secretos de este arte milenario. Pero siempre habrá nuevos días compartidos y aunque ya no seamos los mismos, ni el campo, ni el paisaje ni el horizonte, idénticos son los nervios al madrugar, las ganas de pisar el monte de nuevo juntos, idéntica la emoción profunda que siento como entonces, hace ya treinta años. Además, en secreto, a todos nos sigue gustando que cace el maestro más que nosotros, porque no son la juventud ni la puntería ni la rapidez en el tiro lo que importa, sino esa rara pasión incombustible.
Si soy cazador ahora, con la escopeta, el rifle o las palabras, si pongo cuidado pasión y tesón en mi vida, si cuando salgo al campo con la escopeta al hombro me sobrecoge de pronto la belleza del campo en invierno, si supero con facilidad el cansancio y nunca me doy por vencido, si deseo siempre dar otra vuelta a la viña o al monte a por esas perdices que siempre salen largas, si a veces, no demasiadas, soy una buena persona es porque tuve a mi lado desde hace muchos años a Ángel Tovar, mi maestro.
Todos los cazadores soñamos muchas veces con los lances que vivimos, son instantes de tiempo detenido, de plenitud personal, de felicidad intensa que sólo otro cazador puede entender. A todos nos gustaría decir, alguna vez, algún día, todo esto. No por nada. Sólo porque a veces el tiempo pasa muy deprisa y hay que decir a tiempo lo que se siente.